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Boulevard

El Govern tortura al pasaje del bus Can Picafort-Palma

Los mallorquines padecen un trayecto infernal por autopista de pie con 23 paradas, mientras los dirigentes del PP se reservan tres coches oficiales per cápita

Un bus Can Picafort-Palma la semana pasada, con los pasajeros de pie en un trayecto por la autopista de Inca.

Un bus Can Picafort-Palma la semana pasada, con los pasajeros de pie en un trayecto por la autopista de Inca. / DM

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Matías Vallés

Matías Vallés

El canal IBTrump contra IBTrenc, lo mínimo que se le podía exigir al PP es que renovara sus manipuladores, tienen las manos más desgastadas que sucias. En la imagen que hoy nos ilustra, se documenta otra técnica de tortura del Govern a los mallorquines, hacinados y de pie en plena autopista dentro de los autobuses de la línea Can Picafort-Palma de la TIB. Las fotos están captadas la semana pasada a las cuatro de la tarde, ni siquiera en hora punta. El bus anterior de la línea 302 no se detuvo en el Port d’Alcúdia, atestado desde el origen.

No sabíamos que estaba permitido viajar de pie por la autopista, pero los mallorquines padecen por culpa del Govern un trayecto infernal, con 23 paradas hasta desembocar en la intermodal palmesana. Se detienen en Alcúdia, sa Pobla, o Inca. Mientras tanto, los dirigentes del PP y los funcionarios mejor pagados de Mallorca no advierten anomalía alguna en reservar tres coches oficiales a Pedro Bestard, el político que no nota lógicamente el olor de la basura ibicenca. En fin, puede asegurarse sin mayores indagaciones que entre el pasaje del autobús o lata de sardinas no se amontonaba ningún cargo electo.

Cuentan quienes saben que el colapso de Can Picafort-Palma se remonta a tres años atrás, quede para la historia el grito de uno de los pacíficos pasajeros mallorquines, «a ver cuándo nos rebelamos de una puñetera vez». Que se apañen los extranjeros, poco me parece, pero ya está bien de maltratar a los indígenas. Por ponerlo en un lenguaje que puede entender hasta un conseller, al Govern le conviene espabilar y ofrecer servicios decentes a los nativos.

Es mejor concentrarse en las empresas que funcionan, desde luego privadas. En el cuarenta aniversario de Puerto Portals, es inteligente recordar la filosofía de su creación. El billonario Klaus Graf convocó a Miguel Arias, quizás el hombre de mayor confianza de Juan Carlos I, y le planteó:

-Yo sé lo que no quiero, pero no sé lo que quiero.

Ojalá existiera un solo emprendedor mallorquín con esta filosofía. El resultado fue Flanigan, para compensar el elitismo poco rentable de Tristán. La clave no consistió únicamente en «crear un punto de convergencia de las personas que veraneaban en distintos puntos de la isla», sino en la filosofía de «pantalanes abiertos a todos los mallorquines». Conviene recordarlo cuando PP/PSOE mantienen cerrados los viales públicos del Paseo Marítimo y del Dique del Oeste.

Puerto Portals se inspiró en las marinas estadounidenses. Pensando en la sucesión, el hermético Klaus Graf tuvo a su hija Corinna Graf haciendo prácticas en el Robinson Club de Cala Serena. La heredera se alojó como una empleada más en las viviendas para los trabajadores. Cuando sus padres iban a visitarla con un coche deslumbrante, les obligaba a aparcar lejos del hotel, para no desvelar sus orígenes a los compañeros. (Ya nos ha acaramelado, ¿no tiene algo crítico que contar de esta familia?). Vale, el multimillonario compró el llogaret entero de Biniagual y cerró el paso con cadenas, originando el lógico conflicto vecinal.

En mi tradicional paseo por Palma para congraciarme con las clases medias o incluso trabajadoras, el pasado lunes me encuentro con Alberto González Amador, novio confeso de Isabel Díaz Ayuso aunque siempre he pensado que su relación fundamental discurre por otros derroteros. El magnate se encontraba a las puertas de la Quirón de Palma, aunque no era día de cobro. Por el lugar de este encuentro histórico, no me pasó desapercibido que Miguel Ángel Rodríguez tenía anotado en su agenda al presunto delincuente como «Alberto Quirón». Las coincidencias son la madre de la ciencia.

Ha muerto Ignacio Gordillo, que en mi memoria siempre será el fiscal de la Audiencia Nacional que me informaba puntualmente de la evolución de la investigación del ‘caso Brokerval’, matriz del cohecho prescrito del Túnel de Sóller. El acusador público en casos trascendentales cumplía su misión divulgativa sin excepción, su coraje se mide en que iba al trabajo tumbado en el coche. Qué tiempos, en que el periodismo no había sido emponzoñado por la plaga de los jefes de prensa y comunicación, vulgo gorilas.

El superior de Gordillo también era consciente de la dimensión pública de su cargo. Eduardo Fungairiño era fiscal jefe de la Audiencia Nacional además de tío de Ana Torroja cuando solicitaba la extradición de Christopher Skase, el magnate australiano refugiado en Mallorca bajo protección de Juan Carlos I. En cierta ocasión llamé a la Audiencia Nacional, y la secretaria del máximo cargo de la fiscalía me dijo que estaba reunido. Fungaririño me devolvió la llamada al cabo de un rato:

-Hola, perdone que no le haya podido atender antes. El fiscal general del Estado no estaba echando una bronca para prohibirnos hablar con los periodistas. ¿Qué quiere, Vallés?

Reflexión dominical esférica: «Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, el Mundial es la prolongación de la paz por otros medios».

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