Tengo para mí que a más de uno le habrá sorprendido el resultado del encuentro en La Moncloa entre Zapatero y Rajoy. Ni el primero es Sagasta ni el segundo Cánovas, pero los dos han entendido la gravedad de la situación tras anunciar la banda terrorista que tiene intención de volver a las andadas. Zapatero preparó el terreno cuando el sábado dijo que sería "implacable" en la lucha contra ETA; Rajoy, en un movimiento táctico que parece muy calculado ha salido a la palestra para ofrecer a Zapatero un apoyo tasado: contará con el respaldo del Partido Popular para acabar con la violencia terrorista; sólo para eso, no para otra cosa.

No se ha comprometido a nada y gana espacio en el terreno de la imagen, porque ha dejado de lado el discurso de la intransigencia que le convertía en ´míster no´, personaje siempre antipático y electoralmente poco rentable. Zapatero por su parte ha ganado tiempo. Está atravesando por el momento más bajo de la Legislatura y la escenificación de un encuentro en el que el líder de la oposición sale sin dar un portazo le favorece.

Necesita días para que los ciudadanos olviden las tortuosas maniobras de los últimos meses (Caso De Juana, Otegi, "hombre de paz", el "Guantánamo legal" que veía el Fiscal General del Estado en la Ley de Partidos, etc...

Zapatero ha vuelto a la idea de la unidad proponiendo caminar en la senda del diálogo con todos los partidos políticos, iniciativa táctica cuya traducción sería la superación del Pacto Antiterrorista; superación que pasará por invitar al resto de las fuerzas políticas democráticas a participar en él. No está claro qué es lo que piensa Rajoy sobre la eventual incorporación del PNV o ERC al nuevo escenario político al que nos aboca la agenda marcada por la ETA. La proximidad de las elecciones legislativas marca ya de tal manera el calendario que a estas alturas de la película resulta difícil creer en los milagros.