Aquellos que no reconocen sus errores, no crecen, de modo que ese Ángel Acebes que pretende aún que la opinión pública comulgue con sus viejas y enormes ruedas de molino, se quedará así de pequeño para siempre.

Pequeño en lo político, en lo moral, raquítico casi. El que siendo ministro de Interior y responsable de la seguridad de todos los españoles no alcanzó a prever en su devastadora magnitud la amenaza del terrorismo internacional, ni, en consecuencia, a evitar en lo posible los horribles atentados, el que manipuló las informaciones posteriores a los mismos porque la autoría de ETA convenía más a sus intereses partidistas y electorales, el que motejó de "miserables" a cuantos dudaran de esa autoría etarra desde que bien pronto se reveló tan improbable, el que, en fin, no ha tenido desde entonces gesto de contradicción ni de arrepentimiento público por sus errores, exhibe de nuevo su pequeñez, su absoluta falta de grandeza, ante la comisión parlamentaria que dilucida los sucesos de marzo.

Un ente diabólico y superior, un Señor X a lo bestia o un contubernio idearon la masacre de trabajadores, según el ex ministro, con el único anhelo de hacerle la puñeta a él, a su gobierno y a su partido para que perdieran las elecciones.

Estirándose mucho, Acebes podría considerar la posibilidad de que esa conspiración fuera inmediatamente posterior a los atentados, de suerte que se habría valido de éstos para, mediante la manipulación de los medios de prensa internacionales y de los afines a la oposición, trasladar a la opinión pública la idea de que él y su gobierno estaban mintiendo o de que estaban haciendo alguna cosa mal.

Y se queda tan ancho. Lanzando esas acusaciones que no sólo atentan contra la verdad, sino, lo más grave, contra la razón, se queda tan ancho creyendo que con esa historia delirante se exonera de toda responsabilidad.

Al ser tan pequeño,Acebes debe creer que esa responsabilidad ha de ser también, necesariamente, insignificante.