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Cataluña

Cómo y por qué Sánchez y Aragonès están atrapados en el diálogo

El Gobierno de coalición tiene su razón de ser en hacer las cosas de manera distinta a cómo las hacía Rajoy

Pedro Sánchez y Pere Aragonès.

La política vive de instantáneas pero necesita de marcos de interpretación que den sentido a lo que se hace y a lo que se dice. Pedro Sánchez llegó a La Moncloa como el antiRajoy. El Gobierno de la moción de censura y ahora el Gobierno de coalición tienen su razón de ser en hacer las cosas de manera distinta a cómo las hacía Rajoy, incluso cuando fueran las mismas derivadas de los compromisos de España en la UE. Pere Aragonès ha llegado a la plaza Sant Jaume como el antiTorra. El Gobierno con Puigneró trata de evitar hasta donde puede las pancartas y el exceso de gesticulación aunque no consigue aplicar la misma disciplina a los partidos que le dan apoyo, sumidos desde hace un par de décadas en una lucha fratricida por la hegemonía. La mesa de diálogo celebrada esta semana nace de la intersección de esos dos marcos de referencia, es una mesa de los que no quieren practicar ni el quietismo de Rajoy ni los aspavientos de Torra. Lo que les cuesta es encontrar lo que sí pueden hacer.

Bolaños sorprende a los catalanes

Acabadas las sesiones fotográficas y liberados los presidentes, las dos delegaciones se pusieron a trabajar. Por lo que cuentan no fue necesario alargar artificialmente el encuentro para apaciguar a los periodistas. Entraron en materia aunque los temas que llevaban unos y otros en las carpetas eran de naturaleza muy y muy distinta. Sirvió para poner en común el lenguaje a utilizar. Aquello de no me llames secesionista o no digas que soy fascista porque no te doy lo que me pides. Y a la delegación catalana le sirvió también para descubrir al flamante ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, que lideró sin ambages a su delegación, vicepresidenta incluida, y demostró un profundo conocimiento de los temas. Entender la complejidad es un primer paso.

No todo está por hacer ni todo es posible

Uno de los marcos mentales que ha alimentado al movimiento independentista se resume en un verso del poeta Miquel Martí i Pol: “Tot està per fer i tot és possible” (Todo está por hacer y todo es posible). Pero después de los hechos de octubre del 2017 ese aforismo no sirve. Hay cosas que se han intentado (tener una mayoría social abrumadora, conseguir apoyos internacionales homologables, romper unilateralmente con la legalidad) y no han sido posibles. Y la parte más racional del independentismo actúa en consecuencia. No lo hace la CUP por su propia naturaleza. Pero Junts lo sufre en propia carne porque una parte de su electorado y de sus dirigentes actúan ignorando ese fracaso o, lo que es peor, negándolo. Quienes quieren hacer política dentro de esa formación saben que lo que ahora está por hacer y es posible es nada más y nada menos que el diálogo, aunque se dude de los resultados que se pueden obtener. Tener prisa por hacerlo fracasar es un error, porque la alternativa ya se probó y no fue posible. 

¿Un laberinto sin salida?

Independentistas y no independentistas están, pues, atrapados en el framework del diálogo, al menos hasta que acabe la legislatura española y mientras dure la coalición en Cataluña. De momento, es un espacio agradable pero si, con el paso de los meses, no se atisba alguna salida, puede convertirse en un laberinto angustiante. Y si uno mira las propuestas de unos y otros, lo cierto es que no es fácil intuir por donde pueden ir las cosas. Aragonès no quiere dedicar la mesa de diálogo a temas de competencias o de gestiónSánchez no puede decir nada sobre autodeterminación o amnistía que no sea explicar los complejos mecanismos de reforma de la Constitución para los que no se cuenta ni de lejos con las mayoría necesarias. Sin embargo los asuntos a resolver parecen claros. El independentismo se alimenta de la falta de respeto que siente muchos catalanes y que se refleja en episodios como la sentencia del Constitucional sobre el Estatut, de la falta de empatía de cierta España con las dificultades de una lengua con pocos hablantes en el mundo, de la falta de claridad en la financiación de los servicios públicos y de la falta de nitidez competencial. Revertir estos malestares, no todos con igual consistencia, no es rápido pero si no se empieza algún día no se acaba nunca. Todo es empezar. 

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