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Perfil

El camino gris marengo de la lealtad

La discreción, la disciplina y un espíritu funcionarial han llevado a Carolina Darias al éxito político

Carolina Darias.

Carolina Darias.

Quizás el gesto político más gallardo de su vida lo tuvo Carolina Darias San Sebastián antes de empezar en política. En 1996, después de casi catorce años en el poder, el PSOE de Felipe González perdía las elecciones generales y pasaba a la oposición. En esa coyuntura se enfriaron muchos espíritus socialistas, pero en el caso de Darias ocurrió lo contrario: si la izquierda posible -como la llamaba Ludolfo Paramio sobre su chepa- estaba jeringada, ese era precisamente el momento de arrimar el hombro. Y entró en el PSOE. Se había licenciado en Derecho en la Universidad de La Laguna, dedicada a cincelar un buen expediente académico y con una vida noctámbula inexistente, y más temprano que tarde se sacó una plaza en el Cuerpo General de Administradores de la Comunidad autonómica.

Darias, sin embargo, siempre ha sido una militante singular. Jamás se la ha escuchado una solo idea -ni siquiera una ocurrencia- sobre el proyecto estratégico de la organización socialista. Es absolutamente indiferente a cualquier esfuerzo teórico, a cualquier discurso programático, a cualquier debate ideológico. Tampoco destacaba particularmente como oradora: le podía la timidez. Y le sigue ocurriendo actualmente, cuando la timidez ha desaparecido. Si no eres la mejor gestionando las palabras -decidió hace tiempo- sé la mejor gestionando tus silencios. Esa es la principal razón por la que a la ministra desconfía de los medios de comunicación y mide sus entrevistas -por ejemplo- con muchísimo cuidado. Vela por cada una de sus sílabas como una madre por un hijo enfermo. Pesa concienzudamente cada palabra y jamás utiliza un término cuyo peso oscile demasiado. En última instancia prefiere expresarse con la lacónica petulancia de una nota de prensa a soltar algo inconveniente. Especialmente si es inconveniente para ella.

El político se curte -y llega al éxito o al fracaso- contra sus limitaciones. Además de la palabra, Darias ha debido luchar contra su carencia de liderazgo. Tuvo una primera experiencia de la que salió escaldada y que ya no incluye en su curriculum: su nombramiento en noviembre de 2000 como secretaria de Organización del PSC-PSOE en pleno esplendor de la jefatura de Juan Carlos Alemán. Darias había sido bendecida por el entorno del saavedrismo, que reclamó que el número dos del partido fuera un militante grancanario. Duró muy poco. Alemán y Darias no conseguían acordar ni la cafetería donde desayunar. Alemán gobernaba el PSOE a través de una suerte de conspiración consensual y Darias esperaba disponer de una autonomía imposible. Cuando desobedeció una orden concreta -la primera y última en su vida- fue defenestrada. Jamás lo olvidó. La enseñanza estaba clara: los principales valores que debía cultivar eran la discreción vaporosa, el trabajo constante y la lealtad irrestricta.

Tampoco le han servido para ganar siempre. En 2014 se presentó a las primarias para optar a la candidatura presidencial del PSOE en las elecciones autonómicas del año siguiente. Dispuso del apoyo inequívoco de la dirección regional y de la dirección federal -que llegó a solicitar a Gustavo Matos que retirase su candidatura a favor de la compañera grancanaria- y aun así perdió su oportunidad frente a Patricia Hernández. La exalcaldesa de Santa Cruz de Tenerife (y hoy diputada) representa, precisamente, lo opuesto a Darias: el palique incendiario, un liderazgo agreste y sentimental, un código gestual entre combativo y chachón. Darias es pulcritud, laconismo, disciplina, discreción, disimulo gris marengo o verde agua: agua más o menos fresca capaz de adaptarse a la forma de cualquier recipiente. El difuso y a la vez compacto grupo de notabilidades socialistas que siempre la ha apoyado, asesorado e informado en distintas coyunturas (José Miguel Pérez, Augusto Brito, Emilio Mayoral, Jerónimo Saavedra) valora ese perfil y no ningún otro. Son también valores singularmente apreciados, como ocurre en todo ecosistema de poder que aspire a la estabilidad y la autorreproducción, por el sanchismo. Es lo que le ha permitido ser subdelegada del Gobierno central en Canarias, consejera del Cabildo de Gran Canaria, presidenta del Parlamento de Canarias y, brevemente, consejera de Economía y Empleo en el Gobierno autonómico: también Ángel Víctor Torres la ha asumido como un valor seguro, aunque traslúcido, anodino y sumamente ligero. Ha pasado de un cargo a otro como un cartero que recorriese tranquilamente los buzones dejándose cartas a sí mismo. Nadie recuerda que en ninguna de esas responsabilidades Darias lo haya hecho rematadamente mal; nadie, tampoco, es capaz de señalar que haya dejado ningún legado aprovechable. La impronta de la funcionaria es inseparable de sus estilos y códigos de interpretación: orden jerárquico, protocolos y reglamentos cordialmente impersonales.

Durante más de un año ha formado parte de un Gobierno que pretende gestionar el desastre mortuorio y el hundimiento económico con una sonrisa friendly y una actitud casi deportiva. Esto es un apocalipsis que se puede conllevar si votas a la izquierda. Si un día aparecieran zombis devorando ancianos por las calles se les mete en un ERTE y en paz. Darias, por supuesto, ha optado por un mutismo ergonómico, por una discreción tan intensa que la ha situado a un paso de la invisibilidad, por una simpatía contenida para evitar a cualquier tribu de antropófagos de la oposición, la prensa o el interior del PSOE (los más peligrosos). Precisamente esa discreción, que se presenta como una virtud espiritual cuando es una estratagema de supervivencia, le ha llevado al Ministerio de Sanidad mientras ruge una pandemia feroz y su antecesor se marcha a recolectar votos a Cataluña. No hay que descartar que un día, quizás no demasiado lejano, a Darias se le encomiende lo mismo: marchar al rescate del PSOE en Canarias si al Gobierno de Ángel Víctor Torres lo arrasa la crisis económica y social en los dos próximos años. Y Carolina Darias obedecerá. Lo hace siempre, porque ese es el camino en el que se encuentra y puede preguntarse: ¿qué te han nombrado esta vez?

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