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‘Mirada creuada’: la exposición de Casal Petit que une los tabúes de la cárcel y la explotación sexual

Diario de Mallorca entra en el Centro Penitenciario de Palma para asistir a la última sesión de la exposición fotográfica que Casal Petit ha realizado tras seis meses de investigación y que ha puesto a disposición de los internos, permitiendo cruzar dos realidades «invisibles» en un ejercicio de empatía que «ha roto prejuicios»

Una de las internas observa la exposición ‘Mirada creuada’, expuesta en el Centro Penitenciario de Palma durante mes y medio.

B. Ramon

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Nair Cuéllar

Nair Cuéllar

Palma

Son las diez de la mañana, se abre la barrera que da acceso al Centro Penitenciario de Palma. Romper la rutina carcelaria supone un cordón umbilical con el exterior para los internos, les conecta con la gente de fuera porque, de lo contrario, tal y como manifiesta con crudeza una de ellas, Ana [nombre ficticio -como todos los asignados a internos de aquí en adelante-], «esto es un cementerio de vivos».

Diario de Mallorca ha podido compartir con los reclusos esta semana la última sesión de Mirada creuada en la prisión palmesana, una muestra de fotografía social en contextos de prostitución por la que durante mes y medio han ido pasando los internos de la mano de Jaume Perelló, educador de Casal Petit, un centro de atención integral para mujeres en esa situación gestionado por las Hermanas Oblatas. En esta ocasión, el testigo lo recogen once jóvenes menores de 25 años del módulo 10. La exposición es el resultado de una minuciosa investigación cooperativa de seis meses llevada a cabo en las calles de Palma en las que actúa el centro.

Antes de iniciar el recorrido, Jaume reúne al grupo y les advierte de que el espacio está abierto a cualquier opinión, eso sí, «siempre desde el respeto». Antes de pasar, la fotografía de un portal con cartones desgastados en su entrada sirve de preámbulo. Al preguntar por su significado, los internos razonan que se sabe que ellas están ahí por los cartones, aunque no se las vea. En ese instante, Toni, el más activo del grupo, lanza una reflexión que marca el tono: «Detrás de cada mujer hay una historia». Jaume aprovecha para invitarles a evocar un referente femenino cercano, a lo que rápidamente contestan: «Mi madre», «mis hermanas». «Esto os ayudará a poner cara a la historia», les aconseja.

Hasta 17 horas en la calle

La exposición se despliega en una sala con paneles fotográficos, cada uno de ellos acompañado de textos explicativos e incluso códigos QR que enlazan a testimonios reales. Jaume desglosa la metodología: la investigación se realizó gracias al trabajo de doce personas divididas en dos grupos antagónicos que debían fotografiar la prostitución. Uno estaba formado por seis mujeres en situación en esa misma situación (dos de clubes, dos de calle y dos escorts de alto standing) y otro lo integraban seis personas ajenas a ese entorno, como abogados y profesores.

Las primeras imágenes muestran las arterias de Palma donde se ejerce la prostitución de calle y en las que actúa Casal Petit. Ante una imagen de la calle Justicia, que «demuestra el miedo» -manifiesta-de quien la capturó, los jóvenes reaccionan conmovidos y coinciden en que la escena transmite «tristeza».

A los quince minutos de iniciar el recorrido se incorporan cinco internos más, estos de mayor edad.

La muestra consta de 54 fotografías seleccionadas. El educador confirma que estas mujeres pueden pasar hasta 17 horas a la intemperie para obtener, apenas, unos 60 euros en temporada baja. Toni se detiene ante una fotografía de la Vía Sindicato donde una familia pasea con normalidad. Para el joven, esto demuestra cómo la sociedad naturaliza la situación e «invisibiliza» a las mujeres hasta «equipararlas con el mobiliario urbano», explica Jaume.

Las siguientes imágenes trasladan el foco hacia los clubes y prostíbulos. Los reclusos deducen que deben ser lugares regidos por «normas duras». Toni confiesa afectado que no comprende «cómo los hombres consumen estos servicios, porque el sexo para mí tiene que estar ligado a los sentimientos». El responsable de la exposición - financiada por el Área de Servicios Sociales, Educación, Participación Ciudadana, Juventud, Interculturalidad e Igualdad del Ayuntamiento de Palma y la Fundación “la Caixa” a través de CaixaBank- explica que los clientes entienden que pagar «les otorga el derecho de hacer lo que quieran, convirtiendo el acto en una imposición de poder». Ante la foto de un cliente a punto de entrar en un club, los chavales murmuran: «No creo que ninguna haga eso con ganas, y hacer algo sin consentimiento…», mostrando rechazo hacia la explotación.

Instantáneas de los clientes realizadas por las participantes del estudio.

Instantáneas de los clientes realizadas por las participantes del estudio. / B. Ramon

Clientes protegidos

La siguiente estación muestra una cama a medio deshacer, otra imagen, un establecimiento de cuatro estrellas en cuya entrada luce un cajero automático, evidenciando que el propio negocio «es favorable a la prostitución», sostiene el director del proyecto.

En ese instante interviene Ana. Comparte que es una mujer migrante que llegó sin papeles y optó por limpiar en un club, experiencia que le permitió conocer esa realidad. Propone que si todo el mundo entrara a un prostíbulo se ofrecería más apoyo social. Además, admite que los consumidores le dan más pena que las chicas «porque si hacen eso es porque tienen una vida mucho más miserable». La interna introduce una autocrítica al revelar que en la prisión ve cómo las mujeres normalizan conductas machistas al justificar a sus parejas, desencadenando un largo debate.

Las imágenes continúan desnudando el desamparo. El testimonio que ilustra una de las instantáneas a través de un código QR -y que procede de una de las participantes de la investigación- explica que la música a todo volumen de los locales se convierte en herramienta de desprotección.

Para ilustrar la asimetría económica, Jaume expone un caso real: una mujer pasó 36 horas seguidas con 27 hombres a cambio de 500 euros, tras quedarse el prostíbulo con el 60%.

Una mujer pasó 36 horas seguidas con 27 hombres a cambio de 500 euros, tras quedarse el prostíbulo con el 60%

En las imágenes se aprecian altares e incluso cuadernos con cuentas matemáticas que confirman que «ejercen por necesidad extrema», recuerda el responsable de la muestra.

Jaume desmonta el mito de la prostitución de lujo señalando la fotografía hecha por una escort desde un coche que va superrapido por una carretera. Al activar el audio, la voz desvela el terror: explica que estaba asustada porque el cliente iba drogado y muy deprisa y que muchas veces no saben adónde van, cuándo llegarán ni si llegarán.

El debate entre los internos se aviva al abordar a las proxenetas que son antiguas víctimas, preguntándose dónde queda la empatía cuando personas que han sufrido lo mismo perpetúan el dolor.

Las últimas secciones resultan sobrecogedoras para los reclusos. Versan sobre la protección, reflexiones personales y clientes. Al preguntarles Jaume por qué se drogan las mujeres, los jóvenes responden al unísono: «Para no sentir». Destaca la crudeza de fotografías como la de un pecho femenino con la marca de un mordisco.

Las instantáneas de los prostituidores provocan en los internos rostros de repugnancia. «Qué asco», comentan al ver a los clientes desnudos antes o después de mantener relaciones sexuales con las mujeres, en ropa interior, desnudos, jóvenes y ancianos.

La última sección revela «la magia del proyecto» -en palabras de Jaume-. Dos participantes de grupos opuestos se fotografiaron mutuamente en una cafetería sin saber que formaban parte del mismo estudio. El responsable de la exposición resume la filosofía: «Solo con respeto y sinceridad te acercas a la prostitución», recuerda a los asistentes.

"Solo con respeto y sinceridad te acercas a la prostitución"

Jaume Perelló

— Director de la exposición

Conexión «con el mundo real»

Al concluir, todos los internos rompen en un aplauso cerrado y cargado de entusiasmo que resuena con fuerza en la sala.

Finalizada la visita, Jaume confiesa a este diario que entrar en la prisión le ha demostrado «la vertiente socioeducativa de la institución». En la misma línea, Jordi Roca, de la Unidad Terapéutica Educativa del centro, destaca el valor de unir dos espacios «tan complicados y desconocidos» para la gente: la prisión y la prostitución, dos mundos marginales que la sociedad «sabe que están ahí, pero opta por no mirar de frente», dice con contundencia.

Juan, uno de los internos, confiesa que la muestra le ha obligado a replantearse conceptos e incluso que desea ser voluntario de Casal Petit en su próximo permiso. El testimonio de Ana vuelve a cerrar el círculo con una profunda carga de humanidad. «Lo que siento después de ver esta exposición es esperanza, porque cosas así logran que nos sintamos más humanos y conectados con el mundo real. Gracias Jaume por ser ese vínculo», manifiesta.

La última palabra la tiene Fermín, otro de los internos de más edad. Explica que las fotografías le han evocado recuerdos de los noventa, cuando pasaba consumía drogas y pasaba tiempo en ambientes de alterne tratando de «proteger a las chicas». Para Fermín, la crudeza de Mirada Creuada ha funcionado como un espejo del pasado, confirmando que, a pesar del paso de las décadas, la vulnerabilidad de las mujeres y la necesidad de una mirada sin prejuicios sigue siendo exactamente la misma a ambos lados de los muros.

Jordi Roca y Jaume Perelló posan frente a la sección final de la muestra.

Jordi Roca y Jaume Perelló posan frente a la sección final de la muestra. / B. Ramon

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