21 de octubre de 2011
21.10.2011

La polvora etarra se acabó en Mallorca

Las últimas bombas de ETA mataron donde nunca habían matado: en Mallorca, escenario del coletazo final que quebró la fantasía de invulnerabilidad de una isla que aún hoy no conoce los nombres de los asesinos

21.10.2011 | 08:30
Un grupo de turistas observa el coche, aún en llamas, en el que murieron Salvà y Sáenz en Palmanova.
El anuncio de ETA llega dos años y 82 días tarde para Mallorca. A la isla el reloj se le paró a las 13.37 horas del 30 de julio de 2009. El tiempo dejó de latir en ese instante para Diego Salvà Lezaun y Carlos Sáenz de Tejada, dos chavales de 27 y 28 años que, si ETA cumple lo anunciado ayer, pasarán a la historia de España como las últimas víctimas sangrientas de la barbarie etarra. Murieron en Mallorca. Eran guardias civiles, pero ETA segó sus vidas cuando viajaban de paisano a bordo de uno de los Nissan Terrano verdiblancos que dan imagen de marca al cuerpo que hoy celebra pero no olvida. Diego y Carlos no llegaron ni a arrancar el coche. Se lo impidió la bomba que congeló su vidas y paré el tiempo en el verano mallorquín. Se quebraron sus vidas y con ellas quedó hecha añicos la pretendida invulnerabilidad del paraíso balear, retratada en un tópico desterrado para siempre a las 13.37 horas de aquel 30 de julio de 2009: el que reza que en Mallorca nunca pasa nada.
Aunque el tópico llevaba meses resquebrajándose. El vapuleo incesante de la corrupción y sus secuelas judiciales se encargaron de ello en 2008 y todo el 2009, el año de todos los disgustos y la mayor de las desgracias: el verano llamado a bailar al ritmo del susto exagerado de la gripe A se transformó en el verano del fin de la inocencia, una pesadilla de bombas, miedo, ira, y desconcierto que le enseñó a Mallorca lo que no quería saber: que no es invulnerable.
Y que no estaba preparada. Porque a la barbarie etarra siguió el esperpento político: mientras el entonces president del Govern, Francesc Antich, se apoyaba en uno de los coches bomba que después explotaron sin víctimas, a su lado el aún delegado de Gobierno, Ramon Socias, ordenaba cerrar el aeropuerto y los puertos para volver a abrirlos horas después. El resultado fue solo uno: convertir el atentado en Mallorca en causa de pánico en los países que le alimentan el verano a la isla predilecta de alemanes y británicos.
La locura siguió durante semanas. Las redadas y controles se multiplicaban. Las pistas falsas crecían en todos los rincones. El Ministerio de Interior difundía las fotos de unos supuestos etarras que probablemente nunca pisaron Mallorca. Pese a ello hubo quien los vio comiendo en un pizzeria, alojados en un hotel del norte de la isla o comprando el pan en Bunyola. Unos y otros marraban en todo menos en el objetivo solo buscado por ETA: sembrar el pánico. Lo dejaban claro nueve días después, cuando cuatro bombas de pequeño tamaño colocadas en un restaurante de Can Per Antoni, un café de es Portitxol, un bar de avenidas y las galerias comerciales de la Plaza Mayor trocaron el miedo en pánico. No hubo víctimas, pero si destrozos: destrozaron los negocios afectados, sí, pero sobre todo destrozaron los nervios y la confianza de una isla que en el peor año de la crisis perdía también el verano. ETA dejaba claro que se trataba sobre todo de intimidar. De aterrar. De matar ante la mirada del mundo entero. Golpear en la isla en la que entonces y hoy veranea el Rey. Demostrar con sangre que tenían un poder que ni con el anuncio de ayer han perdido: el de meter miedo, incluso cuando están en las últimas, incluso cuando les han desmantelado la cúpula tres veces desde que mataron en Mallorca.
Aunque Mallorca sigue siendo el único atentado sin resolver ni atribuir, pese a que se sabe quien lo organizó. Lo publicó este diario en abril de este año: el cerebro de la muerte fue Mikel Kabikoitz, Ata, considerado por la lucha antiterrorista "el más intransigente del ala intrasigente de ETA" y causante en gran medida de la declaración de ayer. Su decisión como líder (cayó en mayo de 2010) de devolver los comandos al monte, donde la policía los controla fácilmente, explica la debilidad de una banda que ya no daba para más. Aunque la debilidad llegó tarde para la isla escenario de la última muestra de fuerza de ETA. Porque a Mallorca el reloj se le paró aquel 30 de julio. Eran las 13.37. Son las 13.37.
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