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Análisis

Felipe VI y Sánchez, pecados de familia

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Matías Vallés

Matías Vallés

Todas las encuestas responsables certifican que Pedro Sánchez redondeó ayer su última audiencia veraniega con Felipe VI, a falta de decidir si Núñez Feijóo y Santiago Abascal se presentarán juntos en el palacio de la Almudaina, para ejecutar el ritual instaurado por Juan Carlos I. El único disidente de este cambio de guardia es el propio presidente del Gobierno. Se despidió de Mallorca con un optimista «nos vemos el próximo verano, o al menos lo voy a intentar». Como mínimo, la frase garantiza elecciones generales antes del estío.

Las vicisitudes compartidas por Felipe VI y Sánchez no se limitan a su condición de coetáneos. Participan asimismo de unos pecados de familia sin precedentes. Ningún jefe de Gobierno, casi ningún ser humano, simultanea una persecución criminal a su hermano, su esposa, su guía espiritual Zapatero, sus hombres de estrecha confianza o incluso su máximo nombramiento jurídico, el fiscal general al que nombró precisamente para no verse sitiado por la Justicia.

Nadie lo diría, ante la estampa de Sánchez compitiendo en bronceado con los colores tierra de la Almudaina. Estrenaba su segunda corbata en dos días, después del amago en junio de convertir el Congreso en una réplica del parlamento iraní descorbatado. Hasta cuando habla de los incendios más voraces de la historia, el presidente mantiene la compostura, la apostura, y sobre todo la postura optimista. Sánchez asegura que los incendios de Madrid fueron el tema primero y principal abordado con Felipe VI en Palma, pero las dos horas largas de retraso en la comparecencia permitieron que también el Rey efectuara un recuento de sus cuitas familiares. El pasado domingo sin ir más lejos, su padre se presenta en Marivent contraviniendo el destierro, y obligando a los Reyes a volar a Madrid. Y le tuvo que retirar a su hermana Cristina un título de Duquesa de Palma más coqueto que la dirección de un conservatorio en Badajoz. Aunque están obligados a defender a su clan en público, cabe imaginar que el uno y el dos se despacharán a gusto en privado con su núcleo familiar.

Mallorca estaba picada por la curiosidad de averiguar qué opinaba Sánchez de la manifestación del pasado domingo, y sobre todo de la actuación de los policías a quienes Netanyahu ficharía gustoso para contener a los palestinos. El presidente del Gobierno desvió astutamente el eje de la convocatoria del turismo que defendió sin fisuras hacia la vivienda, «un mercado que está claramente desbocado, por lo que el Gobierno empatiza con este tipo de causas». A continuación, se convirtió en el primer español en felicitar a Alfonso Rodríguez Badal por su fenomenal incompetencia del pasado domingo. Proclamó literalmente «la absoluta confianza del Gobierno de España en el delegado del Gobierno» en Balears. De hecho, defendió con más energía a su virrey que a las tropas de asalto, sin una sola nota de simpatía o de respaldo hacia la Policía, a la espera «de la investigación en curso». Aunque Sánchez nunca lo confirmará, también es posible que el Rey y su presidente debatieran la palabra ‘Reconciliación’, que a ambos afecta. En el caso del monarca, es el título sarcástico que Juan Carlos I endosó a un libro donde desacredita el reinado vigente, sin olvidar los desplantes a las Reinas pasada y presente. En cambio, el líder socialista debió jactarse de que «Reconciliación» también con mayúsculas es la calificación del Tribunal de Justicia de la Unión Europea a su ley de amnistía. Desde la atalaya, es más fácil ser Rey de España que presidente del Gobierno. A cambio, la carga del trono dura más tiempo, salvo contratiempos indeseables. A la muerte de Lady Di, que veraneó en Mallorca con Felipe VI, un jactancioso Tony Blair se presentó en el palacio de Buckingham para su audiencia con Isabel II. El laborista se solidarizó con la reina, por los ataques que su frialdad con la fallecida «princesa del pueblo» había reportado a los Royals. La soberana tuvo tiempo de devolverle la moneda condescendiente a su primer ministro, cuando abandonó Downing Street hundido en las encuestas. La sonrisa irónica de despedida correspondía ayer a Felipe VI, pero Sánchez insiste en que no ha dicho su última palabra.

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