El Partido Socialista, tras su reunión de ayer y del informe de los cuatro juristas, parece que sabe ya muy bien el camino exacto a seguir para garantizar en el Parlamento español la constitucionalidad y la defensa de los intereses generales en el texto del Estatuto de Cataluña. El informe de los juristas viene a precisar lo que ya se tenía bastante claro.

A partir de aquí, todo queda en manos de la destreza política de Zapatero y de los negociadores, y entre todos deben sacar el tema adelante, evitando que prosiga el espectáculo, que deben dejar en las exclusivas manos del PP que, además de gastarse un dineral en una nueva campaña en contra de todo lo que huela a Estatut, confirman su opción por el peligrosísimo juego de la ruleta rusa: dispararse en la sien confiando sólo en que la pistola esté descargada en el lugar de esa bala concreta. Si está cargada, suicidio político. Más les hubiera valido el otro juego de dialogar y de negociar, para estar presente de verdad en el debate y para colaborar en lo que sería su obligación política de esta hora.

Estoy hablando de su obligación de emplearse a fondo para conseguir que el Estatut respete la Constitución, en esfuerzo conjunto con el PSOE, que es a lo que el partido de Zapatero juega. El 2 de noviembre se produce en el Congreso el primer gran debate para ver si la reforma estatutaria pasa o no al análisis pormenorizado. Todos tienen que estar ahí, pues quien no esté no tendrá derecho a quejarse ni a alegrarse con el resultado final. Y el presidente Zapatero tiene que emplearse a fondo para que los variopintos dirigentes de su partido, también los catalanes, no caigan en tentaciones disgregadoras de resultados catastróficos. Si ahora ya lo tienen claro, deben ser consecuentes con esa claridad y aplicarla a la acción política y parlamentaria.

El Estatut de Cataluña no es el principio ni el fin de todas las cosas. Si todos los partidos se afanan en que las cosas salgan bien, esta crisis del Estatut será luego un recuerdo histórico lleno de enseñanzas. Pues a ello.