14 de diciembre de 2012
14.12.2012

Cultura en el salón de casa

Los recortes en los espacios culturales institucionales han desencadenado nuevos sistemas de consumo como los explotados por la asociación Cultura a Casa o por el Teatre del Mar con ´La Visita´. El clásico espectador puede convertirse ahora en programador ofreciendo por unas horas un espectáculo profesional representado en las habitaciones de su domicilio

14.12.2012 | 19:24
Cultura en el salón de casa
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Son las 9 en punto de la noche. Un correo electrónico nos cita a esa hora en la calle de la Pelleteria para trasladarnos junto a otro grupo de interesados a una dirección secreta, en concreto a una casa particular en la que van a tener lugar tres representaciones teatrales simultáneas. Al principio de la calle, ponemos cara y ojos a uno de los cabecillas de la asociación Cultura a Casa, con la que hemos contactado para catar una experiencia cultural en un espacio doméstico, privado y personalísimo como el salón o comedor de nuestro piso. La gestora cultural Tina Codina (Tres Serveis Culturals) va y viene de lado a lado en Pelleteria –cual maître de restaurante bullicioso y solicitado– atendiendo las reservas de aquellos que previamente se han puesto en contacto con la asociación vía mail o redes sociales. "El hecho de no conocer la casa donde se va a llevar a cabo el espectáculo y ni siquiera el barrio en el que está, engendra una emoción similar a la de una cita a ciegas", explica Codina. Y así es: la gente está cuando menos intrigada. En diez minutos, nos congregamos aproximadamente unas 45 personas (el aforo siempre es limitado y se calcula en función de las características de la vivienda) que ponemos rumbo a una casa desconocida para todos nosotros. Hace de cicerone el editor Miquel Ferrer, el otro cabecilla de la asociación que cuenta también con el apoyo de Miquel Àngel Cañellas, Bita Bennàssar y Mari Pau Ruiz. Caminamos varios metros y nos detenemos frente a un portal de la calle Sol. Misterio despejado. Es una casa grande con terraza. La dueña es la convecina Antònia Fuster. En el zaguán y en riguroso orden de llegada, los futuros espectadores se inscriben como socios en la asociación y hacen una aportación de 5 euros para que todo cumpla la legalidad. Luego, atienden a la exposición que hace la compañía Trampa Teatre (que acaba de poner en marcha la iniciativa Mi casa habitada, en la que se ofrecen a improvisar en casas particulares) sobre la dinámica del espectáculo de esta noche [la del pasado 21 de noviembre]. En concreto, los ocho actores del grupo van a representar tres improvisaciones de 15 minutos en el vestíbulo, en el taller de costura y en la terraza de la casa. Por ello, los invitados se dividen en tres grupos que deambulan por escenarios inéditos. Tras la experiencia, tanto el público como el anfitrión se despedirán a veces con una copa y otras con una cena. Es el momento de intercambiar impresiones.
¿Por qué Cultura a Casa? "Están cerrándose espacios culturales institucionales, cada vez hay más recortes en las programaciones públicas y a veces las administraciones te ponen mil trabas para usar las salas", expone Tina Codina. "En el fondo, el único espacio que uno puede controlar al cien por cien es su casa", añade. Por ello, la cultura también está tocando a la puerta de los domicilios particulares para habitarla durante varias horas. Cuando suena el canto del cisne de lo institucional, emergen nuevas fórmulas que, ojo, no son la panacea del sector, advierte el actor y director del Teatre del Mar Carles Molinet. "Pues sin una estructura sólida es imposible que el sector pueda vivir de su trabajo", indica. Desde la sala de El Molinar, el taller L´actor en desequilibri de Joan Carles Bellviure ofrece representar La visita en casas particulares. La obra ya la han representado en varias ocasiones y tienen los meses de diciembre y enero por delante para continuar con la gira.
Codina apunta también que todas estas nuevas fórmulas de consumo cultural trastocan otro pilar tradicional: el público, que deja de ser pasivo, "acepta el reto de trasladarse a espacios distintos a un teatro". La financiación también cambia y pasa a ser colectiva. En efecto, la experiencia de los artistas también se redefine: puede hacerse más intensa al tener el público cerca, incluso entran en juego factores como los ruidos que están haciendo los vecinos en ese momento. "Imagínate el crepitar de una chimenea durante una representación", comenta Miquel Ferrer. En efecto, como ya hiciera el microteatro primero, Cultura a Casa está dándole la vuelta a los esquemas tradicionales del consumo cultural.
En el caso de Cultura a Casa, las actividades que se ofrecen van desde los conciertos (ya hubo el de Sef y el de la soprano Johanna Greulich), pasando por el teatro, las presentaciones de libros o los talleres. "Toda esta experiencia nos está sirviendo para experimentar con el público y los nuevos formatos. Si las instituciones ya no pueden programar, es el público tradicional el que está asumiendo ese papel. Se están invirtiendo los papeles", prosigue Miquel Ferrer, quien avanza que durante este mes fusionarán su programación con la del festival BangBig, que se celebrará en sa Gerreria los días 20 y 21. Asimismo, la asociación siempre está abierta a las diferentes propuestas que hagan los artistas, escritores, actores o músicos. Todo cabe en una casa si se adapta al espacio. Por otra parte, quien también lo desee puede convertirse en anfitrión y ofrecer su vivienda como contenedor y espacio cultural. Para ello, debe rellenar un formulario que está en la página web de Cultura a Casa. La junta de la asociación luego se pondrá en contacto con él para ir a visitar la casa y ayudar al anfitrión para que todo quede listo de cara a la actuación.
El actor Carles Molinet también conoce muy bien la experiencia de actuar en viviendas particulares. Desde el pasado mes de noviembre ha representado en tres domicilios La Visita, en dos ocasiones en casas del vecino barrio del Molinar. En diciembre y sobre todo en enero se enfrentará a más representaciones junto a sus compañeros Lluqui Herrero, Agnès Llobet, Maria Bauçà, Jordi Cumellas e Irene Soler. Aquellos que deseen recibir una visita esperada o inesperada basta con que llamen por teléfono al Teatre del Mar y reserven. "No necesitamos inspeccionar o ensayar previamente en la casa. Llegamos simplemente un poco antes para comprobar que no haya problemas, como que un cajón no se abra, cosas así, porque vamos a integrar en la narrativa de la obra algunos objetos que el anfitrión tenga en el comedor", indica. Para contratar la obra, no hay tarifas establecidas. En la entrada de la vivienda, se instala una caja para que los espectadores depositen la voluntad. Normalmente, después de cada representación, el anfitrión organiza una copa, una picada o una cena para los espectadores y actores que deseen quedarse. "Es un formato interesante para captar nuevos públicos, para que gente que tiene cierto interés en el teatro o en la cultura introduzca a otros que no tienen tanto interés pero podrían tenerlo invitándoles a su casa", explica. A diferencia de Cultura a Casa, en La Visita es el anfitrión el que decide los invitados, no el teatro.
Molinet reconoce que entre el 80 y el 90% de espectadores de La Visita no van nunca al teatro. Por ello se congratula de acercarles la dramaturgia (ya saben, aquello de si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma), pero se pregunta: después de ver la pieza en casa, ¿vendrán luego al teatro? ¿Ayudarán estas fórmulas a llenar las salas?
La cuestión conduce, sin duda, a la reflexión. Está claro que estas fórmulas, como el microteatro, están siendo un éxito y cuentan con innumerables aspectos positivos, pero ¿posibilitan una economía sostenible para el sector cultural? ¿Son una posibilidad real de futuro?
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