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Violencia de género

Habla el hermano de una víctima de violencia machista: "Nada las protege"

El exmarido de la asturiana Tere Aladro la mató poco después de separarse: "Ella volvía a sonreír, volvía a ser mi hermana"

Tere Aladro besa a un bebé.

Teresa Aladro, Tere, respiraba, por fin, libertad. Hacía poco que se había separado, tenía ilusión. Tenía un trabajo, una casa, unos sueños. Tenía de vuelta su sonrisa. Tenía una nueva vida, que Senén F. R. le robó de dos disparos.

El hombre, del concejo asturiano de Aller, había sido su marido durante más de dos décadas. También el padre de su hijo, Adrián F. Aladro, de 20 años. La mató mientras dormía, en un piso de la calle Puerto de Tarna (Pola de Laviana), en la madrugada del 20 de mayo. Teresa Aladro tenía 48 años cuando dejó de respirar.

Fue una de las víctimas de la oleada de agresiones de violencia de género vinculadas a la crisis del covid-19. Cuando las restricciones empezaron a levantarse, según las expertas, los maltratadores no soportaron la pérdida de control. Las calles estallaron de rabia por Teresa, la víctima número 12 del año 2021: “Nos estáis matando”, gritaron las plazas asturianas durante unos días.

Luego, el silencio. Un dolor callado que ahora, por primera vez desde el crimen de Teresa Aladro, rompe la familia: “Hay que decirles a las mujeres que pasan por esto que no aguanten, que busquen apoyo”. Lo dice, con la voz templada de tristeza, el hermano de Teresa.

Se llama Manuel Aladro. Cada día de estos cinco meses sin su hermana le pesa como un mundo. “Nunca nos contaba nada, por no preocuparnos. Pero nosotros sabíamos que no se encontraba bien, que no era feliz”. La familia es natural de Caso, aunque Teresa se instaló en Laviana tras casarse con Senén F. R. Él es allerano, muy conocido en el concejo porque tuvo una empresa de construcción con otros tres socios del concejo.

Sobre el papel, todo parecía ir bien. Pero había piezas que no encajaban. La familia de Teresa Aladro tiene negocios relacionados con el turismo en el parque de Redes. “Él no quería que trabajara con nosotros, no le gustaba”, apunta Manuel Aladro. Y ella no se atrevía a desobedecer: “Ahora sabemos que sufría mucho”. Una amiga de la mujer afirma que Senén F. R. “intentaba anularla. La separaba de su entorno”.

No es tan fácil doblegar a un alma que no tiene dobleces. Así que Tere Aladro llevaba un tiempo pensando en separarse. Desasirse de esa vida, que le apretaba hasta las costuras. El destino no la ayudó: en diciembre de 2019, Senén F. R. cayó gravemente enfermo. Estuvo en la UCI, con síntomas muy similares a los del coronavirus (aunque nunca recibió ese diagnóstico). Cuando volvió a casa, tenía una larga recuperación por delante. Y Teresa Aladro, aunque ya había pensado en separarse, decidió cuidarlo. Fueron unos meses duros.

Aguantó el confinamiento esposada a una angustia que nunca le contaba a nadie. Aguantó la pérdida de un pilar en su vida, el fallecimiento de su madre. Aguantó quedarse más sola y que él, según fuentes cercanas a la investigación, se volviera “más agresivo”. Aguantó, aguantó y aguantó. Sobre todo, por su hijo.

A principios de abril, llegó la noche que lo cambió todo. Senén F. R. se puso “muy violento” con la víctima. Entonces, el hijo de la pareja animó a su madre a irse. Le dio su apoyo: “Mama, esto no va a cambiar porque él no marcha. Tú no puedes aguantar más, es insostenible”, le dijo. Teresa Aladro hizo una maleta con sus cosas y se trasladó al piso de la calle Puerto de Tarna. Estaba cerca de la vivienda que había compartido con Senén F. R. y su hijo, Adrián, iba de una casa a otra.

“Ese piso es de nuestros padres. No tenía agua caliente y, hasta que se la instalaron, Tere tenía que venir a Caso a ducharse todos los días”, apunta el hermano de la víctima. Le tiembla un poco la voz: “¿Pero sabes qué? Que no le importaba, estaba feliz. Volvía a ser ella, volvía a ser Tere”. Solo unos días antes del crimen, acudió al Centro Asesor de la Mujer de Laviana. Según fuentes oficiales, “solicitó información para iniciar los trámites de divorcio. Pero no constaba ninguna consulta sobre violencia de género.

Ella estaba recuperando su vida. Él quería impedirlo. “En un bar del concejo de Aller, Senén llegó a decir que, si ella de verdad seguía adelante y le dejaba, la mataría. Los que estaban presentes le dijeron que callara, que eso era una barbaridad”, explicó un conocido. Y añadió: “Nadie tomó esas palabras en serio, nadie le creía capaz de tal cosa”.

En la madrugada del 20 de mayo, Senén F. R. salió de casa con la escopeta de caza. Llevaba las llaves del piso de Teresa, se las había cogido a su hijo. Según la investigación, entró en el dormitorio y disparó dos veces.

Senén F. R. volvió a su casa y le dijo a Adrián F. que había matado a su madre. Sin rodeos. El joven no podía creérselo, recuperó las llaves que le había quitado su padre y corrió hacia el piso. Senén F. R. le siguió, según fuentes cercanas a la investigación, hasta que el chaval consiguió encerrarse en el portal. Las diligencias del caso determinaron que Senén F. R. seguía portando la escopeta y que tenía otros dos cartuchos. Adrián F. subió al piso de su madre, la encontró en el dormitorio. Ya no tenía pulso. El mundo se apagó de pronto.

Senén F. R. no se entregó por voluntad propia ante la Guardia Civil. Un familiar directo dio el aviso, y una patrulla de Laviana se personó en el lugar. En esos momentos de tensa espera, Senén F. R. repitió lo que ya había dicho antes: que si Teresa había decidido separarse, él tenía que matarla.

Adrián F. Aladro lo escuchó y lo vio todo. Y supo que su vida había cambiado para siempre. Para mal. Para peor incluso de lo que imaginó entonces: su familia paterna le ha retirado su apoyo, según fuentes cercanas a la familia, “e incluso le niegan la ayuda económica y la parte de la herencia que le corresponde por la muerte de su madre”.

Manuel Aladro habla con una entereza que nadie sabe de dónde sale: “El problema es que, tal y como están ahora mismo las leyes, Tere tenía pocas opciones”.

–¿A qué se refiere?

–A que lo único que podría haberla salvado era que él se suicidara o que, al intentar asesinarla, la dejara herida de gravedad. Lo cierto es que, actualmente, nada protege de verdad a las mujeres. Las leyes están mal y nadie hace nada por cambiarlas. El Estado no se responsabiliza de las víctimas, Adrián lleva cinco meses sin cobrar la pensión alimenticia que le corresponde. Hablan de las ayudas, se les llena la boca, pero llegan tarde, mal y, a veces, nunca.

Pocas cosas alivian el dolor que les ahoga desde que no está Tere. Algunas noches, se sientan a contar historias para recordarla. Su hermano lamenta que ella no se separara antes. Su padre le dice que, de haber sido así, quizás su exmarido la habría matado antes. “Fue más tiempo que pudimos disfrutar de ella, Manuel”.

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