Toñi tiene 44 años, se levanta a las siete menos diez de la mañana para despedir a su hijo, que se va al instituto, y baja a la calle a coger agua de una fuente con un carro de la compra lleno de garrafas de plástico vacías.

En el suelo ha dejado algunas más. "Yo cojo agua para mí. Las de cinco litros las dejo para los filetes, las papas, para el baño y para fregar". En su casa no hay agua ni hay luz.

Lo mismo les ocurre a las treinta y seis familias que viven sin pagar en un edificio de la Avenida de las Juventudes Musicales, en Sevilla, cerca de la estructura imponente del Puente del Alamillo, diseñado por el arquitecto valenciano Santiago Calatrava.

El edificio ocupado es ahora propiedad de Ibercaja. "Íbamos a las reuniones de las asambleas de barrios (que organiza el movimiento 15M), y vimos que esto llevaba casi tres años cerrado. Sus propietarios tendría pero estaban en quiebra, y a los doce días de estar nosotros dentro fue cuando lo compraron".

Estas familias formaron en estas viviendas la "Corrala la Utopía", cuyo nombre es un homenaje a las casas de las clases pobres de algunas ciudades españolas en los siglos XVI al XIX, centros y símbolos de la vida en comunidad.

En el tiempo de las nuevas y aislantes tecnologías, los miembros de la "Corrala la Utopía" se organizan en asambleas para limpiar las escaleras o barrer la calle, y sobre todo para informarse.

Los niños también asisten a las asambleas e incluso organizan las suyas propias. "Mi hijo tiene que saber lo que estoy luchando aquí para que tenga el día de mañana su techo", dice Toñi mientras recoge unos setenta litros de agua y los lleva en varios viajes a una de las esquinas del bloque, que ocupa una manzana entera.

Ahí está Inma, de 28 años, que limpia casas y vive aquí con Fran, un año mayor que ella y comercial en paro, y sus tres hijos: "Nosotros estamos intentando darles una vida mejor, por lo menos una vida juntos, de familia."

Junto a ella, David sostiene a una niña de 40 días entre sus brazos, su última hija, la primera en común con Raquel, su pareja, que vive aquí con él y con tres hijos de ella de una anterior relación.

David tiene 38 años y es pintor: "De lo mío me ha salido una habitación en tres años, y el otro día un amigo nuestro del 15M, que tiene una empresa de reformas, me llamó para pintar una pared: 20 euros me gané".

Trabajó cuatro años limpiando por la noche en la Universidad de Sevilla, y ahora David se hace siempre la misma pregunta al acostarse y al levantarse: "¿A dónde voy? Mi lucha es psicológica, de impotencia. Es un sinvivir. Echo currículos y hablo con gente que trabaja por si se enteran de algo para que me llamen, para que cuenten conmigo".

Hasta enero, David cobrará la ayuda familiar; después no sabe qué va a pasar.

Según el informe de la relatora especial de la ONU sobre vivienda adecuada, "la discrepancia entre los niveles de ingreso y el alza vertiginosa de los precios y alquileres de las viviendas, combinada con el desempleo, se tradujo en un aumento del impago, las ejecuciones hipotecarias y el número de personas sin hogar".

En España, la Asociación Hipotecaria Española (AHE) asegura que 78.000 familias habrán perdido este año su vivienda.

Los vecinos reivindican alquileres adecuados a los ingresos de cada familia: "Si yo gano 400 euros, con un alquiler de 400 euros, ¿cómo como, cómo pago la luz o la comunidad?", dice Toñi; David la acompaña: "La gente se cree que nosotros estamos aquí para vivir por la cara. Nosotros lo que queremos es un alquiler que podamos pagar, y pagar nuestra luz y nuestra agua".

Elena, de 38 años, nos acompaña a su piso en la cuarta planta: un salón, dos habitaciones, un cuarto de baño, una cocina y dos balcones.

"No me gusta tener muchos muebles: el sofá me lo dio la vecina de enfrente y la mesa unos amigos". Para ella esta iniciativa ha sido muy importante para todos: "Aquí mucha gente viene de zonas muy marginales y de historias terribles. Esto es una terapia enorme."

Ayudas

Algunas asociaciones de vecinos les han hecho donaciones y personas que viven en los bloques aledaños les han ofrecido sus casas en caso de que les faltara agua.

La luz la consiguen con generadores, dice David: "Mi vecino tiene uno, y el chaval echa gasolina y no me pide que se lo pague; al revés, me dice: He echado gasolina, pon agua para bañar a los niños".

Más allá del apoyo o el rechazo, los miembros de la "Corrala la Utopía" siguen sufriendo la incertidumbre del pobre: "Tenemos siempre la idea de que falta poco para que nos echen. Tú vives con eso día y noche", se lamenta David. "Que nos dieran trabajo, verás cómo no haríamos estas cosas."