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Yayo Herrero, Ingeniera y antropóloga: «Cuando fallan instituciones y mercado emerge la comunidad»

Una de las investigadoras más influyentes del ámbito ecofeminista participó en la presentación en Mallorca de la publicación independiente ‘Diari Barrial’, que se celebró en la librería Drac Màgic de Palma

Yayo Álvarez, en una imagen tomada en el Passeig Mallorca de Palma.

Yayo Álvarez, en una imagen tomada en el Passeig Mallorca de Palma. / Guillem Bosch

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Pere Estelrich i Massutí

Pere Estelrich i Massutí

Palma

El subtítulo de la publicación habla de «antídotos contra el colapso». Si hay antídotos, ¿el colapso sería la enfermedad?

Más que una enfermedad, el colapso es la expresión de una forma de organizar la vida en común que ha terminado declarando la guerra a la propia vida. Hemos construido modelos económicos, políticos y culturales que no solo generan tensiones con aquello que sostiene nuestra existencia, sino que son directamente incompatibles con ella.

Por ejemplo…

Hoy nos encontramos ante la superación de numerosos límites físicos del planeta: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de recursos energéticos y minerales o la alteración de ciclos fundamentales como los del carbono y el nitrógeno. Pero, al mismo tiempo, asistimos a un aumento de la precariedad, las migraciones forzosas, la expulsión de personas de sus territorios y un contexto de conflictos bélicos crecientes. Todo ello genera una sensación de malestar que algunos intentan canalizar mediante discursos de odio. A eso podemos llamarlo colapso o riesgo de colapso. Sin embargo, frente a ello existe una enorme red de relaciones de apoyo mutuo, de vecindad y de comunidad que cada día trabaja para sostener la vida. Esos son, precisamente, los antídotos.

¿Por qué el barrio ocupa un lugar tan importante en esa búsqueda de alternativas?

Porque el barrio, igual que el pueblo en el ámbito rural, es una escala donde todavía podemos reconocernos y cuidarnos mutuamente. Cuando hablo de territorio no me refiero solo al suelo que pisamos, sino a la compleja red de relaciones que se establece entre las personas y el resto de seres vivos. En los barrios podemos estar pendientes unos de otros, impulsar proyectos colectivos y encontrar soluciones imaginativas a problemas tan urgentes como la vivienda, la alimentación o los cuidados. Me gusta recordar un viejo lema de los movimientos vecinales: «del barro al barrio». Hablaba de cómo aquellos asentamientos precarios construidos en las periferias acababan convirtiéndose, gracias al esfuerzo colectivo, en espacios donde una vida digna era posible.

¿Cree que volveremos a una vida más comunitaria, en la que los vecinos se conozcan, se saluden y se ayuden?

Estoy convencida de ello. Muchas personas de mi generación recuerdan perfectamente ese tipo de relaciones. En mi caso, nací y crecí en Madrid, mi padre enfermó cuando yo era muy pequeña y recuerdo cómo las vecinas cuidaban de nosotros cuando mi madre tenía que ausentarse. También recuerdo bajar a jugar a la calle sabiendo que había cientos de ojos pendientes de lo que ocurría. A veces pensamos que todo eso ha desaparecido, pero en realidad permanece más oculto. Lo vimos durante la pandemia y también tras la Dana de Valencia. Cuando fallan el mercado y las instituciones, emerge la comunidad. De repente volvemos a saber cómo se llama quien vive al lado y descubrimos que seguimos teniendo una enorme capacidad para cuidarnos mutuamente.

¿Van las instituciones por detrás de las iniciativas vecinales?

En muchos casos sí. Tengo la sensación de que algunas instituciones viven de espaldas a los problemas reales de la gente. Lo vemos en cuestiones como la vivienda, la turistificación o incluso ante tragedias humanitarias que movilizan a millones de personas mientras buena parte de los responsables políticos miran hacia otro lado. Ahora bien, no debemos olvidar que los grandes avances sociales nunca nacieron espontáneamente desde las instituciones. Los derechos laborales, sociales o civiles fueron conquistados gracias a movimientos vecinales, sindicales y sociales organizados. Ninguno de los derechos que hoy consideramos fundamentales habría existido sin la cooperación, el apoyo mutuo y la movilización colectiva.

El término «colapso» suele generar rechazo.

En realidad utilizo poco la palabra colapso, aunque me parece legítima. Hablar de colapso es hablar del derrumbe de un determinado orden. Y cuando observamos el deterioro de los derechos humanos, las políticas migratorias, las guerras o el rearme, es evidente que algunos pilares del orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial están entrando en crisis. Personalmente me gustan expresiones como «declive» o «desmoronamiento». Además, conviene recordar que la humanidad ha atravesado numerosos colapsos parciales: guerras, pandemias, hambrunas o sequías extremas. Y siempre ha encontrado formas de reorganizarse. Recuerdo a una mujer mapuche que decía: «A nuestro pueblo el colapso le llegó hace quinientos años». Había perdido población, territorio y cultura, pero seguía resistiendo. Esa idea es importante: el colapso no es el final de todo. Es el derrumbe de un modelo y, al mismo tiempo, la oportunidad de construir otro diferente.

¿Hay esperanza?

Mire, hace dos años tuve el honor de conocer a Angela Davis y fue un momento muy especial. A la gran activista americana en favor de los derechos humanos le preguntamos cómo era posible que una mujer de más de ochenta años se mantuviera tan sólida en todos los sentidos después de haber luchado tanto contra el racismo, por las personas negras y viendo todavía unos síntomas tan grandes de racismo en su país, en todo el mundo, pero en concreto en su país. Ella nos contestó que la esperanza era para ella una disciplina. Y lo entendí, pues la esperanza no es algo edulcorado que alguien tenga que dar, no es en modo alguno trivializar los diagnósticos de la situación grave que atravesamos, la esperanza tiene que ver con mirar cara a cara la realidad, con no engañarnos, con no contribuir a esa infantilización que se hace de la sociedad prometiendo soluciones, que en el fondo todo el mundo sabe que son escasas o insuficientes para los problemas que atravesamos. No, la esperanza tiene que ver por tanto con mirar la realidad cara a cara, con tener un sueño, un sueño informado, no una falacia de sueño, no una fantasía irrealizable, sino un sueño consciente de que habitamos un planeta con límites físicos que ya están superados, habitado por miles de millones de personas que tienen derecho a comer todos los días, a tener vivienda, a tener educación, a recibir cuidados, y conscientes de que además la interdependencia entre seres humanos es un rasgo inherente a la vida. Y en ese marco, estoy dispuesta a creer que sí saldremos adelante, en años, quizás más de los que yo viva, pero creo que sí, que saldremos adelante y que veremos muchas cosas que mejoraran y, que juntos, dándonos la mano, superaremos esas crisis. De hecho, estoy trabajando en este sentido.

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