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Semejante belleza nos hizo gritar

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Pilar Garcés

Pilar Garcés

Jolín qué estrés. Suerte que ya ha pasado, y que ha salido redondo como la luna llena. Toda esa incertidumbre y las probaturas de ubicación y gafas, no subía tanto al terrado de tender la ropa desde los días de la pandemia. Y con este calor. Las aplicaciones habían confirmado que íbamos a tener visibilidad máxima, pero una semana entera de atardeceres con nubes antes del 12A hacía presagiar lo peor. Por no hablar de la muerte de sopetón de Bonnie Tyler, que cualquiera interpretaría como un augurio funesto sobre el magno evento astronómico que ella cantó con su voz rota.

Hubo eclipse, un acontecimiento tan democrático como la final del Mundial de fútbol, que unos disfrutaron en el estadio donde se jugaba con entradas de entre 6.000 y 34.000 euros, y otros vimos en la tele con idéntica emoción. No cualquiera pudo levantar la vista y mirar al sol desaparecer tras la luna y reaparecer en un lugar perfecto para el avistamiento, solo quienes no trabajan fueron capaces de sortear las restricciones de movilidad impuestas para desafiar al caos. Los más nos conformamos con apostar en la ruleta de la vida a que finalmente se vería desde miradores más humildes. Pero el subidón fue el mismo, con o sin langosta. Por no hablar de la posibilidad de daño ocular.

¿Mereció la pena ? Mil veces sí. Igual que quien hizo cola con paciencia en el ordenador para conseguir una entrada para ver a Rosalía o a Bud Bunny, el eclipse nos proporcionó ese pellizco de felicidad de hallarnos ante algo singular, personal e intransferible. Fue maravilloso, perfecto, un fogonazo de belleza que nos hizo gritar de alegría. Ni todo lo que habíamos leído, ni todo lo que nos habían advertido los expertos le hace justicia al instante de magia que vivimos este miércoles de agosto, esa inesperada noche repentina y extraordinaria.

Una mención especial para la luna, que nos robó un par de minutos de la sofocación que sufrimos desde junio. No sé si de repente se callaron los pájaros, o si percibimos la corona solar en plenitud, cada cual vivió su propio flechazo astral. Pero cuando llegó el fundido a negro nos pareció que hacía hasta un poco de fresco. Por fin. Eclipse y milagro.

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