Fenómeno Astronómico
Los mallorquines se refugian en el único espacio natural costero de Palma: pipas, kayaks y catalán para seguir el eclipse
Cientos de residentes encuentran en es Carnatge un lugar privilegiado y sin restricciones para disfrutar de los 90 segundos de oscuridad frente a una Playa de Palma descafeinada

César Mateu

El eclipse de miles de residentes se vivió a apenas dos kilómetros de Playa de Palma, entre Cala Estància y es Carnatge, en el único espacio natural costero de la ciudad. Mucha gente se agolpó junto a los muros situados varios metros sobre el mar y, durante más de un kilómetro, los curiosos se apiñaron buscando cualquier rincón con el horizonte despejado.
Disfrutar sin masificaciones
En Cala Estància había más concentración de gente que en la principal Zona de Observación Oficial porque las restricciones habían echado para atrás a miles de personas, pero aquí apenas había obstáculos para llegar. Unas deportivas y una bicicleta. Y, en es Carnatge, la gente disfrutó sin masificaciones.
Sin lenguas extranjeras
El catalán y, a veces, el castellano dominaban las conversaciones de un día en el que parecía que turistas y ricos iban a quedarse con los lugares privilegiados. Pues no. Una especie de resistencia disfrutó durante casi una hora del sonido del mar, el ruido de los aviones que aterrizaban y despegaban del aeropuerto y el paso de algunos deportistas camino de Palma y Playa de Palma.
Y había gente por todas partes. Sobre la tierra, junto a los pequeños precipicios y en cualquier rincón desde el que pudiera contemplarse el horizonte. La ilusión ante la llegada del gran momento convirtió en especial un lugar maravilloso, alejado de las masificaciones económicas y de los puntos colocados en cualquier mapa de recomendaciones. Todo ello en la única reserva natural costera de Palma.
Kayaks en el agua
También en el agua. Había algún velero y alguna barca, pero fueron muchos los que eligieron un kayak para vivir este momento único e incluso hubo quien decidió esperar nadando en el mar. Una imagen que parecía casi imposible hace apenas unos días después de semanas hablando de restricciones, colapsos y una presión humana difícil de imaginar.
El lujo brilló
El lujo brilló en todo su esplendor. Pipas, patatillas y algunos frutos secos. Nada de champán ni de cualquier bebida o alimento sobrevalorado. Este sí era el menú de las grandes ocasiones que había sobrevivido a los excesos que rodearon durante semanas al eclipse.
Y todo pudo hacerse aquí sin ningún tipo de restricción. El turismo, recordado cada dos minutos por el ruido de los aviones, no dejó de funcionar, pero la masificación de una isla sustentada por la llegada diaria de miles de personas todavía conserva refugios. Y eso que es Palma, a apenas dos kilómetros de una de las zonas turísticas por excelencia.
Mirar al cielo
Nadie quiso perder de vista el cielo. A medida que se acercaba la hora culminante, cada vez eran menos quienes dosificaban su exposición al Sol. Las gafas permanecían puestas durante más tiempo y las conversaciones empezaban a interrumpirse para mirar hacia arriba. Después de tantas semanas hablando del eclipse, ya no quedaba prácticamente nada que esperar.
Las perlas de Baily y el anillo de diamante se hicieron esperar, pero cuando llegó la totalidad los aplausos de los más impacientes dieron la señal para quitarse las gafas. Y, sin nada más que el vuelo de unas cuantas aves, se hizo de noche. Poco a poco, la gente comenzó la cuenta atrás y los 90 segundos se hicieron cortos. Únicos. Una vivencia especial y digna de quedar en el recuerdo en uno de los pocos refugios mallorquines sin urbanizar.
Y después de tanta espera tocó volver a casa. Mochilas al hombro, perritos, bañadores y bicicletas llenaron los caminos mientras es Carnatge recuperaba poco a poco su normalidad. Los 90 segundos nunca se olvidarán.
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