Sobraron sillas en la plaza de toros con pantalla gigante, y faltaban gente y banderas en los balcones del recorrido. Como baño de masas, el de Benedicto XVI en Barcelona ha sido perfectamente descriptible. Tal vez las periferias carecen del resorte movilizador del Madrid hiperpolitizado, y el Papa se las arregla solo con su carisma. No parece que le sobre. Oigo una conversación cualquiera: dicen que Ratzinger no cae bien. Como si eso fuera Gran Hermano. Pero algo hay. Wojtyla era un seductor de masas. Tenía su atractivo poderoso. Lo tuvo en su momento Juan XXIII, el ´papa bueno´, el primer pontífice mediático cuya imagen llegó a todo el mundo por televisión. Le rodeó un aura de sencillez, como de párroco de aldea, pero puso en marcha una operación intelectual de muchos voltios: el concilio Vaticano II. Juan Pablo II era pura energía y ánimo de combate; no falta quien le atribuye en exclusiva el hundimiento del bloque soviético. Es lo más parecido a un héroe de película de acción que ha dado últimamente el Vaticano. Benedicto XVI no sobresale en ninguna característica con gancho, una vez descontada la cara de carisma que se le pone a uno cuando le colocan la mitra. De él se afirma que es un potente intelectual, que es lo más anticarismático que se puede ser.

Es curioso como ciertos tics pueden repetirse en situaciones distintas y distantes, que dijo aquel. A tenor del argumentario esgrimido por los adalides conservadores del ´tea party´, a Barack Obama le han revolcado porque los demócratas son demasiado intelectuales. Las buenas gentes de la América profunda quieren dirigentes y representantes poco amantes de las sutilezas del pensamiento. Para ellas, ´intelectual´ es un insulto. También lo es para muchas buenas gentes europeas, o de lo contrario no se entendería el recurrente ascenso político de la zafiedad. Y al parecer, las buenas gentes católicas comparten tal desconfianza; prefieren la bondad sencilla y/o la acción directa. Ello no es extraño, ya que la Iglesia oficial se ha dedicado con tesón, a lo largo de los siglos, a perseguir a la intelectualidad disidente, que era toda la que no se ajustara a sus programas de verdades indiscutibles.

Lo indiscutible se nos antoja enemigo de lo intelectual, y viceversa, pero lo cierto es que la teología católica encuentra amplios márgenes para la creación de pensamiento complejo sin sacar los pies del tiesto doctrinal, o devolviéndolos rápidamente a su lugar a la primera desviación. Ratzinger, a decir de algunos expertos, es muy bueno en la disciplina teológica. Wojtyla tampoco era manco, pero lo disimulaba mejor.