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40º aniversario de la constitución. Entrevista

José Luis Rodriguez Zapatero: "Recuerdo haber vivido esa etapa con una gran intensidad e ilusión"

El expresidente del Gobierno elogia el "progreso indiscutible" que ha vivido España en cuatro décadas de vigencia de la Constitución

05.12.2018 | 13:23


José Luis Rodríguez Zapatero. Foto: EFE.

Presidente del Gobierno desde 2004 a 2011, José Luis Rodríguez Zapatero aborda a través de una entrevista diversos aspectos relacionados con el 40 aniversario de la Constitución y la situación política actual. Zapatero define como "inequívocamente positivo" el balance de la aplicación del texto constitucional y pide juzgar a la Carta Magna por su "contexto histórico", aunque defiende que los valores de la misma son "susceptibles de una cierta y necesaria adaptación interpretativa" por parte del Poder Judicial para adecuarse a los cambios en la realidad social española. El expresidente reclama "diálogo" para resolver la crisis catalana de acuerdo a las "reglas constitucionales" y sin excluir una reforma del estatuto de autonomía, pese a que considera que el escenario político de nuestros días no invita a estudiar una reforma de la Constitución.

-¿Qué supone para España celebrar el 40 aniversario de la Constitución?

Desmentir una especie de fatalidad histórica, la incapacidad para articular un proyecto colectivo de democracia y libertad desde que el constitucionalismo comienza a abrirse camino entre nosotros a principios del siglo XIX. El aniversario supone celebrar estas cuatro décadas de Estado social y democrático de derecho, de reencuentro con nuestro designio europeo y de un progreso indiscutible.

Es verdad, sin embargo, que esta conmemoración se produce en un momento de incertidumbre y hasta de inquietud en relación con algunos aspectos de nuestro modelo de convivencia, pero ésta ya no es una singularidad española, en el sentido de que el impacto que ha tenido en los sistemas políticos la gran crisis económica vivida afecta en mayor o menor medida, en uno u otro sentido, a todas las democracias. Sugeriría, por ello, que no empañáramos la celebración de los 40 años constitucionales, que está plenamente justificada, con las dudas actuales sobre, y la lista no es exhaustiva, la sostenibilidad del Estado del bienestar, el proyecto de unión política europea, u otras cuestiones de integración territorial... que parecen poner en riesgo la estabilidad y la confianza de los ciudadanos en diversos países de larga tradición constitucional, también en el nuestro.

Más aún, deberíamos, en el caso de España, sacar fuerza persuasiva del espíritu de la Transición y de la exitosa experiencia de las últimas décadas para abordar estos problemas.


-¿Cómo recuerda usted, a nivel personal, aquella época? ¿Creyó que la Transición podría descarrilar si la Constitución no era refrendada en el referéndum?

Pertenezco a la generación que adquiere la mayoría de la edad con la Transición, que cuando vota por primera vez lo hace para refrendar la Constitución de 1978, de modo que recuerdo haber vivido esa etapa con una gran intensidad e ilusión. Y éramos conscientes de las dificultades, vivimos con enorme preocupación el 23-F, pero no creíamos que el proceso democrático fuera esta vez a descarrilar, porque contaba con el respaldo de la gran mayoría de la sociedad española y con la dirección política de unos líderes lúcidos y responsables. En concreto, en relación con el referéndum constitucional había bastante confianza en que deparase un resultado ampliamente positivo como así fue, una jornada de gran alegría.

"La Constitución garantiza la democracia como un proceso abierto"


-Con el balance de la perspectiva histórica, ¿cuáles han sido los grandes aciertos de la Carta Magna y los aspectos a los que no ha sabido dar respuesta?

Desconfío de los juicios retrospectivos porque pueden ser intelectualmente tramposos. El rendimiento de la Constitución de 1978 hay que juzgarlo en función del contexto histórico en que se gestó y aprobó, y de los resultados que produjo tras su inmediata aprobación, en términos de disfrute efectivo de las libertades, aseguramiento del proceso democrático y primeros pasos en la adecuación de la organización del Estado a la diversidad territorial constitutiva de nuestro país.

Y ese juicio, en mi opinión, solo puede ser inequívocamente positivo. Porque hay que tener en cuenta, en relación con lo que ocurre después, que la Constitución garantiza la democracia como un proceso abierto en el que las sucesivas mayorías disponen de un margen muy estimable para desarrollar el propio texto constitucional, que los principios y valores de éste son susceptibles de una cierta y necesaria adaptación interpretativa por parte de los jueces y, en particular, del Tribunal Constitucional (esta Constitución ha hecho posible, por ejemplo, que el Parlamento aprobara una Ley como la que reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo que no era imaginable en 1978), y que, además, la Constitución contempla su reforma para cuando esa adaptación requiera de una modificación expresa de algunos de sus preceptos.

De todas estas dimensiones que afectan al desarrollo y a la aplicación de la Constitución en el transcurso del tiempo los responsables son otros, o lo son en mayor medida que quienes la elaboraron hace cuatro décadas. Y es evidente que, con diferencia, la cuestión territorial, que se ha agravado ahora como nunca antes en todo este ya largo período de los 40 años, es la que merece una respuesta que no hemos acertado a encontrar hasta el momento.

-Usted es partidario de una solución para Cataluña basada en recuperar el Estatut de Cataluña de 2006. ¿Esa solución implicaría una reforma de la Carta Magna? ¿En qué dirección deberían ir los cambios en la Constitución para resolver la cuestión de las identidades y cuáles serían las líneas rojas?

Yo soy ante todo partidario de comenzar un proceso de diálogo y me parece razonable que éste parta de donde se produjo la última gran divergencia sobre el encaje constitucional de Cataluña, que es en relación con la sentencia del Estatut que declaró la invalidez de algunos de los aspectos contenidos en el mismo y que habían sido refrendados por el pueblo de Cataluña. Hace falta recuperar el diálogo y un marco en el que éste se produzca. Y a partir de ahí se podrían explorar diferentes posibilidades. Con voluntad sincera y decidida de resolver las cosas, por un lado, y de hacerlo de acuerdo con las reglas constitucionales y estatutarias, incluyendo su eventual reforma, por otro. Ni podemos vivir permanentemente en el conflicto (menos aun complacernos con él), ni este se puede resolver o encauzar al margen del Estado de Derecho.

-¿Ve la suficiente disposición al consenso entre las fuerzas políticas para acordar una reforma de la Constitución?

No. Por un lado, la derecha ha mostrado, a lo largo de este tiempo, una resistencia, inusual en otras fuerzas ideológicamente afines a ella en Europa, a plantearse siquiera una reforma de la Constitución de un mínima relevancia en cuando a su ámbito, cuando en mi opinión todos los partidos democráticos deberían considerarse a sí mismos como posibles interlocutores constitucionales con una cierta normalidad.

Además, hay que convenir –y esto quizá sí se lo podríamos reprochar a los constituyentes de 1978– en que la reforma de la Constitución es ciertamente difícil y compleja en relación con determinadas partes de la misma, más difícil hoy aún de lo que ya cabría prever que lo fuera cuando se promulgó, porque en la actualidad los tiempos políticos son más cambiantes y exigentes al efecto de alcanzar un muy alto grado de consenso y mantenerlo nada menos que en dos legislaturas consecutivas, como requiere el artículo 168. En todo caso, y por último, es obvio que el clima actual no parece nada propicio para iniciar un debate sobre la reforma constitucional; habría que conformarse con que se abriera algún espacio de diálogo entre las fuerzas políticas.

-¿Cómo observa la actual situación política de España?

Lamento que el espíritu de confrontación se haya adueñado de la política española. Los que conmemoramos estos 40 años de vigencia de la Constitución del 78 deberíamos tener muy presente el espíritu con el que se alumbró, que fue el que caracterizó a la Transición en general, el espíritu del respeto, del diálogo y de la voluntad de llegar a acuerdos manteniendo las legítimas discrepancias políticas. Me parece inseparable la reivindicación de la Constitución de la reivindicación de ese espíritu.