El centenario de la muerte de la reina Isabel II pasó con más pena que gloria. Las Sociedad Estatal de Conmemoraciones no quiso o no pudo hacer lo que en esos casos es lo habitual y lo debido. Por suerte, la historiadora Isabel Burdiel publicó en 2004 la que era la primera parte de una enjundiosa biografía, que ahora corona, en un volumen de más de 900 páginas, hijas del estudio exhaustivo de la documentación, del análisis, y de una exposición unas veces elegante, otras crítica y en muchos casos sin ocultar el estupor, o el humor. No podía ser de otra forma, el historiador es de hoy y escribe para los lectores de hoy. Hay un compromiso y un pacto narrativo. Una biografía es un ensayo, y algunas partes de este trabajo monumental tienen lo mejor de este género legítimo e imprescindible. Cuando abunda tanta novela histórica mal escrita, mal trazada, que ni es novela ni es historia, tanto libro rosa que es amarillismo puro, es de agradecer este esfuerzo académico sólido y con garantía cien por cien.

Hemos esperado seis años, a pie de obra, mientras Burdiel seguía su investigación, en España y en París, y mientras refundía en un solo volumen lo que iban a ser, en un principio, dos. De ahí que los cuatro primeros capítulos nos saben a quienes leímos la primera versión en Espasa-Calpe a poco, aunque están trazados y ajustados a la perfección, con buen ritmo. A partir del quinto todo son novedades.

El siglo XIX fue el siglo de las revoluciones y en España hubo además revueltas, motines, guerra civil, golpes de Estado, dictaduras, deposiciones, exilios, por lo que la derecha lo ha considerado de infausta memoria, y la propia Monarquía no quiere ni mirar ni mirarse. Mal hecho, de todo se aprende, y sin conocerlo bien, se puede errar igual o más. Hasta en el Callejón de los Gatos nos espera la imagen del doble.

Una biografía focaliza en un individuo, en sus decisiones, su carácter, o sus documentos, públicos y/o privados, lo que en realidad sucede en un cuadro más vasto, sin el que no tiene ni lógica ni razón de ser. El Yo no lo es sino con aporte de las circunstancias. E Isabel II aludía por escrito mucho a "las circunstancias", lo que Marx diría la "coyuntura". Pero lo anecdótico no puede sustraerse a las categorías. Y por ello Burdiel traza una verdadera historia política de la época, con una densidad y a veces una amenidad irresistible, pero sin perder de vista que persigue un fantasma, a quien sospechamos espantados posesora de una cabeza hueca, otras muy señora de sí misma, aunque de deficiente formación y poco deseo de trabajar y mejorar en su empeño de reina. Las más, sujeta a mil influencias, algunas fuertes, como su madre Maria Cristina, viuda de Fernando VII, pero casada pronto con Riansares. Ella es la gran intrigante, la verdadera madrastra de Blanca Nieves, ávida de negocios, prebendas, de poder siempre, la gran manipuladora, compradora de voluntades, y emerge como un personaje entre Balzac y Galdós digno de serie novelesca. Luego Espartero, que la desplazó de su Regencia, pero también Serrano, Javier Istúriz, Narváez, O´Donnell, y no en grado menor su marido Francisco de Asís, la monja de las llagas, Sor Patrocinio, y sus confesores, entre otros, Claret, pero también sus damas, como la de Santa Cruz. Entre todos la llevaron y ella sola los llevó por delante. Hay que añadir al cuadro, y Burdiel lo detalla solo lo mínimo necesario, sus parejas, desde el marqués de Bedmar, por el que perdió la cabeza a los 17 años; José María Ruiz Arana, que la hizo madre; el militar de Ontinyent, Enrique Puigmoltó –hijo de carlista encarcelado– , Carlos Marfiori, que mereció los honores de las caricaturas de los hermanos Bécquer, en Los borbones en porreta, o una serie de secretarios, como Miguel Tenorio –el rey tenía a su Meneses–, o bravos militares que se le achacaban. Y el más increíble de todos, el rey, ese deleznable Francisco de Asís. De ahí la variopinta progenie. Y la ironía que Alfonso XII fuera Puigmoltó y Borbón, aunque velara el primero y antepusiera el segundo, para heredar y refundar la monarquía constitucional con Cánovas, cuando Isabel estaba exiliada en París, donde estuvo 34 años. Fue por ello la última Borbón. Y luego, cuenta nueva, aunque no hayan cambiado de nombre, como los Windsord.

Y mientras, España salida del Antiguo Régimen, con diversas constituciones, con los Moderados, los Liberales, la Unión Liberal, los demócratas, los republicanos y los carlistas o absolutistas en diferentes grados y generaciones, la dos desamortizaciones, una República, la Guerra de Marruecos, la Restauración, la pérdida de Cuba y Filipinas… y la industrialización en marcha al Norte y en Cataluña, las primeras huelgas y movimientos sociales con conciencia de clase, y Estados de Excepción como panacea, un régimen electoral trucado y nefasto, gobiernos extraparlamentarios y vacaciones parlamentarias como recurso y la disolución de las Cortes siempre en manos del capricho real.

De estos polvos son los lodos del siglo XX, y todos somos un poco hijos de Isabel II… Sobre todo los burgueses que compraron bienes desamortizados, los que crearon las empresas, de trenes, de puertos –como el de Valencia–, carreteras con Riánsares, aprovisionamiento del Ejército, bancos, a veces quebrados y salvados in extremis como ahora, la Iglesia que perdió y recuperó luego su lugar y privilegios, como ahora, la prensa que vivía de los fondos de reptiles, y un pueblo que era una y otra vez sacrificado de mil y una forma, que explotaba y volvía la redil y se conformaba. Que se quitaba un dueño y se daba otro.

"España y yo somos así señora", hubiera podido decir Isabel II en el exilio a Galdós, que fue a visitarla en París. "Un poco putas", hubiera podido decir el escritor. Pero esta es la reina y la España que tiene más literatura y solo ella ha merecido el Ruedo Ibérico de Valle Inclán, que es el más grande monumento literario que vieron los siglos en lengua castellana, farsa, mito y caricatura excelsos. Y nadie ha dado más ni puede. Era imprescindible tener la Historia, la parte irrebatible, para calibrar la parte de la leyenda y el mérito sin límite de la literatura, una, grande y libre. Y ella no pasa, de momento.