Llegan los primeros marchantes Des Güell a Lluc a Peu al Santuario: "Siempre juras que será la última vez, pero al año siguiente vuelves a caminar estos 48 kilómetros"
Miles de personas participan en la 52.ª edición del revienta piernas mallorquín más famoso

Los participantes de la 52.ª edición del Güell a Lluc a Peu empiezan a visualizar la luz al final del túnel. Centenares de marchantes llegan al Santuari de Lluc tras haber pasado toda la noche caminando sin descanso. Perseverancia, tesón y mucha determinación caracterizan a esta multitud de marchantes que se enfrentan a los más de 48 kilómetros que separan la Plaça Güell de Palma del Santuari de Lluc. Un recorrido que Tolo Güell, junto a unos 30 amigos, completó el 1974 para darle las gracias a la Mare de Déu por salvarle la vida a su hija. Los primeros en llegar han podido ver el sol salir desde el monasterio, mientras que los más rezagados siguen cruzando las montañas.
"Si desde el principio te empiezas a preguntar por qué estás caminando, lo dejas", comenta un marchaire veterano a su compañera cuando apenas quedan unos metros para llegar a Lluc. ¿Por qué miles de personas repiten cada año un sufrimiento similar? Digamos que entre los 48 kilómetros que dura el trayecto hasta Lluc pasan demasiadas cosas como para querer perdérselas personalmente.
"Siempre juras que será la última vez, pero al año siguiente vuelves a caminar estos 48 kilómetros", resume Jaume Prohens. El joven ya es un veterano del Des Güell a Lluc a Peu y ha completado la marcha en varias ocasiones. "Basta con que un amigo te proponga hacerla para que te vuelvas a motivar", asegura.
La primera vez siempre duele y muchos de los más inexpertos abandonan antes de llegar a su destino. No obstante, este rompepiernas es probablemente el lugar más inclusivo de Mallorca. Personas de todas las edades, cuerpos y nacionalidades participan en la marcha. Al final, no es tanto una cuestión física como mental: tira a tira, más tarde o más temprano, todos pueden llegar.
El libro del buen marchaire está lleno de trucos, y uno de ellos consiste en echar a correr en determinados momentos. Los más valientes, o los más inconscientes, incluso esprintan en los últimos metros.
A las puertas del santuario, un grupo de adolescentes entra con una canción a todo volumen: «Alcohol, alcohol, hemos venido a emborracharnos». La escena desbloquea un viejo recuerdo. Hace una década, un chaval llamado Guille completó el recorrido bebiendo durante todo el trayecto sorbos de absenta. Eran otros tiempos.
Como cada año, la subida a Lluc reúne una gran variedad de personajes, imposibles de enumerar todos: un hombre tocando la xeremía, un joven que recorre los 48 kilómetros en skate y otro que aprovecha el camino para aprender inglés con un altavoz.
«Kikirikí», canta un grupo de chavalines cuando sale el sol. La oscuridad da paso a una cálida luz que embellece y realza las montañas de la Serra y levanta el ánimo a los que todavía tienen fuerzas para mirar el paisaje. Este año la lluvia volvió a pasar de largo y, unas horas después, el cielo completamente despejado torturó a los más rezagados.
En el santuario todos acaban haciendo lo mismo: quitarse los zapatos. Algunos se tumban a dormir; otros buscan desesperadamente azúcar y café. A diferencia del resto del trayecto, allí ya nada es gratuito. Es el momento de remojarse los pies y emprender el regreso a casa, avanzando en una especie de marabunta zombi.
"¿Cuándo te tenemos que pagar para que nuestra foto sea la portada de la noticia?", bromean Maties Arrom y Xavier Ataun con este diario. Las agujetas, el dolor punzante en los pies, el andar de pingüino y las caras de dolor ya han sido un alto precio a pagar. Deseo concedido.
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