-¿Observa algún paralelismo entre la abdicación de Juan Carlos I y la de la reina Isabel II?

-Ninguno. Isabel II fue destronada y ya en el exilio hubo que obligarla a abdicar. El Rey ha hecho una valoración del interés de la monarquía y del país, y ha abdicado porque ha querido, lo cual demuestra la saludable absorción de la monarquía por la democracia.

-¿Ni siquiera la crisis institucional previa a la marcha de Isabel II en 1868 tiene un parangón con el presente?

-Creo que no. Y creo que se fuerzan los paralelismos. La monarquía de Isabel II ni siquiera era liberal, sino antiliberal, mientras que la actual es democrática. Con sus errores, pero democrática. El único paralelismo que puede haber es la implicación de algún sector de la familia real en la corrupción. Y lo ha de solucionar rápidamente, igual que hemos de forzar los ciudadanos a que así sea, porque la corrupción es una forma de terrorismo antidemocrático y la familia real no puede tener ni la más leve sombra de estar implicada en él.

-¿Qué lectura le merece el paso dado por el monarca español actual?

-Me parece que demuestra lo cercana a la idea democrática que está la monarquía. Hemos conseguido impregnarla de usos democráticos. Cuando se considera que se ha acabado una labor, se dimite y se da paso a alguien que lo pueda hacer mejor. Por cierto, todavía estamos esperando a que algún político dimita. Me gusta recalcar esto, porque al Rey se le piden, con toda la razón, muchas cosas que los políticos no hacen.

-¿La decisión del Rey cree que está motivada porque ve en riesgo la monarquía?

-Creo que es un elemento importante en su decisión. Es positivo que el Rey tenga la inteligencia suficiente para ver que la monarquía está en riesgo y no se cierre, como sus antecesores. El paso del Rey es un paso inteligente y lo que se debe pedir a los gobernantes es que sean inteligentes, cosa que nos hemos olvidado.

-¿Este momento pone punto final a la transición?

-A la transición hace tiempo que se le puso punto final, creo yo. Esta decisión pone punto final a una primera etapa de monarquía democrática, eso sí, con sus luces y sus sombras. Las cosas tienen que cambiar, pero la transición acabó ya y, como sigamos así, la prolongaremos hasta el siglo XXII.

-Entonces, ¿el problema de la corona es más la corrupción que los escándalos privados?

-Creo que el problema que ha de solventar ya es la corrupción, como todo el país. Es cuestión fundamental, porque la vida privada del rey es eso, privada, a no ser que nos cueste dinero. Si con su asignación se va a cazar elefantes es cosa suya, como si lo hiciera yo con mi sueldo de catedrática.

-¿El Príncipe lo va a tener más difícil? ¿Se enfrenta a un momento social más complejo?

-El Rey lo tuvo dificilísimo: tuvo que ganarse apoyos uno a uno. En aquel momento, el cemento unificador fue la necesidad de consolidar la democracia y la postura del rey al respecto fue crucial. La situación actual es muy distinta, igualmente difícil y compleja. ¿Dónde está ahora el elemento aglutinador? Debería ser el de sanear una democracia con demasiados casos de corrupción y un desprestigio enorme de las instituciones.

-¿Eso es políticamente asumible?

-Verdaderamente, la cuestión es cuánta gente entre la llamada clase política está por esa labor y por lograr consensos duraderos en torno a ella, para lo que la figura del nuevo rey podría ser muy útil. Si esa cuestión no se aborda en serio, de forma exigente y caiga quien caiga, el descrédito de nuestra democracia arrastrará a la monarquía.