Nadie sabe qué le ocurre a Pasqual Maragall, pero yo estoy convencido de que algo le funciona mal a este hombre, a juzgar por el desparpajo con el que pone en riesgo su propia estabilidad y la de su Gobierno, y coloca en desagradables apuros a José Luis Rodríguez Zapatero y a su Ejecutivo. Después de las viejas historias, del Carmel y de la gestión torpe e interminable del Estatut, sólo faltaba esta peripecia inaudita de su pretensión de cambiar el Govern sin contar con nadie, como si fuese el presidente de un Ejecutivo con mayoría superabsoluta y no dependiera de tres partidos de estructura política y de ideología bastante variopinta.

Todo ello, además, coincidiendo con la toma en consideración del proyecto de Estatut en el Congreso y con el debate sobre política general en el Parlament. Me pregunto dónde está aquel memorable gran alcalde Maragall de las Olimpiadas y de otras grandes realizaciones en la Barcelona de la postransición. Estoy seguro de que los socialistas catalanes disponen de unas cuantas personas muy inteligentes, de buena capacidad política y de suficiente sensatez como para desempeñar el difícil cargo de presidente de la Generalitat. Y pienso que la sustitución no puede esperar mucho más, aunque ya sé que no va a ser fácil que Maragall se percate de que su sacrificio personal es imprescindible para salvar todo lo demás.

No es que esté irritado Zapatero, es que no entiende qué pasa con este hombre, con el que no tiene más compromiso que saber que en su día fue apoyado por él cuando la disputa por la secretaría general del PSOE. Pero todo eso es agua pasada y ahora lo que debe imperar es el sentido común, el pragmatismo y la necesidad de transmitir confianza a los ciudadanos que en ellos la habían depositado y de qué manera.