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Análisis

Trump se quedará con los hoteles mallorquines en Cuba

Con una docilidad pasmosa, los inventores españoles del turismo de masas se pliegan a las exigencias del magnate estadounidense

Gabriel Escarrer aparece firmemente abrazado a Fidel Castro, un conservador radical sirvió de embajador ante Aznar del marxismo caribeño. | DM

Gabriel Escarrer aparece firmemente abrazado a Fidel Castro, un conservador radical sirvió de embajador ante Aznar del marxismo caribeño. | DM

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Matías Vallés

Matías Vallés

La foto más destacada de la benévola autobiografía de Gabriel Escarrer Juliá, el fallecido fundador del Grupo Sol Meliá y del turismo de masas, lo muestra abrazado a Fidel Castro. No se trataba de un contacto episódico y protocolario, sino de apretar el brazo propio sobre el hombro ajeno para sellar una complicidad inexpugnable. Los hoteleros mallorquines, con la agregación de los linajes Fluxá/Iberostar y de Barceló en menor dimensión, canalizaron fortunas a la familia del dictador, a los militares y al régimen en su conjunto. Los vehículos societarios como Gaesa o Cubanacan solo aportan el maquillaje de los millones acarreados por turistas canadienses en su mayoría.

El idilio se ha roto esta semana por la aparición del tercero en discordia. Los todopoderosos Escarrer y Fluxá se han desprendido voluntariamente, por decirlo de alguna manera, de hoteles que pertenecen en ladrillo a Cuba. Han obedecido el ultimátum irrevocable de Donald Trump. Dado que el patriarca que se abrazaba a Fidel apoyaba en Mallorca ciegamente a Gabriel Cañellas antes de evolucionar hacia Vox, y que su colega de Iberostar admitió con un diáfano «algo teníamos que hacer» la restitución de Jaume Matas al frente del Govern balear en la legislatura de Iñaki Urdangarin, su autoinmolación a manos de un monarca estadounidense ultraderechista agranda la humillación.

Coincidiendo con el 95 cumpleaños de Raúl Castro, la cadena Iberostar cede 12 piezas de 18, Meliá se desprende de 15 sobre 34. El truco de que solo se desligan del ejército cubano no funcionará. Trump los ha humillado con una coacción que han aceptado con docilidad pasmosa, y a continuación reivindicará todos los hoteles mallorquines en la isla, para matricularlos con cadenas estadounidenses. Por supuesto, a cambio de la tajada que recibirá a través de sus familiares consanguíneos o políticos. Antes de escandalizarse, recuerde ningún empresario se instala en un país extranjero sin satisfacer los oportunos tributos.

Tanto Iberostar como Meliá han intentado disfrazar su retirada como una lógica reacción ante la degradación cubana, pero los comunicados infestados de evasivas y elaborados por agencias de analfabetos a cien euros la palabra vienen desmentidos por los hechos. A mediados del pasado mayo, John Ratcliffe aterrizó en La Habana para tomar posesión del país caribeño. El director de la CIA subrayó la reconquista exigiendo «cambios fundamentales» a un país extranjero. Y dejó bien claro quién delegaba su poder. «Quiero entregar personalmente el mensaje de Donald Trump de que Estados Unidos está preparado para comprometerse seriamente en los asuntos económicos de la isla». La toma de posesión implicaba por tanto la expulsión de los aguerridos mallorquines.

Los hoteleros son víctimas de una pulsión trumpista que se habían apresurado a exponer públicamente. En diciembre de 2016, cuando el actual inquilino de la Casa Blanca había ganado sus primeras elecciones pero todavía no se había inaugurado, los responsables de Fluxá/Iberostar ya denunciaron que Trump había considerado la compra masiva de hoteles en Cuba. No en el pasado, sino durante ese mismo año, «seis meses atrás». Es decir, el presidente de Estados Unidos estaba dispuesto a saltarse las prevenciones de la ley Helms-Burton, de compinches como los Fanjul y de los exiliados cubanos de voto unánimemente Republicano, para poner una pica turística en la isla.

La conclusión de la anterior revelación, que Iberostar/Fluxá atribuyó a contactos en la industria, es que Trump puede competir en contradicciones con los hoteleros mallorquines. Un encadenado demuestra fácilmente que la empresa va por encima de la ideología. Vayamos con una serie de escenas del irrepetible Gabriel Escarrer padre:

-Las victorias electorales del PP mallorquín se celebraban gratis total en un hotel de Meliá, el entonces Palas Atenea del Passeig Marítim palmesano.

-Al mismo tiempo, Escarrer conseguía que el socialista Felipe González le entregara a su grupo Sol los hoteles con nombres de aves de José María Ruiz Mateos, una adquisición que disparó el imperio donde no se ponía el Sol.

-Con la primera llegada del PP al poder, Escarrer se convirtió en el embajador secreto de Aznar ante Fidel Castro y viceversa, el guardián de los secretos compartidos por ambos gobernantes.

Poco después, Francesc Antich ascendía a primer presidente socialista de Balears. Al convocar a los hoteleros en la sede del Govern, el visceral Escarrer abandonaba violentamente la reunión, comparando a voces al izquierdista con la dictadura de Franco.

En fin, cuando Francina Armengol se convirtió en la segunda presidenta socialista de Balears, y cedió graciosamente un polémico Palau de Congressos a Meliá, el astuto Escarrer se aproximó a Felipe VI para susurrarle que «Majestad, habrá usted visto la gran presidenta que tenemos en Balears, es la mejor».

Por tanto, Castro era apenas un parpadeo en la pantalla de concesiones de los hoteleros mallorquines, en compañía del indonesio pseudomarxista Soeharto que inauguró el primer hotel español en Asia, de la cadena de Escarrer y situado en la playa balinesa de Nusa Dua. Ahora, Trump decidirá el futuro de decenas de establecimientos hispanocubanos, de acuerdo con su tesis de devolver a Cuba al fulgor dictatorial de Fulgencio Batista, cuando la isla fue «el prostíbulo de América».

En los tiempos en que la planta turística funcionaba a pleno rendimiento, el negocio cubano era tan boyante que los hoteleros mallorquines podían ganar dinero repartiendo sus ingresos con la oligarquía cubana al cincuenta por ciento. ¿Qué pasaría, si Pedro Sánchez obligara a los hoteleros a renunciar a sus activos para nacionalizarlos? La prosa aterciopelada de las agencias ardería flamígera, denunciando en España el exceso leninista que se tolera complaciente en el edén del marxismo caribeño. ¿Y si Mallorca reclamara un mero cinco por ciento de los beneficios estratosféricos de los invasores de su territorio?

Trump supo olfatear la importancia de los hoteleros mallorquines en Cuba, muy por encima de la actividad turística. El ejecutivo mallorquín Gabriel Cánaves encabezó la expedición de Meliá. Con el tiempo, Escarrer se convirtió en un intermediario clave para el régimen. Cualquier empresario extranjero que deseara invertir en Cuba debía pasar el exigente filtro del titán mallorquín, que llegó a jugar un papel decisivo en la sucesión del castrismo. Eran otros tiempos.

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