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Psicología

Injusticia epistémica, el peso de quién habla

Carme Isern Mas e Ivar R. Hannikainen, coautores del artículo.  |

Carme Isern Mas e Ivar R. Hannikainen, coautores del artículo. | / CARME ISERN MAS

Blanca Gelabert

Blanca Gelabert

Si tiene un momento, le proponemos un pequeño ejercicio. Lea la siguiente situación y decida cuánta credibilidad le otorgaría a la persona que habla.

Injusticia epistémica, el peso de quién habla

Injusticia epistémica, el peso de quién habla / .

¿La cree? ¿Mucho, poco o nada? Antes de seguir leyendo, quédese con su respuesta.

En el estudio en el que se basa este reportaje, miles de personas leyeron historias como esta. En realidad, había varias versiones casi idénticas. Solo cambiaba un detalle: el diagnóstico de la persona.

Y ese pequeño cambio bastaba para alterar la credibilidad que se le otorgaba.

La investigadora Carme Isern, de la Universitat de les Illes Balears, trabaja en un terreno todavía poco explorado empíricamente: cómo los prejuicios afectan a la credibilidad de las personas con problemas de salud mental. Su investigación se centra en el concepto de «injusticia epistémica», es decir, un daño a alguien en el ámbito del conocimiento.

En el ámbito sanitario, o de la psiquiatría, este fenómeno se da cuando alguien recibe menos credibilidad por un prejuicio relacionado con el hecho de tener determinado diagnóstico. Hasta ahora, este debate había sido principalmente teórico. El trabajo de Isern y su equipo aporta algo nuevo: evidencia experimental sistemática sobre cuándo y cómo se produce este sesgo.

Cómo se estudia un prejuicio

Para analizarlo, los investigadores diseñaron varios experimentos con cerca de 2.000 participantes. Utilizaron escenarios ficticios en los que una persona expresaba una queja —por ejemplo, un síntoma físico o un problema cotidiano— que no tenía relación con su diagnóstico. Lo único que cambiaba era la etiqueta del personaje: diagnóstico psiquiátrico (como depresión o esquizofrenia); enfermedad física (como asma o neumonía); o ausencia de diagnóstico.

Los participantes debían valorar cuánta credibilidad otorgaban a esa persona. Este diseño permite aislar el efecto del prejuicio: si todo es igual salvo el diagnóstico, cualquier diferencia en credibilidad apunta directamente a un sesgo.

Los resultados mostraron un patrón claro: las personas con diagnósticos psiquiátricos recibían, en promedio, menos credibilidad que las demás, incluso cuando sus quejas eran idénticas y no estaban relacionadas con su condición.

Sin embargo, el efecto no era grande. Los propios autores lo describieron como «modesto pero consistente». En algunos experimentos aparecía con claridad, mientras que en otros se debilitaba o incluso desaparecía. Lejos de restar importancia al hallazgo, este matiz les llamó mucho la atención. Si bien es cierto que, al no ser el sesgo evidente ni extremo, sino sutil y difícil de detectar, seguramente lo volviese más persistente en la práctica cotidiana.

Aun así, esperaban un efecto mayor. ¿Qué estaba pasando?

De dónde viene la desconfianza

El estudio también intentó entender por qué se produce esta pérdida de credibilidad. En los primeros experimentos, la clave parecía estar en cómo se percibía a la persona: los participantes tendían a considerar a quienes tenían un diagnóstico psiquiátrico como menos competentes, y esa percepción hacía que se les creyera menos.

Sin embargo, en otros escenarios —por ejemplo, cuando la situación se desarrollaba en un hospital o en interacción con personal sanitario— el patrón cambiaba. En estos casos, la diferencia en credibilidad no se explicaba tanto por la competencia, sino por la percepción de «calidez», es decir, de cercanía, empatía o fiabilidad personal.

En otras palabras, no siempre se desconfía por pensar que la persona «no sabe de lo que habla». A veces la desconfianza tiene más que ver con una percepción más difusa: que la persona resulta menos fiable o menos digna de confianza en un plano social o emocional. Esto sugiere que el prejuicio no es único ni simple, sino que puede adoptar distintas formas según la situación en la que se produce.

No todos juzgamos igual

El hallazgo más importante del estudio no es tanto la existencia del sesgo, sino quién lo reproduce. Los investigadores observaron que la diferencia en credibilidad depende en gran medida de la actitud de quien juzga. En un estudio de seguimiento, midieron hasta qué punto los participantes consideraban grave la injusticia epistémica. El resultado fue claro: las personas más sensibilizadas no mostraron diferencias en credibilidad mientras que las personas menos sensibilizadas sí mostraron una desconfianza marcada hacia pacientes psiquiátricos.

Este patrón, indica que el problema no está distribuido de forma homogénea en la sociedad. Además, hay un dato especialmente revelador: quienes menos reconocen la injusticia epistémica no sólo son quienes más desconfían, sino también quienes menos creen que los demás lo hagan. Esto dificulta detectar el problema y actuar sobre él. En el fondo, este resultado ayuda a explicar por qué el efecto medio del sesgo es menor de lo esperado: no es que no exista, sino que queda diluido al mezclar personas muy sensibilizadas, que no muestran el sesgo, con otras que sí lo reproducen de forma clara.

¿Qué pasa en contextos reales?

El estudio también introdujo una cuestión clave: ¿estas diferencias reflejan prejuicios injustos o pueden estar, en algunos casos, justificadas clínicamente?

Existe debate en el ámbito médico. Algunos profesionales sostienen que cierta cautela ante determinados testimonios forma parte de la buena práctica clínica. Otros argumentan que esa misma cautela puede encubrir prejuicios sistemáticos. La investigación de Isern no resuelve completamente esta cuestión normativa, pero sí aporta una base empírica sólida: en condiciones controladas, donde no hay razón objetiva para desconfiar, la diferencia de credibilidad aparece igualmente.

Consecuencias potenciales

Aunque el efecto medio es pequeño, sus implicaciones pueden ser importantes. En contextos reales, una ligera tendencia a no creer a ciertos pacientes puede traducirse en: retrasos en diagnósticos, infravaloración de síntomas, o deterioro de la relación médico-paciente. El artículo recuerda casos extremos en los que este tipo de prejuicio ha tenido consecuencias graves, subrayando que no se trata solo de un problema teórico.

Uno de los mensajes más claros del estudio es que las campañas generales de concienciación pueden no ser suficientes. Si el sesgo se concentra en quienes no perciben el problema, sensibilizar únicamente a quienes ya están convencidos tiene poco impacto. Por ello, los investigadores proponen orientar futuras intervenciones hacia: grupos menos sensibilizados, contextos profesionales específicos, y formación más focalizada en sesgos cognitivos.

Próximos pasos

La investigación sigue en marcha. El equipo está trabajando en: estudios con estudiantes de medicina y profesionales sanitarios, análisis de las razones que llevan a otorgar menor credibilidad, y la exploración del fenómeno en otros ámbitos, como el judicial o el policial.

El objetivo es distinguir mejor entre diferencias justificadas y prejuicios injustos, y entender hasta qué punto esta forma de desconfianza es transversal en la sociedad.

En última instancia, el trabajo de Isern apunta a una idea incómoda: la credibilidad no depende solo de lo que se dice, sino de quién lo dice. Y aunque el sesgo sea pequeño, su persistencia plantea un reto importante para cualquier sistema que aspire a ser justo: escuchar a las personas no solo con atención, sino sin prejuicios. Llega el momento de mirarse a uno mismo: después de leer el reportaje, ¿ha cambiado la credibilidad que otorgaba a Jane?

Descifrando un gráfico

Descifrando un gráfico

Descifrando un gráfico / Fuente: Carme Isern Mas

El gráfico en forma de tijera revela que el sesgo no funciona igual en toda la población. Esta forma se ve en dos líneas que se separan claramente: la línea correspondiente a las personas más sensibilizadas con la injusticia epistémica -situadas en la parte alta del eje- se mantiene prácticamente plana, sin apenas diferencias en la credibilidad que otorgan según el diagnóstico. En cambio, la línea de quienes muestran menor preocupación -en la parte baja del gráfico- desciende con claridad cuando aparece un diagnóstico psiquiátrico, reflejando una mayor desconfianza. Es decir, el prejuicio no es automático ni universal, sino que depende en gran medida de la actitud previa de quien juzga.

Este hallazgo explica por qué el efecto global del sesgo parece pequeño: no es que no exista, sino que queda diluido al promediar grupos muy distintos. Mientras algunos participantes no muestran ninguna diferencia, otros sí lo hacen de forma clara, y el resultado combinado suaviza el impacto. Además, el problema se complica porque quienes menos reconocen la existencia de esta injusticia -los que aparecen en la zona donde las líneas se separan- son precisamente quienes más tienden a reproducirla, y también quienes menos creen que los demás lo hagan. Así, el sesgo no solo se concentra en determinados perfiles, sino que además resulta más difícil de detectar y corregir.

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