Comercio
Las tiendas tradicionales que resisten en Palma: "Mantener un negocio emblemático es un lujo"
Los establecimientos del centro de la ciudad pierden clientela local y aguantar cada vez es más complicado: «Tenemos el beneficio que pasa mucha gente, pero a veces también se gira contra ti. Muchas personas de aquí ya no quieren pasar porque es un incordio ir sorteando a tanta gente»

Francisca Macías, dependienta desde hace 28 años en Estarellas, junto con las cajas de zapatos. / Manu Mielniezuk
Encontrar una tienda tradicional en el centro de Palma es un reto cada vez más laborioso. Los comercios emblemáticos bajan la persiana con frecuencia y las heladerías y las multinacionales han ganado tanto terreno que se han convertido en el paisaje principal de las calles más concurridas de la ciudad.
Cuesta caminar. Asoman algunos palos para que los turistas puedan seguir a su guía y, el olor a crema solar, ha entrado con fuerza en mayo, a pesar de las lluvias de los últimos días. Mirar un escaparate sin sentir que molestas es la tónica principal: o entras decidido o pasas de largo siguiendo la corriente.
Ir hacia el Carrer Jaume II desde el Carrer Sant Miquel cuando atraca algún crucero es un desafío. Vas a contracorriente mientras algunos turistas fotografían el edificio Can Forteza Rey y otros comienzan a degustar ensaïmadas o se refrescan con algunos helados.
Más de 125 años de experiencia
«Nosotros nunca hacemos rebajas. La temporada ha comenzado un poco más floja y ahora le cuesta arrancar», sostiene Maribel Moyà, propietaria de Paraguas, que está abierto en el Carrer Jaume II desde 1910.

Maribel Moyà posa para este diario en Paraguas. / Manu Mielniezuk
Su clientela es un 60% residente y un 40% turista y su tienda, junto a una zapatería, son los únicos establecimientos emblemáticos que resisten después del cierre de la mercería Ca Donya Àngela y de la bisutería Sant Joan. «En el centro se está perdiendo el comercio local. Todo son souvenirs y heladerías. Creo que se tendría que regular», subraya y añade: «Que se proteja el comercio local porque si no habrá un momento en el que no quede ninguno. Los bonos son una buena iniciativa: un beneficio para todos».
Estar en una calle tan transitada puede jugar en contra. «No lo sé decir. Tenemos el beneficio que pasa mucha gente, pero a veces también se gira contra ti. Mucha gente local ya no quiere pasar por aquí porque es un incordio ir sorteando a las personas. Y además, si la única oferta que tienes son heladerías y souvenirs, las personas locales ya no pasan por aquí.
Ofrece paraguas, carteras, calzadores, castañuelas, abanicos, bastones, mantones y peinetas. «Los turistas que vienen, saben qué compran. Se informan antes porque quieren un producto de calidad y no de souvenir», cierra.

Fachada desde fuera de Paraguas. / Manu Mielniezuk
Disney World en Mallorca
A unos pasos, en Pas d’en Quint, Tomeu Mercadal es la tercera generación en Golfos, que se abrió en 1915. «Vamos bajando cada mes. Nos cuesta un triunfo igualar los meses del año anterior», afirma, pero también matiza: «Es verdad que veníamos de unos años de crecimiento y, en algún momento, se tenía que parar. Ahora no hacemos las mismas cifras que después del Covid».
«Nos queda un cliente local residual. Tengo amigos que viven en Son Rapinya, no hablo de Marratxí, y no vienen al centro. Algunas veces me dicen que es la primera vez que bajan en un año. Todos estos clientes los hemos perdido, como con los pueblos, que está muerto. Los que vienen de Andratx, se paran en Porto Pi; los de Llucmajor y Campos, en Fan; los de sa Pobla, Inca y Alcúdia, en Festival Park. Han puesto cada vez más difícil acceder a Palma», subraya.

Tomeu Mercadal, en el interior de Golfos. / Manu Mielniezuk
«Palma se ha convertido, y te diría que es un eslogan, en Disney World. Me lo dijo una persona. Europa ha perdido la industria y somos el Disney World del mundo: vienen a ver las ruinas romanas, las griegas, lo barroco... Palma está colapsada, Madrid, Roma, Barcelona, París y Toledo también lo están. Es a nivel europeo. Con las aerolíneas de bajo coste todo el mundo viaja, antes era un lujo», apunta.
Sobre el turismo de cruceros está a favor: «Sí, nos interesan. Se ha generado una turistofobia. Soy el primero al que le cansa tanta gente, y vivo de esto. Hay estudios que se han hecho en Pimeco y no hay más personas ni coches que en el parking de un centro comercial».
Lamenta el futuro de Palma si siguen abriendo el tipo de comercios que hay por casi todos los lugares: «Si se deja de acoger tiendas un poco tradicionales, la ciudad es muy aburrida. No sabrás si estás en Madrid o Palma. Si tienes que comprar unos hilos, ¿dónde vas?».
Apreciar la experiencia de ir a comprar
En Costa d’en Brossa, Pedro Vidal, propietario de dos tiendas diferenciadas de Piel de Gallina admite que ha habido «menos ventas» y que la clientela local está perdiendo «fuerza». «Vendemos un 70% a extranjero y un 30% a local. Dentro del extranjero está el turista y el que vive aquí o viene con mucha frecuencia. Ese es el que tiene el poder adquisitivo y está comprando más en nuestra tienda», cuenta.

Pedro Vidal coloca algunas prendas en el interior de Piel de Gallina. / Manu Mielniezuk
«Montamos las tienda para la gente local, pero todo está subiendo menos los sueldos. Los que venían pocas veces han dejado de venir y, el que venía mucho, ahora lo hace menos», explica.
Su primera tienda la abrió en 2003 en Plaça Santa Eulàlia hace 23 años y confía en este modelo de negocio: «Tengo 50 años. No compro en internet. Me gusta tocar las cosas y probarlas. Por suerte, todavía existe gente que aprecia la experiencia de ir a comprar en una tienda. La experiencia es tener gente capaz de valorar lo que necesitas, dar lo que tú quieres en un envoltorio agradable (música y conversación) y sobre todo puedes ver las texturas, patrones, materiales y te pueden aconsejar».
Zapatería más antigua de Palma
En el Carrer Colom aguanta la zapatería más antigua de Palma: Estarellas, que abrió en 1916. La semana pasada murió Xisco Estarellas, apodado ‘Capitán Tormenta’ y el relevo lo asumió Toni. «Ahora entiendo por qué muchos locales antiguos cierran. Mi padre, que tenía muchas cosas, se podía mantener el negocio aunque tuviera pérdidas», asegura.
La tienda huele a la piel de los zapatos. Toni recuerda junto a Francisca Macías, que lleva 28 años como dependienta y antes su madre ya lo fue, que antes hacían los zapatos a medida. «Los clientes son más turistas. Los mallorquines protestan en verano porque no pueden bajar y en invierno, que tienen toda la calle, tampoco bajan. A ver cómo se entiende eso», lamenta Macías.
«Uno de los mayores problemas que veo es la accesibilidad. Vendemos a gente mayor y quieren comodidad y facilidad. Todo es un impedimento», se queja y añade: «Mantener hoy en día un negocio emblemático es un lujo. Ganancias no hay. Mi padre la tenía por el romanticismo de que la abrió su madre. Negocio cero. Es una pena, pero es así».

Estarellas, en la calle Colom. / Manu Mielniezuk
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