Un solnegre eclipsa Mallorca pero no la colapsa
La isla vive una jornada histórica sin grandes incidencias que culmina con 90 segundos de oscuridad total
Residentes, turistas y aficionados llegados de todo el mundo se concentran en la costa para contemplar un eclipse total en uno de los acontecimientos más extraordinarios de la historia reciente

Miles de personas disfrutan del eclipse en Playa de Palma. / B.RAMON

Mallorca entera esperaba con ganas que se hiciera de noche. Desde primera hora de la mañana, miles de personas se desplazaron hacia playas, miradores y distintos puntos de la isla en busca del mejor lugar desde el que contemplar el eclipse total de Sol. Coincidieron aficionados a la astronomía de todo el mundo, turistas que cuadraron sus vacaciones con el fenómeno y residentes dispuestos a esperar durante horas para asegurarse un horizonte limpio. Todo por apenas 90 segundos de oscuridad. Como en el último Solnegre de Mallorca, el poniente de la isla se convirtió en un espacio mítico. Y precisamente hacia ese horizonte volvieron a mirar miles de personas cuando la Luna cubrió el disco solar y dejó suspendido sobre el horizonte el mismo círculo negro que un gigante andritxol había convertido en el título de su primera novela. La coincidencia tenía algo de justicia literaria: debía ser allí, frente al mar y las montañas, donde el Sol volviera a hacerse negro.
La jornada había comenzado mucho antes. A primera hora ya había movimiento en algunos de los lugares considerados privilegiados para observar el eclipse y durante la mañana empezaron a llenarse aparcamientos de la Serra. Cala Banyalbufar, cala Estellencs, cala Tuent y sa Calobra fueron alcanzando su capacidad y las autoridades tuvieron que adelantar algunas de las restricciones de tráfico que inicialmente estaban previstas para las 15.00 horas.
Era el comienzo de una operación que Mallorca llevaba meses preparando. El principal temor no estaba en el cielo, sino en tierra. La combinación de un eclipse total y una isla sometida a una elevada presión había llevado al Govern y a los ayuntamientos a diseñar un dispositivo extraordinario para evitar que miles de personas acabaran atrapadas.
La Serra concentraba buena parte de la preocupación, pero el eclipse tenía una dificultad añadida en Mallorca: la totalidad iba a producirse cuando el Sol estuviera ya muy bajo sobre el horizonte. No bastaba con encontrarse dentro de la franja desde la que podía observarse el fenómeno. Había que buscar un lugar con buena orientación hacia poniente y sin montañas, edificios u otros obstáculos delante. La costa de Mallorca se convirtió durante unas horas en el patio de butacas del eclipse.

Una pareja disfruta del eclipse en el Molinar. / Xisco Alario
A mediodía, el dispositivo empezó a hacerse visible. La Ma-10 quedó sometida a restricciones en diferentes puntos y se controlaron los accesos a algunos de los enclaves donde se esperaba una mayor concentración. También se cerraron o limitaron carreteras hacia playas, faros y miradores. Pero pese a las previsiones, no se produjo el temido colapso, salvo en lugares muy concretos como la Colònia de Sant Jordi. La circulación se mantuvo relativamente fluida en las principales vías y las incidencias fueron localizadas. La imagen no era la de una isla bloqueada, sino la de una Mallorca que se iba llenando poco a poco. Permanecieron cerrados espacios considerados sensibles. El objetivo era evitar que la llegada masiva de coches pudiera comprometer los accesos o dificultar la circulación de los servicios de emergencia.
Durante la tarde aumentó progresivamente la afluencia. Las playas fueron llenándose de grupos cargados con mochilas, neveras, sillas y, sobre todo, las gafas especiales que durante unas horas se convirtieron en el complemento obligatorio. En algunos puntos había telescopios instalados desde muchas horas antes. En otros, bastaba una toalla y un espacio desde el que mirar.
Había quien llevaba años esperando el momento y quien se había enterado apenas unos días antes. Familias con niños compartían espacio con aficionados que comprobaban continuamente cámaras y telescopios. Otros habían elegido restaurantes y terrazas con vistas al mar para contemplar el fenómeno sin renunciar a una mesa. Frenesí para encontrar un buen sitio para ver desaparecer el Sol.
Mientras tanto, el dispositivo de seguridad continuaba funcionando. Más de 2.000 efectivos participaban en el operativo desplegado en Baleares y varios municipios habían activado sus planes de emergencia. El Govern seguía la evolución desde el CECOPI. Emergencias reportó algunos problemas puntuales, entre ellos peatones caminando por zonas de circulación y diferentes intervenciones en el litoral. Pero a medida que se acercaban las ocho de la tarde, la atención dejó definitivamente las carreteras para dirigirse hacia el cielo.
Con las gafas especiales podía verse cómo la Luna empezaba a cubrir lentamente una esquina del disco solar. Muchos bañistas seguían dentro del agua, los aviones continuaban aproximándose y en las terrazas seguían sirviendo cenas y copas. Sólo había un movimiento que se repetía cada pocos minutos: ponerse las gafas, levantar la cabeza y comprobar cuánto había avanzado la Luna.
El Sol fue perdiendo progresivamente una parte de su superficie hasta convertirse en una media luna cada vez más estrecha. La temperatura comenzó a bajar ligeramente y la luz adquirió un tono extraño. No parecía exactamente un atardecer porque el Sol todavía permanecía sobre el horizonte, pero tampoco conservaba la intensidad habitual de una tarde de agosto. Fue entonces cuando incluso quienes no llevaban gafas empezaron a percibir el eclipse.
A partir de las ocho, el ambiente cambió con rapidez. Prácticamente todo el mundo comenzó a mirar en la misma dirección. El último fragmento de Sol desaparecía detrás de la Luna y el cambio fue inmediato. La oscuridad cayó sobre la isla en cuestión de segundos, aunque en el horizonte todavía permanecía la claridad del atardecer. Sobre el lugar que hasta un instante antes ocupaba el Sol apareció un círculo negro rodeado por la corona solar.
Hubo gritos y aplausos. Miles de personas levantaron los teléfonos para fotografiar el disco negro mientras otras simplemente lo observaban obnubilados. El mar perdió de golpe la luz de la tarde y durante unos instantes Mallorca tuvo el aspecto de una noche que había llegado demasiado pronto.
Los meses de reuniones, planes de emergencia, advertencias, restricciones y preparativos quedaron reducidos finalmente a aquel minuto y medio. Para muchos de quienes habían esperado durante horas, el eclipse resultó incluso más breve de lo que imaginaban. Apenas había tiempo de acostumbrarse a la oscuridad cuando apareció de nuevo el primer punto de luz. El regreso del Sol fue casi tan rápido como su desaparición.
Una pequeña línea luminosa apareció en uno de los extremos de la Luna y obligó a colocarse otra vez las gafas. La claridad regresó rápidamente al paisaje y las conversaciones volvieron de golpe. Algunos espectadores se abrazaron. Otros revisaron inmediatamente las fotografías que acababan de tomar. Los niños preguntaban si ya había terminado.
La llegada a los puntos de observación se había producido de manera escalonada durante toda la jornada, pero miles de personas comenzaron a marcharse prácticamente al mismo tiempo después de la totalidad. Se desmontaron los telescopios y los caminos hacia los aparcamientos empezaron a llenarse. En la Serra y en diferentes puntos del litoral, los servicios de emergencia y los agentes desplegados tuvieron que gestionar la salida con cautela.
Hasta entonces, Mallorca había pasado la jornada sin el colapso que durante semanas se había anunciado. Hubo carreteras cerradas, aparcamientos llenos, controles y mucha gente buscando un lugar desde el que tener el poniente limpio. Después vendrán las cifras, las incidencias y la discusión, inevitable, sobre si tantas precauciones eran necesarias. Pero probablemente no será esto lo que se recuerde de ayer. Se recordará la gente quieta frente al mar, con aquellas pequeñas gafas negras, un poco absurdas, mirando cómo el Sol se iba haciendo cada vez más pequeño. Se recordará sobre todo la luz: aquella luz de Mallorca, tan conocida y tan difícil de explicar, retirándose de golpe de las paredes, de las montañas y del agua. Durante 90 segundos el mar perdió el brillo, la isla quedó oscura y sobre el horizonte permaneció aquel círculo negro, limpio y perfecto. Luego volvió la claridad y todo continuó como antes. Meses esperando para descubrir que bastaban 90 segundos para reconocer, en ese paisaje mítico, un nuevo Solnegre.
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