Ha tenido que morir alguien para que las fuerzas democráticas, nacionalistas y no nacionalistas, recuperasen la unidad contra el terrorismo. Puede lamentarse que no haya sido antes, pero el realismo de la política enseña que es mejor esto que nada. Con todo, las diferencias van a seguir existiendo e irán aflorando, máxime en un escenario tan complicado como es un calendario preelectoral. Habrá diferencias entre socialistas y populares y, a su vez, habrá controversias entre partidos españoles y nacionalistas. Pero no pasará nada, si esas comprensibles divergencias no se convierten en esenciales.

Es ahora cuando se verá hasta qué punto es un verdadero líder el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Su afán por el equilibrismo no dio resultados en el diálogo con ETA y se quedó a medias en su intento de encauzar los viejos problemas territoriales de España. Quizá quiso consumir etapas antes de tiempo o simplemente no fue capaz de ver las complejidades que entrañan procesos así, realmente históricos, ante los que no basta con la audacia ni con una sonrisa. Ahora que las cosas están más centradas, el presidente Zapatero puede tomarse un respiro y no precipitarse en ningún sentido, porque la lucha seguirá siendo larga. El reto es propicio para un estadista.

Lo más difícil va a ser que unos y otros no quieran obtener réditos políticos en términos electorales, ya que la tentación está ahí, al alcance de la mano. El terrorismo -reconozcámoslo- fue decisivo en el resultado de las últimas elecciones generales y sería toda una suerte que eso no se volviera a repetir, aunque quizá sea mucho pedir. Pero por mucho que la Oposición aún sangre por esa herida, también sería más creíble si no tendiera tanto a la exageración y a la demagogia y, sobre todo, si no dijese cosas que van sencillamente contra el sentido común, eso que tanto le gusta a Mariano Rajoy, quien por fin está imponiendo sus criterios en el Partido Popular.