La nave Curiosity hace semanas que aterrizó en Marte después de un viaje de 567 millones de kilómetros. Somos capaces de llegar a otros planetas del sistema solar, con un imponente desarrollo tecnológico y, sin embargo, sabemos sorprendentemente muy poco sobre lo que sucede bajo nuestros pies. El interior de la Tierra sigue siendo un gran enigma y, curiosamente, la forma en la que se propagan las ondas de los terremotos a través de ella, nos ha proporcionado las claves para interpretar su estructura y composición interna. Un corto viaje de 6.370 kilómetros, la distancia desde la superficie de nuestro planeta hasta su centro, algo insignificante en los viajes espaciales.

En la década de los 70, científicos rusos decidieron perforar la corteza terrestre en la península de Kola (junto a la frontera con Finlandia), extrayendo los cilindros de roca para conocer de primera mano la composición de la capa más fina y superficial de la Tierra. Llegaron hasta una profundidad de 12.262 metros, como si un alfiler pinchara ligeramente la cáscara de una naranja.

Ante el elevado coste de estas técnicas directas de exploración, los investigadores han tenido que echar mano de otras técnicas indirectas, que les permiten "visualizar" el subsuelo con un bajo coste y elevada imaginación. Las técnicas geofísicas indirectas permiten dibujar la disposición del interior de la Tierra mediante la lectura de la velocidad a la que viajan determinadas ondas en su interior o mediante la obtención del contraste de diferentes parámetros físicos en los estratos, rocas o sedimentos que constituyen el subsuelo. Se trata de "radiografías" del terreno que un experto en la materia debe interpretar, como un cirujano antes de intervenir al paciente.

El mundo del petróleo se ha beneficiado enormemente del desarrollo de estos métodos, especialmente de los sísmicos, identificando los reservorios de crudo incluso a grandes profundidades bajo el lecho marino. La minería también viene utilizando las técnicas geofísicas desde hace décadas, con la finalidad de detectar yacimientos minerales rentables (lo que en ocasiones se asemeja a buscar una aguja en un pajar), aunque la información obtenida de los satélites artificiales que orbitan nuestro planeta empieza a desbancar estos métodos tradicionales.

No obstante, es en la ingeniería civil donde estos métodos indirectos han cobrado un gran protagonismo, con el desarrollo de ligeros equipos sísmicos, eléctricos, gravimétricos, magnéticos, radiométricos etc., que permiten conocer, con un bajo coste, la disposición de los materiales en el subsuelo y prever con cierta precisión los problemas que uno puede encontrarse.

En Mallorca, Binissalem cuenta con el récord de metros perforados por un sondeo. En 1995 se atravesaron 1.677 metros de rocas y sedimentos a la búsqueda de probables yacimientos de gas. No se encontró el gas, pero los geólogos pudieron tocar y estudiar centenares de metros de cilindros de roca extraídos de las profundidades de la isla, contribuyendo a la mejora del conocimiento geológico del primer kilómetro y medio de nuestra corteza. Pocos mallorquines sabrán que además se dispone de numerosos perfiles sísmicos, eléctricos, gravimétricos, etc. del terreno que pisamos. Esta información tiene una importancia vital, como por ejemplo para conocer las reservas de hídricas de nuestro subsuelo, que en la actualidad alberga el 80 por ciento de los recursos de agua de la isla.