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Visitas prohibidas, habitaciones sin luz y ni rastro de contrato: el calvario de tres jóvenes viviendo de alquiler en Mallorca

Tres jóvenes residentes de la isla cuentan cómo algunos propietarios se aprovechan de la tensa situación del mercado inmobiliario de Mallorca en beneficio propio

Manifestación por la crisis de la vivienda en Palma

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Sarah López

Los anuncios de pisos o habitaciones compartidas en Mallorca son, en parte, escalofriantes: uno alquila una construcción improvisada en la terraza, otro una caseta de jardín por 700 euros. En la foto puede parecer hasta acogedora, pero difícilmente da sensación de hogar. Otro anunciante deja claro desde el principio que solo alquila a personas que trabajen en el sector sanitario. Las buenas ofertas a precios razonables son más bien escasas.

Para quienes buscan vivienda, la crisis habitacional es un problema enorme; para algunos propietarios, en cambio, es una oportunidad para lucrarse: cobrar el alquiler puntualmente cada mes e invertir lo mínimo posible en el mantenimiento del piso. Muchos saben perfectamente que tienen la sartén por el mango. Porque siempre habrá interesados para cualquier agujero, incluso cuando las condiciones sean indignas. Tres jóvenes residentes de la isla cuentan en qué condiciones viven, o han vivido, como inquilinas en Palma.

Prohibido recibir visitas

Encontrar una habitación a distancia no fue tarea fácil para Noemi*. Por eso sintió un gran alivio cuando le confirmaron una habitación en un piso compartido por solo 400 euros. El piso no estaba precisamente en el mejor barrio de la ciudad, pero en las fotos se veía bonito y ordenado. Además, los propietarios eran del mismo país sudamericano que ella.

Sin embargo, la convivencia con sus compatriotas acabaría siendo complicada para la joven de veintitantos años. Aunque los propietarios no vivían en el piso, aparecían allí cada semana sin previo aviso. En algunos casos incluso pasaban la noche en una de las habitaciones que no alquilaban. Y no solo lo hacía el matrimonio: también sus hijos y sus respectivas parejas se quedaban ocasionalmente en la vivienda. Sobre todo la propietaria siempre encontraba algo de lo que quejarse durante sus visitas. “A ver, ¿quién no ha fregado los platos?” o “¿Quién no bajó la basura?”, escribía en un grupo de WhatsApp con sus inquilinas.

En cambio, Noemi y sus dos compañeras de piso tenían que avisar siempre por el grupo de WhatsApp si llevaban a alguien a casa. “Incluso si esa persona solo iba a entrar un momento para usar el baño”, cuenta la joven. Las visitas masculinas estaban terminantemente prohibidas. Y que alguien se quedara a dormir, aunque fuera una amiga, también.

La pasada Navidad, Noemi esperaba la visita de su hermano, el único miembro de su familia que vive en Europa. La propietaria se opuso con firmeza. Su argumento fue: “No queremos hombres en la casa”. Tras una larga conversación, finalmente aceptó la visita, pero con una condición: cada día de estancia costaría diez euros.

Pocas personas soportan durante mucho tiempo una situación de control semejante. “Soy la inquilina más antigua”, dice Noemi, que se mudó hace apenas siete meses. Ninguna de ellas tiene contrato de alquiler.

El piso a oscuras

Cuando María* se mudó a un piso compartido con dos amigas, no imaginaba la situación en la que acabaría viviendo. En realidad, ya desde el principio podría haber sospechado que su casera no era del todo fiable: durante meses después de su llegada siguieron acumuladas en el salón pertenencias de la propietaria que ocupaban gran parte del espacio: cajas, ropa e incluso una máquina elíptica.

Pero los problemas realmente graves comenzaron tras una fuga de agua en el piso superior. El agua se acumuló en el falso techo. Desde hace cuatro meses, las residentes no tienen luz en el baño. Se duchan a oscuras o con una pequeña lámpara LED a pilas. “Que esto haya pasado no es culpa de la propietaria”, reconoce María. Aun así, considera que podría hacer mucho más para solucionar el problema.

La oscuridad no se limita al baño. Desde que se mudaron, la mitad de las persianas del salón tampoco funciona. “Muchos enchufes están averiados, igual que varias lámparas. La instalación eléctrica del piso es un desastre”, explica María. Los cortes de luz son frecuentes. En algunos casos, las inquilinas incluso han recibido pequeñas descargas eléctricas al encender la luz. La propietaria no parece tener intención de hacer nada para mejorar la situación. Tampoco acepta una rebaja del alquiler pese a la gran cantidad de desperfectos. Más bien al contrario: “Cuando una de mis compañeras se marchó, en lugar de buscar a otra persona, quiso subirnos el alquiler”, cuenta María.

Un sofá también sirve de cama

El estudio amueblado de Ana era pequeño, pero acogedor. Algo oscuro, sí, pero tenía cocina, baño y estaba en una ubicación céntrica: en realidad, justo lo que necesitaba. Solo faltaba una cama. En su lugar había un sofá completamente desgastado en una esquina. “Se lo comenté a mi casera y me respondió simplemente: ‘También puedes dormir en el sofá’”, relata la mujer de 30 años. Si quería algo mejor, tendría que comprárselo ella misma.

Ana se compró una cama y sacó el sofá de aquel estudio de 20 metros cuadrados. Cada mes pagaba puntualmente el alquiler, y además en persona, en casa de la propietaria. Otro gasto que también tuvo que asumir fue la tasa de basura, aunque en realidad corresponde al propietario hacerse cargo de ella.

Cuando finalmente dejó el estudio, la casera revisó la fianza céntimo a céntimo. El viejo sofá ya no estaba en el piso, y por ello le descontó una cantidad considerable. El hecho de que Ana hubiera dejado una cama y otros muebles que mejoraban claramente el estudio no tuvo la menor importancia.

Apenas Ana se marchó del estudio, la propietaria volvió a anunciarlo en internet por varios cientos de euros más. Probablemente no tuvo ningún problema para encontrar a alguien dispuesto a pagar casi 1.000 euros por apenas 20 metros cuadrados. Seguramente recibió cientos de solicitudes en cuestión de horas. Porque lo que nunca faltó fueron personas buscando vivienda.

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