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Un alemán afincado en Mallorca publica un libro sobre las atrocidades de la represión franquista en la isla: "La historia se repite"

Habla catalán con fluidez, trabajó durante décadas como profesor en escuelas públicas y participó activamente en iniciativas ciudadanas. Ahora, Hartmut Botsmann ha publicado en alemán un libro sobre la represión sufrida por las mujeres durante la Guerra Civil

Se trasladó en los años 80 desde el barrio de Schanzenviertel de Hamburgo a Mallorca: Hartmut Botsmann, aquí con su nuevo libro.

Se trasladó en los años 80 desde el barrio de Schanzenviertel de Hamburgo a Mallorca: Hartmut Botsmann, aquí con su nuevo libro. / Nele Bendgens

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Sophie Mono

Pocos extranjeros residentes en Mallorca están tan bien integrados como Hartmut Botsmann. Su nuevo libro, Mujeres – Guerra Civil – Represión – Mallorca 1936 (Editorial Edition AV, 20 euros), lanza un mensaje claro.

¿Cómo llegó al tema del libro? ¿Existe alguna relación personal, quizá a través de la familia mallorquina de su esposa?

No. En realidad, estaba investigando el desembarco de tropas republicanas en Mallorca en agosto de 1936. Durante ese proceso entré en contacto con biografías de mujeres que sufrieron la represión franquista. Para mí, esos aspectos eran completamente desconocidos. Estadísticamente, el número de mujeres asesinadas por la represión en Mallorca fue relativamente bajo: apenas un cinco por ciento. Pero ¿qué ocurrió con las mujeres que sobrevivieron, con las que fueron indultadas o con aquellas cuya condena a muerte se transformó en largas penas de prisión? ¿Cómo cambió el curso de sus vidas bajo la represión? Eso es lo que quise investigar.

¿Cuáles fueron sus fuentes?

Principalmente autores locales que trabajan en la isla. Quizá haya dos o tres obras en alemán; el resto procede de autores mallorquines o españoles.

Hartmut Botsmann con su nuevo libro.

Hartmut Botsmann con su nuevo libro. / Nele Bendgens

¿Qué posición ocupaban las mujeres en Mallorca antes de la Guerra Civil?

Durante la República, por primera vez pudieron surgir colectivos de mujeres. Precisamente en Mallorca, una sociedad muy conservadora, inmovilista y marcada por el mundo rural, las mujeres seguían en gran medida encasilladas en los roles tradicionales. Pero su trabajo empezó a desarrollarse cada vez más en el espacio público y no solo dentro de la familia. Dejaron de estar subordinadas directamente al hombre.

Suena a un cambio lento.

No. Durante la República los cambios fueron rapidísimos. A partir de 1931, las mujeres pudieron votar. Se autorizó el matrimonio civil, se facilitó el divorcio y se legalizó el aborto. Todo eso fue revertido posteriormente por el régimen franquista. Lo que se destruyó de golpe en julio de 1936 no fueron solo cinco años de República, sino décadas de trabajo, evolución y movilización social. La Guerra Civil en Mallorca apenas duró veinte días; prácticamente no existió como tal.

¿Por qué tanto miedo al movimiento femenino?

Tanto los franquistas como la Iglesia católica, que colaboraban muy estrechamente, querían sobre todo restaurar el patriarcado. Las mujeres que habían salido del ámbito doméstico y buscaban participar en la vida pública y política eran vistas como algo contagioso, como un virus. Y ese “virus” debía ser reprimido. Había una auténtica obsesión por señalar y castigar a las mujeres “rojas”.

Los hombres también fueron reprimidos. ¿Qué caracterizó específicamente la represión contra las mujeres?

La violencia incluía asesinatos, penas de cárcel y condenas a muerte, pero también violencia sexual. En Baleares no se ejecutó oficialmente a ninguna mujer. Todas las condenas a muerte fueron conmutadas por penas de prisión de treinta o cuarenta años. Al final, muchas salieron de la cárcel tras siete u ocho años. Después, a menudo tenían que pasar entre seis y doce meses desterradas antes de poder volver a casa. Pero regresar significaba enfrentarse a la humillación y al desprecio. Tenían que asistir a misas donde se hablaba de sus maridos asesinados como si fueran demonios. Muchas fueron violadas. También numerosos sacerdotes se aprovecharon de la situación de mujeres cuyos maridos o hijos habían desaparecido o sido asesinados. Estaban completamente indefensas. A eso se añadía el rapado: les afeitaban la cabeza.

Las mujeres eran humilladas públicamente y la sociedad lo aceptaba.

Sí. Hubo muchos cómplices y delatores. La sociedad civil, especialmente en lo referente a las mujeres, estuvo muy influida por dos organizaciones de carácter claramente fascista. La Sección Femenina de la Falange tenía una enorme influencia. Fue fundada en 1934, todavía durante la República, como una fuerza de reacción frente a esos avances.

¿Mujeres intentando devolver a otras mujeres a su antiguo papel?

Exactamente. Además, estaban las mujeres de la Acción Católica, que acudían a la prisión femenina para impartir catequesis. Las presas las llamaban estropajos, porque eran especialmente ásperas y crueles. Obligaban a las mujeres a asistir a misa y a aceptar determinados valores. El objetivo era humillarlas y reeducarlas.

¿En qué lugares ocurría esto?

En todos los pueblos. Había bastiones especialmente duros, como Porreres. Allí, grupos de falangistas y mujeres de la Sección Femenina iban de casa en casa. Si sabían que allí vivían mujeres vinculadas al movimiento feminista, mujeres que habían perdido a sus maridos en el frente o cuyos compañeros estaban encarcelados o habían sido secuestrados, las acosaban constantemente. Y no sucedía solo en la calle, sino también dentro de los hogares y de las relaciones personales. La justicia franquista apenas perseguía los homicidios o asesinatos dentro del matrimonio. El hombre volvía a ser considerado el propietario de la mujer.

Además de la represión masiva, hubo activistas especialmente destacadas. ¿Qué ocurrió con ellas?

Las activistas más conocidas fueron asesinadas inmediatamente o encarceladas sin orden judicial y después desaparecidas, como Aurora Picornell y las Roges del Molinar. Oficialmente, se ordenó su liberación. Pero a la salida de la prisión las esperaba una furgoneta de la Falange. Se las llevaron y las fusilaron.

¿Qué historia le ha impactado más personalmente?

La de Matilde Landa. Procedía de una familia acomodada y pertenecía a la burguesía intelectual española. Por sus convicciones humanistas ingresó en el Partido Comunista y se dedicó a ayudar a los refugiados. Incluso en la prisión de mujeres de Can Sales —hoy la biblioteca municipal de Palma— ayudaba a otras presas y ejercía una gran influencia sobre ellas. Eso disgustaba profundamente a la Iglesia y a las autoridades fascistas. Hicieron todo lo posible para obligarla a bautizarse. La chantajearon hasta el último día. Le dijeron: “Si no te bautizas, los bebés que tenemos aquí en la prisión dejarán de recibir leche”. Finalmente, se arrojó desde el tejado y se suicidó. Después la enterraron con un funeral cristiano. La Iglesia sigue afirmando hoy que aceptó bautizarse voluntariamente, pero eso no es cierto. Lo que más me conmueve hasta hoy es que una mujer tan sensible, inteligente e intelectual pudiera ser humillada de esa manera simplemente porque no encajaba en la visión del mundo y de la mujer que imponía aquel sistema social. Es realmente duro.

Matilde Landa en un retrato fotográfico.

Matilde Landa en un retrato fotográfico. / Wiki Commons

¿Todo eso sigue teniendo repercusiones hoy en día?

Lo particular de la dictadura española es que duró muchísimo tiempo. En 1945, muchas personas que vivían escondidas pensaron que aquello llegaba a su fin. Pero todavía tuvieron que esperar otros treinta años hasta que el dictador desapareció por fin. Y aun entonces no hubo una ruptura clara con el pasado. Hasta hoy, el Partido Popular no se ha distanciado realmente del franquismo, y Vox mucho menos. También los retrocesos en los derechos de las mujeres se dejaron sentir durante mucho tiempo. Yo llegué a la isla en 1984 y todavía vi cómo mujeres de poco más de veinte años tenían que pedir permiso a sus padres para hacer determinadas cosas. Eso ha cambiado mucho desde entonces, pero llevó tiempo. Por eso es tan importante abordar democráticamente lo que ocurrió.

Hablando precisamente de memoria histórica: en marzo, el pacto de gobierno de derechas eliminó la ley de memoria democrática

Es muy preocupante. La Memoria Democrática nació de organizaciones de la sociedad civil; algunas ya estaban activas en los años ochenta. Pero después de la muerte de Franco tuvieron que pasar al menos veinte años hasta que las instituciones públicas empezaron a implicarse en esta cuestión. Que ahora estemos perdiendo esos avances por la influencia de Vox es, por un lado, un desastre. Pero, por otro, también devuelve más responsabilidad a las organizaciones civiles. Y eso me da esperanza. Sin una legislación adecuada no podemos llevar a cabo exhumaciones de víctimas del franquismo, o no hay fondos para identificar los restos.

Aunque la llamada “Ley de Fosas” sigue vigente.

Sí, los proyectos de exhumación para los que ya se habían destinado fondos seguirán adelante. Pero en algún momento esos recursos se agotarán, y eso es preocupante. Este trabajo debe mantenerse. Los descendientes de las víctimas tienen derecho a saber dónde fueron enterrados sus familiares.

Excavaciones en Porreres en febrero de 2021

Excavaciones en Porreres en febrero de 2021 / CAIB

Usted se posiciona de forma muy clara. ¿Eso tiene consecuencias en su vida cotidiana?

He recibido muchas reacciones positivas aquí, aunque el libro solo se ha publicado en alemán. También en los medios locales. Evidentemente, hay personas que no comparten mis ideas; siempre existen voces críticas. Pero no tengo trato directo con ellas. Nunca he ocultado mis convicciones de izquierdas. Incluso durante mi etapa como profesor desarrollé proyectos de memoria histórica con mis alumnos; por ejemplo, colocamos una stolperstein —una piedra conmemorativa— en Son Macià.

¿Hasta qué punto puede un inmigrante alemán involucrarse políticamente en Mallorca?

Los extranjeros necesitamos muchos años para integrarnos de verdad aquí, adquirir experiencia y comprender cómo funcionan las cosas. Yo mismo, después de llegar a Mallorca, dejé el activismo en pausa durante unos veinte años. Pero llega un momento en que también hay que darse la libertad de alzar la voz y participar activamente.

¿Con un libro contra el olvido?

Sí. El peso de la historia en la construcción de una sociedad democrática nunca había sido tan grande como hoy. Su relevancia ha aumentado enormemente. La historia se repite. Por eso es necesario mostrar lo que ocurrió y el sufrimiento que provocó en la población —especialmente en las mujeres— durante tanto tiempo. Eso es fundamental.

¿También más allá de las fronteras de la isla?

La batalla de Mallorca fue decisiva para el desarrollo de la Guerra Civil y también para la cuestión de las mujeres. Si el desenlace hubiera sido distinto, eso habría tenido repercusiones incluso a nivel internacional.

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