La remodelación gubernamental de la pasada semana, consecutiva al pacto presupuestario que anuncia la estabilidad gubernamental hasta el término del cuatrienio, ha reactivado evidentemente el proceso político y ha reanudado la rivalidad entre los dos grandes partidos, después de una etapa anodina en que llegó a parecer que la legislatura se abocaba irremisiblemente a su fin.

Sin embargo, algunos vemos con inquietud y/o alarma que el tedio parlamentario de los últimos meses podrá estar siendo sustituido por una enmarañada y sistemática batalla campal. La llegada de Rubalcaba a la condición de principal colaborador de Zapatero habría trocado la tediosa rutina de antaño en una colosal guerra de desgaste, no ya entre Zapatero y Rajoy sino entre Rubalcaba y el ejército combativo de la oposición dispuesto a realizar obedientemente el trabajo sucio de segar la hierba bajo los pies del poder.

Hay varias versiones sobre la génesis de la crisis gubernamental: hay quien afirma que es fruto de una larga reflexión de Zapatero y quien sostiene que la improvisó en unas horas, tras escuchar a algún consejero familiar. De cualquier modo, es claro que Rubalcaba, que recibe una cuota extrema de poder, se convierte en parapeto del propio presidente del Gobierno y del gabinete en su conjunto, y a la vez en estímulo de un proceso de digestión mediática que pretende revertir la decadencia socialista en las encuestas de cara a las elecciones autonómicas y municipales de mayo (la catalanas del próximo mes se consideran irremisiblemente perdidas, y el único afán del PSOE federal es que el descalabro no sea tan grave que termine afectando al resultado en las elecciones generales). De momento, el primer vicepresidente está controlando la situación y es lógico que el PP, que ya ha probado lo correoso que Rubalcaba puede llegar a ser, vea el cambio con aprensión y hasta con cierta alarma.

Todo indica sin embargo que el actual equilibrio político no llegará en su actual formulación hasta el final de la legislatura por la sencilla razón de que, después de las elecciones autonómicas y municipales de mayo, Rodríguez Zapatero tendrá que desvelar sus planes, que muy probablemente no pasan por repetir como candidato a la presidencia del Gobierno. El hecho mismo de que haya cedido el principal protagonismo a Rubalcaba indicaría que el todavía secretario general del PSOE ya no busca tanto asegurarse un buen resultado en 2012 –algo por lo demás muy difícil– cuanto facilitar a su partido un desarrollo que le posibilite intentar con posibilidades la conservación del poder bajo otro liderazgo.

Es claro que la posición avanzada que se le ha otorgado a Rubalcaba le sitúa en el mejor disparedero posible para aspirar a la sucesión. Sin embargo, como ha dicho Chacón con claridad, resultaría impensable en el PSOE que un proceso sucesorio de esta clase se hiciera por simple designación. Habrá, pues, un congreso extraordinario, en el que competirán varios aspirantes. La propia Chacón, Bono y Rubalcaba entre ellos, probablemente.

En definitiva, nadie debería pensar que nos aguarda un camino rectilíneo hasta el final de la legislatura. Se presenta un derrotero sinuoso, que alberga incertidumbres y cuyo final no está necesariamente escrito.