Toni Timoner, autor de 'El ecologismo de derechas': "La izquierda utiliza la ecología como un vehículo para políticas intervencionistas, anticapitalistas o identitarias"
"Las políticas climáticas deben basarse en incentivos más que en prohibiciones, hay que tratar al ciudadano como un aliado y no como un penitente"

Toni Timoner y Luis Quiroga. / Oikos

Toni Timoner (Palma, 1980) y Luis Quiroga (Oviedo, 1978) son los autores de El ecologista de derechas (Deusto), un libro que revisa la asociación tradicional entre ecologismo y posiciones de izquierda. Instalados en Londres, donde desarrollan sus respectivas trayectorias profesionales, ambos impulsaron en 2022 el think tank Oikos, germen de las ideas que ahora trasladan al ensayo, con prólogo del expresidente José María Aznar. El autor mallorquín sostiene en esta entrevista que se está frenando el cambio climático gracias al capitalismo, no a pesar de él.
¿El título es una provocación?
Puede parecerlo porque durante mucho tiempo se ha asumido que ser ecologista y ser de derechas eran términos contradictorios. Pero lo que hacemos en el libro es desmontar esa idea, que es más bien una leyenda urbana. No solo defendemos que es posible ser de derechas y ecologista, sino que históricamente la derecha ya lo ha sido. Lo que ocurre es que nunca ha hecho bandera de ello. Por ejemplo, en España fue un Gobierno de centroderecha el que creó el Ministerio de Medio Ambiente en 1996, firmó el Protocolo de Kioto en 1997 o impulsó la Oficina de Cambio Climático en 2003. Es una historia que ha estado ahí, pero que no se ha contado.
¿La derecha dejó de dar la batalla por el ecologismo?
No es que dejara de darla, es que en realidad no existía una batalla política como tal hasta que la izquierda decide apropiarse del ecologismo como herramienta para impulsar su agenda. Utiliza la ecología como un vehículo para políticas intervencionistas, anticapitalistas o identitarias que poco tienen que ver con el ecologismo en sí. Cuando eso ocurre, la derecha reacciona con desconfianza y empieza a rechazar todo lo que se asocia con ese discurso. De ahí surge esa idea del 'ecologismo sandía': verde por fuera, rojo por dentro. La derecha no abandona la batalla, sino que entra en una dinámica defensiva.
¿Qué significa hacer políticas climáticas desde la derecha?
Significa que las políticas climáticas deben ser un fin en sí mismo, no un instrumento para otros objetivos ideológicos. Y, además, deben basarse en incentivos más que en prohibiciones. Hay que tratar al ciudadano como un aliado, no como un penitente, y la economía debe salir ganando. Si no se cumplen estas condiciones, el ecologismo fracasa porque no convence y se percibe como una política punitiva.
Aquí se cruza un movimiento importante: el auge de Vox, que niegan el cambio climático.
El problema está en el origen: la instrumentalización del ecologismo por parte de la izquierda. Eso provoca reacciones en sentido contrario. Pero la sociedad, en general, quiere que se hable de ecologismo en términos más sensatos. Todas las encuestas muestran que hay una base social amplia que apoya la sostenibilidad, independientemente de su ideología.
¿Cree que hay diferencias entre los votantes de derechas y los dirigentes de Vox en este tema?
Sí. La sociedad está más abierta a un enfoque razonable del ecologismo. La radicalización es más una reacción política que una posición social mayoritaria.
Una de las ideas centrales es reducir el peso de los combustibles fósiles. No sé si eso encaja con la visión económica de la derecha.
No solo encaja, sino que puede ser una gran oportunidad. España tiene una ventaja competitiva muy clara en términos de recursos naturales, especialmente en energía solar. Eso permite plantear políticas industriales ambiciosas basadas en las renovables. La clave es entender que la transición energética no tiene por qué ser un coste, sino que puede convertirse en un motor de crecimiento. De hecho, en muchos países, incluido Estados Unidos, las inversiones en renovables responden a una lógica económica, no ideológica. Ahora bien, para que eso funcione, las políticas deben estar bien diseñadas. Si no generan beneficios económicos, si no mejoran la competitividad o el bienestar, es difícil que cuenten con apoyo social. No se puede plantear la transición como un sacrificio permanente.
¿Cómo debe abordar la derecha el conflicto entre renovables y protección del territorio?
Es un tema muy local y requiere soluciones adaptadas a cada territorio. No puede haber una regla única. Lo que sí es clave es que las renovables generen beneficios económicos en el ámbito local. No pueden percibirse como una extracción de valor sin retorno. También hay fórmulas híbridas que permiten compatibilizar usos agrícolas o ganaderos con la producción energética.
¿Es viable la autosuficiencia energética en Baleares?
Es muy difícil. Baleares tiene limitaciones evidentes de territorio y una presión económica muy elevada sobre el suelo. Eso hace complicado desplegar a gran escala determinadas infraestructuras. Lo más realista es pensar en un sistema interconectado con la Península, donde exista una cierta dependencia. Y eso no es necesariamente negativo: forma parte de una lógica de complementariedad territorial.
En el libro defienden que el capitalismo es la solución, aunque se haya percibido como causante de los problemas.
Porque es el sistema que mejor organiza incentivos y moviliza inversión. La transición energética requiere enormes cantidades de capital, y eso solo se consigue con mercados funcionando. No hay alternativa realista para movilizar esa escala de inversión desde lo público. Si observamos dónde se están produciendo los avances más significativos (energías renovables, vehículos eléctricos, innovación tecnológica), vemos que están impulsados por dinámicas de mercado. Sin ese componente, la transición sería inviable.
También rechazáis el decrecimiento.
El empobrecimiento no puede ser una propuesta política. Es contraintuitivo y socialmente inviable. Lo que hay que defender es la eficiencia en el uso de recursos, no la reducción deliberada del bienestar. Plantear el empobrecimiento como una solución es políticamente y socialmente insostenible. Las sociedades no aceptan proyectos que impliquen una pérdida deliberada de bienestar. Otra cosa distinta es la eficiencia: hacer un mejor uso de los recursos, reducir desperdicios, optimizar procesos. Eso sí es compatible con una visión sostenible. Pero plantear la reducción del nivel de vida como objetivo es un error.
¿Qué papel debe jugar la energía nuclear?
Hay que abordarlo sin dogmatismos. Cada país debe evaluar su situación. En el caso de España, hay argumentos sólidos para prolongar la vida útil de las centrales existentes: aportan estabilidad al sistema, reducen emisiones y tienen sentido económico. Otra cuestión es la construcción de nuevas centrales, que implica costes elevados y plazos largos. Ahí probablemente habrá que esperar a nuevas tecnologías. Pero el debate sobre la extensión de las actuales es mucho más claro.
El cambio climático tendrá un efecto importante en Balears, que podría dejar de ser un destino interesante en el futuro.
El gran debate pendiente en España es la adaptación. Aunque reduzcamos emisiones, vamos hacia un aumento de temperatura de entre 2,5 y 3 grados. Eso es inevitable. Por tanto, hay que preparar la economía y el turismo para ese escenario. Baleares debe preguntarse cómo seguir siendo un destino atractivo en esas condiciones. Sin embargo, este debate está prácticamente ausente. Se ha puesto mucho énfasis en la transición, pero muy poco en la adaptación. Y ambas dimensiones son igual de importantes.
¿Hay interés por vuestro libro en el ámbito político balear?
Sí, lo hay. Por ejemplo fue uno de los libros que compró Marga Prohens durante el Día de Sant Jordi. Sabemos que el libro ha despertado interés y que el PP de Baleares ha tomado nota de algunas ideas. Hemos tenido una relación fluida con ellos y conversaciones constructivas sobre sostenibilidad. Pero siempre teniendo en cuenta que no hay fórmulas universales: todo debe adaptarse a la realidad específica de las islas.
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