Gibraltar no existe. Esa es al menos la impresión que se puede tener a la hora de buscar el camino que conduce a esta colonia, en el extremo sur de la Península Ibérica, que el 4 de agosto cumple 300 años de dominio británico. El Peñón, la enorme piedra caliza de 425 metros de altitud que domina este diminuto territorio a orillas del Mediterráneo, se divisa desde lejos. Pero en la carretera nacional 340, que bordea la costa andaluza entre Málaga y Cádiz, ninguna señal indica cómo llegar.

No es hasta La Línea de la Concepción, la última localidad española antes de la frontera, cuando un viejo cartel publicitario de Burger King da una pista al viajero: "Gibraltar, Home of the Whopper" reza. El destino, hamburguesa incluida, ya no puede estar lejos.

Pero las dudas no se disipan hasta llegar a la calle principal, donde, por fin, aparece una señal que conduce a la frontera, que en La Línea todos llaman "la verja".

Una vez allí, sin embargo, hay que armarse de paciencia. Bajo un sol de justicia, una larga cola de vehículos aguarda para poder pasar. Hay automóviles de gibraltareños, fácilmente reconocibles por sus matrículas británicas y el distintivo GBZ, pero también muchos autobuses con turistas que van a Gibraltar bien para pasear o bien para comprar tabaco y licor libre de impuestos.

Peor lo tienen los que tratan de salir de Gibraltar. Con cara de desgana, agentes de la Guardia Civil paran los vehículos y hacen que el conductor les abra el maletero. La escena recuerda a los controles fronterizos entre Berlín Oriental y Occidental, cuando aún la ciudad estaba dividida por el Muro.

La cola casi llega a la pista del aeropuerto, que hay que cruzar para poder llegar al centro de la colonia. Incluso hay barreras que bajan cuando aterriza un avión, como si se tratara de una vía de trenes.

Los gibraltareños saben que este calvario acabaría si Gran Bretaña y España llegaran a un acuerdo para compartir la soberanía de la colonia, algo que hace dos años estuvieron negociando los gobiernos de ambos países, en un intento por poner fin a un diferendo que se remonta al 4 de agosto de 1704, cuando el almirante George Rooke y su escuadra de 130 barcos conquistaron este territorio.

Autodeterminación

Pero a los habitantes del Peñón, esta fórmula les horroriza. "Queremos seguir siendo británicos, y punto", dice contundente un viandante en la Main Street, la calle principal de Gibraltar. Y lo hace en ese inglés con marcado acento andaluz que caracteriza a la mayoría de los 30.000 gibraltareños.

Para el gobierno local, la única solución pasa por el derecho de autodeterminación de este diminuto territorio de apenas 6,5 kilómetros cuadrados, que reclama España desde que el Tratado de Utrecht se lo concediera a Gran Bretaña en 1713.

Más contundente aun se muestra el socialista Joe Bossano, líder de la oposición y jefe de gobierno de Gibraltar entre 1988 y 1996. "Lo tenemos muy claro: Aquí mandamos nosotros".

En su opinión, "no hay nada que España nos pueda ofrecer que no sea algo a lo que tenemos derecho y que sea suficiente como para que estemos dispuestos a entregar algo tan fundamental como el derecho a la autodeterminación y a ser dueños de nuestra tierra".

Para muchos gibraltareños, de lo que se trata es de que España elimine de una vez por todas las restricciones impuestas en su día a Gibraltar por el dictador Francisco Franco (1939-1975), que en 1969 cerró herméticamente la frontera del lado español, la cual no fue abierta hasta 1985, diez años después de la vuelta a la democracia.

Y mientras las negociaciones entre Madrid y Londres siguen en el limbo, los monos que pueblan la parte alta del Peñón, los únicos primates salvajes que quedan en Europa, continúan reproduciéndose. Dice la leyenda que Gibraltar dejará de ser británica cuando estos macacos desaparezcan. Pero su número sigue en aumento, y ya hay más de 250. Independientemente de si serán los simios quienes gobiernen la roca en un futuro, lo cierto es que la situación permanece enquistada desde 2002, cuando los gibraltareños decidieron que preferían ser británicos.