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Una funcionaria mallorquina que vive en una autocaravana por la crisis de vivienda: "A los jóvenes como yo no nos queda otra"

M. Bibiloni, de 31 años y natural de Campos, vive en su vehículo de doce metros cuadrados en Palma con la idea de ahorrar para acceder a vivienda asequible: "No quiero romantizarlo, pero tampoco que se nos criminalice"

La joven pide que el foco se ponga en la emergencia habitacional y no en las personas que viven en autocaravanas: "Somos trabajadores normales intentando sobrevivir"

Una funcionaria mallorquina que vive en una autocaravana por la crisis de vivienda: "A los jóvenes como yo no nos queda otra"

Redacción Digital

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Palma

M. Bibiloni tiene 31 años, es de Campos, trabaja como funcionaria en un cuerpo de inspección del Govern y desde un año vive en una autocaravana en Palma. "No he tomado esta decisión por gusto", explica: "Después de hacer cuentas, vi que pagar un alquiler me impide ahorrar y plantearme un futuro estable". Así que optó por mudarse a una autocaravana como una "solución temporal" para "poder ahorrar y construir un futuro".

"Trabajo aquí, aporto aquí y quiero poder quedarme en Mallorca", resume: "Aunque hice todo lo que se supone que tenía que hacer: estudiar, trabajar, estabilizarme… y aun así no basta para acceder a una vivienda". Vive sobre las cuatro ruedas de su vehículo junto a su perra Sidra, y alterna distintas zonas de Palma, sobre todo Ciutat Jardí en invierno y barrios como Son Rapinya o La Vileta en los meses de verano.

Da su testimonio después de ver la postura del Ayuntamiento de Palma, cuya portavoz insiste en "poner orden" y evitar que la ciudad se convierta en un espacio para este tipo de vehículos. "Me duele", dice Bibiloni, "porque ponen el foco en las autocaravanas y no en el problema estructural que hay detrás". "El problema no somos nosotros, sino la crisis de vivienda. Están criminalizando el síntoma mientras ignoran la causa", lamenta la joven.

Durante toda la conversación con este diario, insiste en que no pretende justificar comportamientos incívicos ni defender que vivir en una autocaravana sea la solución al problema de la vivienda. Al contrario: "No quiero romantizarlo ni idealizarlo. No es cómodo, no es barato y no es una forma de vida para largo plazo", explica. "Pero tampoco quiero que se criminalice a las personas que vivimos así porque muchas veces no nos queda otra", añade.

Vivir en pareja o compartir piso con otras personas hace más asumible el coste de un alquiler, pero "sola es imposible": "Las opciones eran pagar más de mil euros por un estudio pequeño y quedarme atrapada sin poder ahorrar, o volver a compartir piso, pero a ciertas edades quieres intimidad, independencia y poder construir un proyecto de vida".

La autocaravana le permite ahora ahorrar alrededor de mil euros al mes. Según sus cáculos, gasta entre 300 y 400 euros al mes entre letra, seguro y mantenimiento del vehículo, muy por debajo de un alquiler en Palma. "No sobrevivo mes a mes. Puedo ahorrar pensando en el futuro", señala.

Aun así, insiste en que no es una situación ideal. Vive en un espacio de unos doce metros cuadrados y organiza su día a día alrededor de algo que define como una solución temporal: "Yo quiero una vivienda, formar una familia y tener estabilidad. No quiero privilegios, sino vivir dignamente en mi propia tierra".

Lleva años apuntada en las listas del Ibavi para acceder a vivienda pública. Mientras tanto, asegura que ha conocido a muchas personas en situaciones parecidas: trabajadores, funcionarios o jóvenes con empleo estable que han terminado viviendo en caravanas, coches o habitaciones compartidas. "Antes parecía que tener trabajo fijo era suficiente para acceder a una vivienda. Ahora ya no", lamenta.

También rechaza la idea de que exista un conflicto entre vecinos y caravanistas. "No niego que algunas personas hagan las cosas mal, pero eso pasa en cualquier sitio. Va con la persona, no con el hecho de vivir en una autocaravana", sostiene. En los meses que pasó en Ciutat Jardí, explica, su experiencia con los vecinos fue "muy buena": "Teníamos una convivencia normal, como cualquier vecino".

Por eso pide a las administraciones es que no utilicen las caravanas como blanco fácil de un problema mucho más amplio: "Si alguien incumple las normas, que le multen. Nosotros mismos agradecemos que se sancione a quien hace las cosas mal porque luego nos meten a todos en el mismo saco", asegura. "Pero las instituciones no deberían confrontar a los vecinos con la gente que vive en caravanas. Somos víctimas del mismo problema", añade.

En su caso, además, encontrar vivienda se complicó todavía más por tener mascota. Sidra, una perra que ya tenía antes de mudarse a la autocaravana, vive con ella: "Muchos pisos no aceptan animales y eso te cierra todavía más puertas", explica. Por las mañanas, mientras trabaja, la deja con un cuidador y otros perros: "No pretendo normalizar vivir con un animal en una autocaravana, pero si te ves en esta situación buscas la manera de organizarte".

A lo largo de la conversación repite varias veces la misma idea: no quiere que vivir en una autocaravana se convierta en algo aceptado como normal. Cree, de hecho, que eso sería peligroso: "El foco no tiene que estar en crear áreas para autocaravanas, sino en solucionar el problema de vivienda, que es lo más urgente", insiste.

Pero también pide que detrás del debate haya espacio para entender quiénes son las personas que viven dentro de esos vehículos. "Cuando los vecinos ven según qué declaraciones acaban viendo las autocaravanas como sinónimos de inseguridad o conflicto", reflexiona: "Y detrás de ellas, muchas veces, hay personas normales y corrientes, que simplemente están intentando quedarse a vivir en su isla".

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