Educación
¿Quién habla de sexo en casa?
Un estudio de la UIB revela que la comunicación materna se asocia con una mayor confianza sexual, pero también evidencia que la educación afectivosexual sigue recayendo principalmente sobre las mujeres

El equipo del estudio (de izquierda a derecha): Victoria Quesada, Cristina Rodríguez, Maria Antonia Gomila y Rosario Pozo. / Blanca Gelabert

¿Con quién hablan los jóvenes en el ámbito familiar cuando tienen dudas sobre sexualidad? ¿Quién responde a sus preguntas sobre relaciones, deseo, consentimiento o anticoncepción? No hay truco ni sorpresa: con sus madres.
Un estudio realizado por investigadoras de la Universitat de les Illes Balears (UIB) entre 457 estudiantes universitarios concluye que la comunicación sobre sexualidad es mucho más frecuente y abierta con las madres que con los padres. Además, quienes mantienen estas conversaciones con sus madres tienden a mostrar una mayor autoeficacia sexual, creencias más saludables sobre la sexualidad y una menor adhesión a mitos sexuales.
Sin embargo, los resultados también revelan una realidad menos visible: la educación afectivosexual continúa descansando en gran medida sobre las mujeres, que siguen siendo las principales responsables de acompañar emocionalmente a sus hijos e hijas en cuestiones íntimas y personales.
«Las madres continúan siendo la referencia principal en casa para hablar de sexualidad», resume Victoria Quesada, investigadora de la UIB y coautora del trabajo.
Mucho más que información
La investigación forma parte de una línea de trabajo que analiza las conductas sexuales, las creencias y los factores de protección entre estudiantes universitarios de primer curso. El objetivo inicial no era estudiar específicamente a las madres, sino comprender cómo influyen distintos factores familiares y personales en la manera en que los jóvenes viven su sexualidad. Fue precisamente al analizar los datos cuando apareció un patrón claro: la comunicación materna destacaba por encima de la paterna. Pero hablar de sexualidad no significa únicamente transmitir información sobre métodos anticonceptivos o infecciones de transmisión sexual. Las investigadoras insisten en que importa tanto el contenido como la forma en que se desarrollan estas conversaciones.
«No basta con hablar de sexualidad; importa cómo se habla», señala Quesada. Los mensajes basados en el miedo, la vergüenza o el control pueden resultar contraproducentes. En cambio, los diálogos abiertos, respetuosos y basados en la confianza parecen favorecer una relación más saludable con la sexualidad.
La autoeficacia sexual
Uno de los conceptos centrales del estudio es la autoeficacia sexual, un término poco conocido fuera del ámbito académico. Se refiere a la confianza que una persona tiene en su capacidad para gestionar situaciones relacionadas con la sexualidad. Incluye aspectos como expresar deseos, establecer límites, negociar el uso de métodos de protección, comunicar incomodidades, rechazar prácticas no deseadas o tomar decisiones coherentes con los propios valores y necesidades.
En otras palabras, no mide cuánto sabe una persona sobre sexualidad, sino hasta qué punto se siente capaz de actuar de forma autónoma y segura cuando se encuentra en una situación real.
Los estudiantes que informaban de una comunicación más abierta con sus madres obtenían puntuaciones más elevadas en esta dimensión. También mostraban creencias más informadas sobre sexualidad y menos adhesión a ideas erróneas relacionadas con los roles de género, la masturbación, la anticoncepción o las infecciones de transmisión sexual.
La ausencia sostenida
Uno de los resultados más llamativos es que la comunicación con el padre no mostró asociaciones significativas con ninguna de las variables analizadas. Eso no significa necesariamente que los padres sean irrelevantes o que no influyan en la educación sexual de sus hijos. Lo que indica es que, en esta muestra concreta, no apareció el mismo efecto protector que sí se observó en la comunicación materna.
Las propias investigadoras son prudentes a la hora de interpretar este resultado. El estudio no midió directamente cuestiones como la confianza emocional, la evitación de ciertos temas o las dinámicas específicas de cada familia. Por tanto, no puede determinar por qué los padres participan menos o por qué su influencia no aparece reflejada de la misma manera.
Aun así, el trabajo encaja con numerosas investigaciones previas que muestran que las conversaciones íntimas sobre sexualidad suelen ser iniciadas por las madres y que los padres acostumbran a ocupar un papel más secundario o distante.
Una cuestión de género
Más allá de los resultados sobre sexualidad, el estudio plantea una reflexión social de fondo. Las autoras interpretan que la centralidad de las madres en la educación afectivosexual refleja una distribución desigual de los cuidados y del trabajo emocional dentro de las familias.
Las mujeres no solo siguen asumiendo gran parte de las tareas domésticas y de cuidado cotidiano. También son quienes con mayor frecuencia escuchan, orientan, explican, acompañan y contienen emocionalmente a hijos e hijas en cuestiones complejas relacionadas con la sexualidad.
Se trata de una labor que exige tiempo, disponibilidad emocional, información y capacidad de escucha, pero que rara vez se reconoce como una responsabilidad específica o como una forma de trabajo.
«El estudio tiene una doble cara», explica Quesada: «Por un lado, muestra que la comunicación materna puede ser muy protectora. Pero, por otro, evidencia que seguimos depositando sobre las madres una función educativa central que pocas veces se reparte de forma corresponsable».
Ellas parecen beneficiarse más
Los efectos positivos de la comunicación materna aparecieron tanto en mujeres como en hombres, pero con una intensidad diferente.
El modelo estadístico utilizado por las investigadoras mostró una cadena de efectos más clara entre las estudiantes: una comunicación más abierta con la madre se relacionaba con una mayor autoeficacia sexual; esta, a su vez, con creencias más saludables; y finalmente con una menor adhesión a mitos sexuales.

Los datos del estudio reflejan que hay una brecha de comunicación / Fuente: Blanca Gelabert
Entre los hombres la misma ruta también estaba presente, aunque de manera más débil. Las autoras apuntan que estas diferencias podrían estar relacionadas con los distintos procesos de socialización de género. Mientras que las mujeres suelen recibir mensajes orientados al cuidado, la prudencia o la gestión emocional, los hombres son frecuentemente educados para mostrar autonomía y evitar determinadas expresiones de vulnerabilidad.
Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es que desmonta algunas ideas preconcebidas sobre la educación sexual. A diferencia de otras investigaciones, los resultados no encontraron una relación significativa entre la comunicación familiar y la edad de inicio de las relaciones sexuales ni con determinadas conductas sexuales de riesgo.
Esto sugiere que hablar más sobre sexualidad en casa no necesariamente retrasa el inicio de la actividad sexual ni controla directamente el comportamiento de los jóvenes. Su influencia parece situarse en otro terreno: el de las creencias, la confianza y la capacidad para tomar decisiones informadas.
Educación sexual compartida
Las investigadoras consideran que los resultados deberían servir para replantear el papel que desempeñan las familias en la educación afectivosexual. A su juicio, el reto no consiste únicamente en promover más conversaciones sobre sexualidad, sino en garantizar que esa responsabilidad sea compartida.
«Si queremos que la educación sexual sea realmente integral y justa, no basta con pedir a las familias que hablen más y de manera más abierta. También debemos asegurarnos de que esta responsabilidad se comparta, se acompañe y se reconozca socialmente», afirma Quesada.
La pregunta que deja abierta el estudio es sencilla, pero incómoda: si hablar de sexualidad con los hijos aporta beneficios claros, ¿por qué esa tarea sigue recayendo casi exclusivamente sobre las madres? La respuesta, sugieren las investigadoras, tiene menos que ver con la sexualidad y más con la manera en que seguimos organizando los cuidados dentro de nuestras familias.
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