Estamos ante un fenómeno de inversión de valores: la derecha, que antes invocaba el patriotismo como esencia de sus propios comportamientos, se pone de parte de la potencia extranjera cuando hay una confrontación de intereses o actitudes con el Gobierno de España, porque la criminalización de la política ha hecho prevalecer el desgaste del adversario sobre la adhesión a la nación. De esta forma, si George W. Bush no se le pone al teléfono al presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, se ridiculiza a nuestro compatriota en vez de indignarse con el foráneo.

En este clima de exaltación del poderoso extranjero frente al presidente español del otro partido, la Audiencia Nacional ha dictado orden de captura internacional contra los militares norteamericanos involucrados en la muerte violenta del cámara de televisión español José Couso, cuando cubría sus labores informativas durante la invasión de Irak. La Audiencia no ha tenido otra forma de reclamar cooperación de la justicia norteamericana que ha sido sistemáticamente negada ante los requerimientos de las autoridades judiciales españolas.

Lo razonable es que toda la prensa española cerrara filas para exigir el esclarecimiento de un homicidio que cada vez tiene más componentes para ser clasificado de asesinato premeditado, dadas las circunstancias en que se produjo el ataque y los protocolos de intervención a los que estaban sujetos quienes ordenaron y ejecutaron el disparo que acabó con la vida de José Couso.

El patriotismo desaparecido en los comportamientos de la derecha española -una de cuyas muestras más palpables es la actuación del ex presidente José María Aznar en sus intervenciones públicas en el extranjero- es un peligroso síntoma de desideologización de la derecha española que ha hecho del posibilismo político su único norte de actuación. De esa manera, el "todo vale" para desgastar al Gobierno de España, es una peligrosa pendiente en la que nos podemos despeñar todos los españoles, habida cuenta de los antecedentes históricos que marcan nuestra dramática existencia. Si preferimos exaltar al amigo americano, aunque no tenga ninguna razón, estamos imbuidos del más puro espíritu cainita.