Así me dijo un librero de Bogotá al oír mi duro acento castellano que contrastaba con la suavidad del suyo propio. Ya se sabe que los colombianos presumen de hablar el español más puro de América. Saramago le contestó a un entrevistador brasileño que se quejaba de su acento: " Mire joven, yo tengo el idioma, el que tiene un acento es usted". Acento o no, lo cierto es que hay en el mundo un inmenso espacio habitado por gentes que hablan igual o muy parecido y que tienen conciencia de comunidad.

Sobre esa base se crearon en 1991 las Cumbres Iberoamericanas, una iniciativa diplomática de España que aprovechó con mucha habilidad tanto el despegue hacia la democracia que entonces se vivía en las Américas como el fin de la bipolaridad con la desaparición de la URSS y la caída del Muro de Berlín. El mundo estaba cambiando aceleradamente y justo es reconocer que Madrid tuvo la inteligencia de percibirlo deprisa y la agilidad necesaria para responder con rapidez a la oportunidad que se presentaba, sin el toque colonialista que tenía (y tiene) la Commonwealth y con más estructura y ambición que la mera pertenencia a una familia lingüística, como es la Francophonie. La idea era apoyar la democracia y la consolidación institucional en los países iberoamericanos y crear una conciencia de pertenencia a un tronco común mediante una densa urdimbre de acuerdos en materia fiscal, laboral, cultural, de desarrollo, sobre emigrantes y estudiantes, etc.

No era algo desinteresado pues la dimensión iberoamericana por una parte refuerza nuestra propia posición en el mundo y especialmente en Europa, a la vez que durante mucho tiempo nos ha permitido ser portavoces en Bruselas y otros foros de las preocupaciones e intereses de los países de allende el Atlántico. Era un juego en el que todos ganábamos. No se puede entender España sin América y confieso que personalmente entiendo a España de otra manera desde que visité las ruinas de Antigua, en Guatemala, porque solo entonces comprendí lo que fue la epopeya americana, cargada de tantas luces como sombras pero que es nuestra y no de otro.

Mucho ha llovido desde 1991. Al milagro económico de aquellos tiempos, fruto de nuestro ingreso en la Comunidad Europea, ha sucedido una profunda crisis económica que nos afecta de forma particularmente dura mientras que Latinoamérica crece a más del 3% anual aunque sus exportaciones comiencen a verse afectadas por la recesión europea, la deuda norteamericana y la desaceleración china. España sigue siendo hoy segundo inversor en la región, solo detrás de los EE UU, pero es cuestión de tiempo que China nos supere. No hay que hacerse ilusiones: nuestra influencia en Iberoamérica es decreciente. Un ejemplo: si España gastaba allí 1.000 millones de euros en cooperación en 2009, en 2011 esa cifra ha bajado a 465 millones.

Reunir en Cádiz ("buque anclado a la vista de tierra", que decía Pérez Galdós) a 15 jefes de Estado de un total de 22 no es tarea fácil. Han venido todos los países grandes con excepción de Argentina y nos han fallado por razones muy variadas los mandatarios de Guatemala, Nicaragua, Venezuela, Cuba y Uruguay, además del paraguayo Federico Franco al que no se ha invitado. También han venido el presidente de Haití y el ministro de Exteriores de Marruecos, que lleva años deseando entrar en el club. Son mucho más importantes los que han venido que los que han faltado. Al celebrar la reunión en Cádiz conmemorando el segundo centenario de la Constitución liberal de 1812 en la que participaron de pleno derecho delegados de las provincias americanas del Imperio se ha querido enviar un fuerte mensaje de pertenencia a un pasado unido por la historia y la cultura y a un futuro unido por el interés y por la lengua, un idioma que se habla hoy en 23 países por 650 millones de personas y que recibe más estudiantes internacionales que todos los demás idiomas juntos, con excepción del inglés, convirtiéndose así en la segunda herramienta de comunicación más potente del mundo.

Hoy se trata también de aprovechar la bonanza de América en estos momentos de crisis facilitando el comercio, las inversiones y el turismo, con la armonización regulatoria, la disminución de tasas, la supresión de barreras no arancelarias, la competitividad, los acuerdos que eviten la doble imposición o la creación de un mecanismo de arbitraje iberoamericano. Nuestras grandes empresas están bien establecidas en la región y ahora hay que ayudar a que también nuestras PYMES, que tantos apuros pasan en la península, puedan saltar el charco mientras también invierten aquí las americanas. De eso se ha hablado mucho en esta XXII Cumbre y parece que el Banco Interamericano de Desarrollo, la Corporación Andina de Fomento y nuestro propio Instituto de Crédito Oficial van a lanzar algunas líneas de crédito con este objetivo.

En un mundo que vive un acelerado proceso de cambio con la emergencia de grandes países que no comparten nuestro legado cultural o nuestros principios, la coincidencia civilizacional que se da entre Europa, los EE UU e Iberoamérica está llamada a ser uno de los grandes ejes que estructurarán el mundo del futuro y ahí tendremos mucho que decir si lo hacemos juntos. También por eso vale la pena cuidar a nuestra Comunidad Iberoamericana aunque la tengamos que seguir pagando mientras la adaptamos a los tiempos que corren.