La noticia de la ruptura del alto el fuego por parte de ETA no viene a confirmar la estupidez política y moral de la banda armada porque eso se ha confirmado con cada uno de sus asesinatos, secuestros y exacciones, pero lo que sí se confirma es la mezquindad de la actual cúpula dirigente del PP, que apenas ha sabido ni querido disimular su satisfacción por la dicha ruptura. Cuando de nuevo pende sobre todos los españoles la amenaza de ETA, cuando ésta seguramente ya ha trazado las dianas siniestras de sus próximas víctimas, cuando el miedo retorna a la vida diaria de la nación, la dirección del PP carga, en vez de contra los malhechores que resuelven seguir siéndolo, contra el gobierno que intentó que dejaran de serlo cumpliendo con su obligación de asegurar la vida y la libertad de los españoles.

Ese PP que antepone en cada trance su interés sectario al general de la nación estuvo, desde el principio y superada la inicial sorpresa, contra el proceso de paz (sí, de paz, pues la paz es la ausencia de miedo, de tiros y de bombas) que quiso impulsar Zapatero, que si pecó de algo fue de ingenuidad al creer que todos los partidos, y principalmente aquél que se repunta como alternativa de gobierno, secundarían su iniciativa o, cuando menos, mantendrían ante ella una actitud respetuosa. Colgado del gusto por las soluciones violentas, de fuerza bruta, que le insufló el que sigue dirigiéndolo doctrinalmente, Aznar, al PP nunca le gustaron los conceptos que, como ´diálogo´, ´acuerdo´, ´negociación´, aluden a una superior, más racional y siempre más efectiva (aunque hoy haya que lamentar un fracaso) manera de hacer y entender la política, pero en vez de aguardar los resultados, siquiera por si sonaba la flauta en beneficio de todos, encontró en ese intento admirable el ariete, el único ariete, para atacar inmisericorde al presidente y a su gobierno de izquierda. Se habrán quedado a gusto.