La Fiscalía ha arremetido ante el tribunal del 11-M contra quienes se empeñan en buscar la caja negra de una derrota electoral entre los escombros de un sangriento atentado terrorista. Por supuesto, a la contra de jueces y policías. "No hay nada más indigno que buscar la mentira y tratar de convertirla en verdad". Ese es el recado que les ha enviado el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Javier Zaragoza.

No ha sido el único. La fiscal del caso, Olga Sánchez, en su informe de acusación, también arremetió al día siguiente contra los agitadores de la llamada teoría de la conspiración, "personas que pudieron aprobar la carrera de Periodismo pero que no tienen la altura y la grandeza para desempeñar esta profesión". El alegato fue justamente reconvenido por el presidente de la sala, Gómez Bermúdez, por afectar a "personas ajenas al proceso", pero nos permite reconocer la no menos justa indignación de una servidora del Estado en la que se han ensañado los depredadores del trabajo policial y judicial.

Eso debe ser muy duro para quien empezó esta tarea levantando cadáveres junto a la calle Téllez. Olga Sánchez no pudo contener las lágrimas aquella mañana y tampoco pudo contenerlas el otro día. Salió llorando de la sala del juicio. Tal vez por no acertar en la dosis de compasión que conviene a su trabajo en el Ministerio Público. Además de elogiar el trabajo de policías, bomberos, servicios de emergencia, mencionó numerosos nombres de heridos y muertos en la mañana del horror, para rendirles homenaje. Y a sus familiares. Lo cual contrastaba con su dolida referencia a ciertos medios de comunicación que "no han honrado la memoria de las víctimas". Atrás queda la incomprensión, la soledad en la instrucción de la causa y en la toma de decisiones, la falta de medios materiales, la desidia institucional en la que con frecuencia se movió junto al juez Del Olmo, siempre con la insoportable presión mediática de los enredadores de la nada, el cuento de los tres peritos y mochilas con vida propia.

Pero la fiscal, Olga Sánchez ni siquiera ha podido quejarse porque, cuando quiso hacerlo, se encontró con la regañina del presidente del tribunal. Y luego, las lágrimas. Como las de su compañero de fatigas, el juez Del Olmo, cuya integridad se pone a resguardo de su timidez, que tampoco pudo contenerse muchas horas después de haberse movido entre cuerpos despedazados en aquel aciago jueves de sangre.

No se merece el juez del Olmo la tacha de haber sido manipulado por la Policía. No se merece la fiscal Olga Sánchez que desde el editorial de un periódico la acusen de haber manipulado al juez Del Olmo y de no querer averiguar la verdad. Pero a estas alturas, ya no cabe ninguna duda de que los escribanos de la verdad subversiva, manufacturada para desplazar a la que nos ofrece el Estado de Derecho, han hecho el más soberano de los ridículos.