En octubre de 1974, hace casi treinta años ya, se celebraba en Suresnes, Francia, un congreso del PSOE que iba a ser decisivo. Era un congreso de fractura: un grupo de jóvenes sevillanos y vascos, más algún madrileño, rompían con el histórico PSOE que regentaba desde el exilio Rodolfo Llopis y consagraba primer secretario del partido a Felipe González, a quien alguien había dado el alias clandestino -tampoco era tal- de 'Isidoro'. De aquellas primeras fotos, como la de la tortilla en el pinar sevillano, quedan pocos: apenas Manuel Chaves sigue ocupando los asientos de la Ejecutiva socialista, como presidente. Los demás...

Los demás han sufrido suerte diversa. Felipe González es un referente, malhumorado y algo vindicativo a veces, pero querido por la generalidad del PSOE. Guerra se ha rehabilitado no poco en sus relaciones con otros sectores del partido, aunque no ha mejorado, dicen, su relación personal con González. Al sindicalista Nicolás Redondo, que pudo haber ocupado la secretaría general del partido, pero que se la cedió a González, le achacan "haberse pasado de hecho" al PP, o poco menos, y lo mismo dicen los más lenguaraces de su hijo Nico; no mucho mejor hablan de Enrique Múgica, el ex comunista que tantos años dio la cara primero por el PCE, luego por el PSOE y ahora espera la 'jubilación' -en cuanto puedan hacerlo los gobernantes actuales- del cargo de Defensor del Pueblo. Pablo Castellanos sigue anclado, y de retirada, en Izquierda Unida.

Luego están los demás: Javier Solana, que entró a la militancia un poco después de Suresnes, y que ocupa los más altos peldaños en la escala europea; Txiqui Benegas, que andaba este viernes circulando entre los delegados, engordado y olvidado. Y los que han muerto: Rubial, 'Lalo' López, el padre de Patxi López, que preside este 36 congreso socialista. Luis Yáñez, que anda en el dorado exilio de eurodiputado, como otros. Y los que simplemente han quedado en el completo olvido.

Lo que quiero decir con esta panorámica retrospectiva es que, si exceptuamos a Chaves, la ejecutiva del PSOE saliente en este congreso, y la entrante -que será sensiblemente parecida- nada tiene que ver con aquella era histórica. Los socialistas se han renovado bastante para celebrar el 125 aniversario de su fundación por Pablo Iglesias. Ya no hay puños cerrados, ni cantos de La Internacional, ni fracciones masónicas, ni delegados del exilio. Casi no hay ya ni fraternidad de Internacional Socialista, y los puños y rosas se acompañan de melodías más suaves y colores más entonados. Es un PSOE rejuvenecido, aunque entre los delegados, muchas caras del pasado. Y, por supuesto, todos encantados de haberse conocido.

Porque el ambiente triunfal, eufórico, era patente. No había, en esta jornada inaugural del viernes, ni ganas de analizar nada, ni de entrar en ponencias o disquisiciones de futuro: el presente es dulce, y no pocos asistentes felicitaban a otros compañeros por algún reciente nombramiento. Los delegados son un millar, los despachos importantes que han cambiado de dueño, más de dos mil. Así que la cosa, como decían tantos asistentes a la jornada inaugural de este cónclave, va bien.