Aunque la crisis lo domina todo (especialmente ahora, cuando España corre el riesgo de ser engullida por el agujero negro griego), la temperatura política catalana ha empezado a subir. Y la razón no es otra de que (salvo adelanto) los catalanes serán llamados a las urnas en seis meses. Unos comicios que pueden ser los más importantes desde la retirada de Jordi Pujol como presidente de la Gene-ralitat, en diciembre de 2003. Y no sólo para los catalanes, sino para el conjunto de España. La pregunta es: sus resultados, ¿contribuirán a encauzar el malestar que afecta a la vida socio-política catalana desde hace siete años?

El detonante de esta ebullición ha sido el (enésimo) intento, fallido, del Tribunal Constitucional para resolver el recurso del PP contra el Estatut catalán. Ante el temor de gran parte de la clase política local (todos los partidos, menos PP y Ciutadans) de que una nueva sentencia sea más restrictiva para la carta catalana que la ponencia derrotada el pasado 16 de abril, el Tripartito y CiU han pactado iniciar los trámites que permitan la renovación del Alto Tribunal, al que consideran "deslegitimado" para emitir sentencia sobre un Estatuto refrendado por la mayoría de los catalanes.

La coincidencia de los dos principales partidos en esta cuestión (CiU y PSC) no es casual: ninguna de las dos formaciones está interesada ahora en una sentencia, a pocos meses de los comicios. Y más si, como se presume, puede ser restrictiva en aspectos simbólicos claves (la consideración de Cataluña como nación o el uso preeminente de lengua catalana), puesto que daría alas a opciones de corte rupturista (no sólo ERC, sino plataformas independentistas aún más radicales, como Reagrupament.cat, que encabeza un ex consejero del Tripartito de Pasqual Maragall, Joan Carretero). Éste abandonó, junto a sus seguidores, la ERC liderada por Joan Puigcercós y pretende que Joan Laporta, a pocas semanas de dejar la presidencia del Barça, encabece su formación. Pero la llamada a rebato de los nacionalistas de CiU, para no dispersar el voto en ´formaciones aventureras´ y el riesgo de que aparezcan ´dossiers´ dañinos para su persona ha hecho bajar el interés del mandatario azulgrana para entrar en política.

En cualquier caso, el que está en peor situación es el presidente catalán, José Monti-

lla. Claramente por detrás de CiU en las encuestas, sabe que la única posibilidad de mantenerse al frente de la Generalitat es la reedición del tripartito y una sentencia desfavorable al Estatut podría impedirlo. Sabedores de esta situación, Zapatero y Rajoy coinciden (aunque por distintos motivos) en no dar árnica a Montilla.

El primero porque, agobiado por la crisis, que amenaza con llevarle a la derrota en 2012, no quiere abrir la carpeta catalana: si cede a las pretensiones de Montilla y sus aliados dará más votos al PP, que está cómodo con la composición del Tribunal Constitucional (como acaba de manifestar Rajoy a Montilla) y del que espera una sentencia favorable a su visión del Estatut.

Los socios menos conflictivos

Desde el punto de vista electoral, además, tanto ZP como Rajoy desean la derrota del tripartito y la victoria de los nacionalistas mode-

rados de CiU, socios políticos menos conflictivos, si en los próximos comicios generales ninguna formación obtiene mayoría absoluta. Pero podrían llevarse alguna sorpresa.

Aunque es evidente que CiU está un grado por debajo, en reivindicaciones de autogobierno, que ERC, ya no es aquella formación "catalanista interesada en mantener la gobernabilidad y contribuir a la modernización de España", como le gustaba repetir a Jordi Pujol en los años 90, durante sus pactos con González y Aznar. Y pese a que Unió, liderada por Josep Antoni Duran i Lleida, se asemeja más a los nacionalistas de esa época (incluido su papel de lobby de los intereses económicos catalanes) y que Artur Mas es menos independentista de lo que da a entender en algunas entrevistas, la nueva hornada de dirigentes convergentes (todos ellos, alrededor de los 40 años de edad y liderados por el hombre de confianza de Artur Mas, David Madí) son más desacomplejados, en términos nacionalistas.

Por ejemplo, han mantenido (de manera discreta) su presencia en las consultas independentistas organizadas en distintas localidades de Cataluña y han cultivado, a través de plataformas o intelectuales afines, una creciente desvinculación de España. Una

desconexión basada, no tanto en términos identitarios (la mayoría de la población, un 45%, se siente tan catalana como española), sino en el argumento económico del presunto expolio fiscal al que estaría sometida Cataluña. Estas tesis han empezado a calar (de manera débil, aún) en hijos y nietos de inmigrantes llegados de otros puntos de la península, en los años 50-60. Pero la prolongación de la crisis (Cataluña ha pasado del 6% al 18% de paro en menos de tres años) podría incrementar estas percepciones, semejantes a las de los votantes de la Liga Norte, de Umberto Bossi.

Desafección y extremismo

Y es que, de cara a las elecciones, el deterioro económico puede acentuar el descontento socio-político larvado durante los siete años de tripartito. Un malestar que, por un lado, se ha traducido en una creciente abstención en las sucesivas convocatorias electorales (exceptuando las elecciones generales) y que tuvo su máxima expresión de desafección en el escaso 50% de participación del referéndum estatutario.

Por el otro, como explica el historiador Xavier Casals en su libro El oasis catalán. ¿Espejismo o realidad?, se ha evidenciado en la aparición de movimientos alejados de los partidos tradicionales, que erosionan su base electoral a partir de reivindicaciones simples y/o populistas, como: la presunta imposición de la lengua catalana (que generó la aparición de Ciutadans, en 2006, con tres escaños en la cámara catalana); el independentismo (del que quiere sacar réditos el citado Reagrupament y del que se han beneficiado, a nivel municipal, las denominadas CUP –Coordinadors per

l´Unitat Popular, más izquierdistas que los anteriores) o la xenofobia (que busca capitalizar el ex dirigente ultraderechista Josep Anglada, a través de su Plataforma per Catalunya, con representación municipal en localidades donde ha crecido el rechazo a la inmigración, acentuado por los efectos de la crisis).

Todo este cóctel lleva a pensar que, aunque CiU lidere las encuestas, podría no lograr mayoría suficiente para gobernar, por lo que debería arreglárselas con un Parlamento fragmentado y con una sociedad cansada del tacticismo político y lastrada por la crisis. Si, además, coincide (poco antes o poco después) con una sentencia restrictiva del Estatut, no es descartable que se cumpla la última advertencia de Montilla a Rajoy y que se produzca "una fractura difícilmente reparable" en las relaciones entre Cataluña y España.