El guardián de 114 hijos: la Fundación Tutelar de Esment celebra 40 años de amparo vitalicio
La entidad conmemora cuatro décadas respondiendo a la gran inquietud de los padres y garantizando el apoyo legal, económico y emocional a más de un centenar de personas con discapacidad intelectual que carecen de red familiar

Monllaó, Campomar, Galmés, Rigo y Fuster, en la terraza de Es Pes de sa Palla. / B. Ramon

El impacto de recibir un diagnóstico de discapacidad intelectual altera el presente familiar, pero sobre todo proyecta una sombra de incertidumbre sobre el futuro. Durante décadas, la angustia de los padres se ha resumido en una pregunta desgarradora: ¿qué será de mi hijo cuando yo falte? En Mallorca, hace exactamente cuatro décadas, una entidad decidió dar un paso al frente para responder a esa pregunta y transformarla en una promesa de tranquilidad absoluta y acompañamiento vitalicio.
La Fundación Tutelar de Esment conmemora este año su cuadragésimo aniversario, un hito que consolida su trayectoria dedicada a la protección jurídica, social y emocional de las personas con discapacidad intelectual o alteraciones del desarrollo que carecen de red familiar. Aunque la entidad matriz acumula más de sesenta años de recorrido en el ámbito social de Baleares, la creación de su fundación tutelar en diciembre de 1986 marcó un antes y un después, convirtiéndose, en aquel entonces, en la primera de su naturaleza en el archipiélago y la segunda en todo el territorio nacional.
Para comprender la magnitud de esta transformación es necesario retroceder a la España de principios de los ochenta. Montserrat Fuster Cabrer, presidenta de Esment y figura crucial en la gestación de la fundación, recuerda a este diario en Es Pes de sa Palla -restaurante y proyecto de inclusión sociolaboral de la entidad, situado en el centro de Palma- que «hasta la reforma del Código Civil de 1983 la legislación solo permitía que las funciones de tutela recayeran sobre personas físicas». Ante la falta de familiares que pudieran ejercerla, el destino de estas personas era el desamparo o el internamiento. Fuster explica que «antes, ante la inexistencia de familiares, muchos de ellos eran ingresados en el psiquiátrico».
Cuenta que la reforma legislativa abrió la puerta a que las entidades sin ánimo de lucro asumieran estas funciones. Esment (antiguamente Amadip Esment) «reaccionó de inmediato» -apunta Fuster- creando la Fundación Tutelar para rescatar a quienes habían quedado atrapados en el sistema asilar. «Llevamos 68 personas que estaban ingresadas en el psiquiátrico a nuestros servicios y fue magnífico el cambio», recuerda con una sonrisa en la cara. El propósito era «devolverles la condición de ciudadanos» mediante un proceso de normalización comunitaria, aportando apoyos para ayudarles a tejer redes afectivas y contar con profesionales cualificados.
En la actualidad, la organización asume la protección de un volumen considerable de ciudadanos, adaptándose de manera constante a las sucesivas reformas del marco jurídico. Bajo las nuevas normativas, el equipo gestiona un total de 114 curatelas activas, con la previsión inminente de incorporar seis casos más para situarse en las 120 personas atendidas. Lo sorprendente de esta estructura es que la inmensa responsabilidad de coordinar este volumen de vidas recae sobre un equipo técnico de apenas cinco profesionales, dividido en las áreas personal-social, patrimonial-económica y jurídica.
Gestiona 114 curatelas activas, con la previsión inminente de incorporar seis casos más
Pere Monllaó, responsable del área de personal y social, define su labor cotidiana despojándola de tecnicismos burocráticos y equiparándola a la experiencia humana más elemental: «Al final nuestro papel, es el de padre». Esta analogía no es una declaración de intenciones, sino una realidad operativa que difumina los horarios laborales convencionales. Monllaó describe la naturaleza imprevisible de su trabajo condicionado por las urgencias de sus tutelados: «El horario de un padre es de 24 horas, 365 días; si tu hijo se pone malo a las 3 de la mañana, le atiendes a esa hora. Pues aquí igual», explica.
Nuevos perfiles y retos digitales
Según cuenta, el transcurso de estas cuatro décadas ha transformado profundamente la tipología de las personas atendidas. En los inicios de la entidad, los usuarios presentaban un perfil homogéneo de discapacidad intelectual pura, pero los cambios sociales han complejizado las intervenciones. El equipo técnico se enfrenta hoy a una realidad multifactorial donde la discapacidad a menudo coexiste con otras problemáticas. «Ahora también tenemos a personas con conductas adictivas, gente con patologías crónicas, trastornos de conducta, deterioro cognitivo y problemas de salud mental», explica Monllaó.
A este panorama se suman los retos derivados de la irrupción de las redes sociales en la vida de las personas vulnerables. La gestión del dinero y la seguridad digital se han convertido en un auténtico campo de batalla para los profesionales, quienes deben hacer equilibrios entre respetar la autonomía de la persona y protegerla de abusos externos. El profesional relata con preocupación cómo la ingenuidad afectiva de algunos usuarios los convierte en dianas perfectas para el fraude cibernético, la contratación de deudas telefónicas descontroladas o las elaboradas estafas emocionales perpetradas desde el extranjero.
Más allá de la indispensable gestión técnica, la Fundación Tutelar sostiene una estructura de voluntariado que constituye el pulmón emocional del proyecto. La organización cuenta con dieciocho «ángeles» -así los describe Fuster- cuya función prioritaria es ofrecer estabilidad afectiva de carácter altruista. La presidenta de Esment destaca que, si bien los servicios residenciales están cubiertos por profesionales excelentes, la dimensión emocional requiere de personas que establezcan un lazo de referencia pura, describiéndolo como «un voluntariado de aire afectivo» donde la premisa es la reciprocidad del cariño.
El valor de los lazos afectivos
María Rosa Rigo y Bartolomé Galmés forman un matrimonio que decidió canalizar su tiempo de jubilación hacia este compromiso social hace dos años. Con una humildad que minimiza su dedicación, explican que su labor consiste en acudir una mañana o una tarde a la semana para encontrarse con Fernando, el usuario asignado, con quien comparten charlas, paseos, meriendas o visitas a su casa. A pesar de la constancia que exige mantener este compromiso semanal, el matrimonio insiste en que la balanza del beneficio personal siempre se inclina a su favor.

María Rosa es, voluntaria de la Fundación Tutelar. / B. Ramon
«Lo que recibimos en comparación con lo que damos no se puede comparar; el día que vamos, es el día que estamos más contentos», asegura Rigo con absoluta convicción. Galmés subraya asimismo el aprendizaje continuo que extraen de cada jornada, no solo observando la evolución y la alegría de Fernando al verlos llegar, sino también contagiándose de la abnegación y el excelente ambiente humano que las cuidadoras profesionales despliegan diariamente en el centro de Inca al que suelen acudir a merendar.
«Lo que recibimos en comparación con lo que damos no se puede comparar; el día que vamos, es el día que estamos más contentos
La efectividad de la fundación se refleja de manera fidedigna en las historias de vida de sus propios usuarios. José Juan Campomar Vaquer, más conocido como ‘Jota’, es un hombre de sesenta años que personifica el éxito de este modelo de acompañamiento a largo plazo. Vinculado a Esment desde finales de los ochenta, su vida atravesó un período de grave inestabilidad financiera debido a una serie de préstamos y deudas hipotecarias. Su ingreso formal en el servicio de protección de la fundación en el año 2007 supuso un punto de inflexión radical.
Jota rememora el «apoyo constante» que recibió del equipo técnico de la entidad para resolver sus deudas y sanear sus cuentas. «Gracias a ellos me puedo permitir descansar y disfrutar», explica con orgullo, haciendo evidente su empoderamiento. Jota disfruta hoy de una vida social plena y autónoma y planifica su jubilación para el año 2030, resumiendo su estrecha relación con Monllaó con una frase que condensa la esencia del proyecto: «Él y yo somos amigos».

El tutelado de Esment ‘Jota’ señala a su amigo Monllaó, de quien habla con mucho afecto. / B. Ramon
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