En una reunión celebrada esta semana en Cádiz con ocasión de la Cumbre Iberoamericana por la muy activa Asociación de Periodistas Europeos, una colega chilena, directora del Centro de Información e Información Periodística de ese país, dirigió fuertes críticas a ciertas empresas españolas activas en aquel continente.

Algunos periodistas de este lado del Atlántico, heridos en su amor propio, se creyeron en la obligación de salir inmediatamente en defensa de las españolas, acusadas por aquélla de haberse dedicado al expolio de los recursos ajenos y despreocupado de las consecuencias medioambientales de sus actividades.

Los ataques de la participante chilena, expresados con cierto apasionamiento, fueron tema de conversación luego entre algunos colegas españoles, quejosos de que los latinoamericanos fueran más duros con las empresas españolas que con otras extranjeras que, sin embargo, sólo buscaban allí como en otras partes lo que persigue cualquier empresa: el máximo beneficio para sus accionistas.

Reflexionando sobre lo ocurrido, no pude evitar la impresión de que si muchos latinoamericanos se muestran a veces más duros con nuestras empresas, o así al menos nos lo parece, es precisamente por considerarnos mucho más próximos a ellos. Esa proximidad no sólo lingüística, histórica y cultural, sino por todo ello también afectiva, explicaría en muchos casos su mayor decepción y por tanto la dureza de sus ataques. Es como si se sintiesen traicionados por alguien de la familia, algo que no ocurriría con un estadounidense o un chino, por ejemplo.

Es en cualquier caso, es importante saber distinguir entre empresas, que no suelen tener por guía, aquí como en ninguna otra parte, el altruismo, gobiernos, que suelen identificarse con aquéllas, y pueblos. Un ejemplo lo dio en declaraciones al diario El País el presidente ecuatoriano Correa, quien, cuando le preguntaron, si España había tratado mal a sus compatriotas, respondió, aludiendo a los desahucios, que España, no, pero sí "el capital, y no sólo a los inmigrantes sino también a los propios españoles".

He pensado en cualquier caso muchas veces en la importancia de los modos de comportamiento en nuestras relaciones con aquellos pueblos. A veces nos conducimos cual nuevos Pizarros sin tener en cuenta sus sensibilidades. Incluso el tono imperioso de voz denota a veces una cierta arrogancia, un determinado aire de superioridad.

Yo enviaría siempre a negociar allí a personas de habla suave, melodiosa, lo más parecida a la de aquellos pueblos, como pueden ser los andaluces o los canarios, y nunca a quienes tienen un tono intimidatorio, que sus interlocutores pueden identificar, al menos en su subconsciente, con épocas superadas. Y sobre todo, habría que tener también mucho cuidado de no confundir los discursos de los políticos, el comportamiento de algunas empresas o los titulares de ciertos medios con los sentimientos reales de la gente.

Y esto último no sólo vale para las relaciones transatlánticas: si algunos políticos y ciertos columnistas y tertulianos no hubieran puesto tanto empeño en confundir y en envenenar, desde uno y otro lado, las relaciones entre catalanes y otros españoles, mucho mejor nos iría a todos.