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"La soledad forma parte de la condición humana": el programa Siempre Acompañados ha atendido a 220 personas en Palma

Un reportaje de la Fundación ”la Caixa” explora la soledad no deseada en la vejez y su abordaje desde el programa Siempre Acompañados

"La soledad forma parte de la condición humana": expertos analizan su impacto en la vejez

"La soledad forma parte de la condición humana": expertos analizan su impacto en la vejez / Fundación la Caixa

El programa Siempre Acompañados de la Fundación ”la Caixa” lleva diez años trabajando para dar respuesta a la soledad no deseada en las personas mayores, un reto social que afecta a una de cada cinco en España. Lejos de ser un fenómeno simple, adquiere matices distintos según la historia, las pérdidas y la red de apoyo de cada persona. En Palma la iniciativa ya ha atendido a más de 220 personas.

«Nacemos solos, vivimos solos y morimos solos», decía Orson Welles. La frase encierra una idea intrínseca a la experiencia humana: a lo largo de la vida, cualquier persona atraviesa momentos de soledad, a veces no elegidos, vinculados a situaciones de vulnerabilidad o a acontecimientos inesperados.

Javier Yanguas, gerontólogo y director científico del programa de Personas Mayores de la Fundación ”la Caixa”, lo resume así: «La soledad no es una epidemia ni una enfermedad, sino parte de la condición humana, un sentimiento tan común como la tristeza o la alegría». La cuestión es qué ocurre cuando ese sentimiento se vuelve persistente y no deseado.

Yanguas insiste en superar una visión reduccionista. La soledad no consiste únicamente en no tener relaciones, sino que tiene múltiples capas: emocionales, relacionales y existenciales. «El reto más acuciante es su complejidad», afirma.

Retrato de Javier Yanguas

Retrato de Javier Yanguas / Fundación la Caixa

Este sentimiento suele aparecer ligado a la vulnerabilidad, las pérdidas y las transiciones vitales. Puede depender del estado de ánimo, sentir que nadie nos aprecia, o estar relacionado con cuestiones más profundas, como el sentido de la vida. Además, no actúa de forma aislada, sino en paralelo a crisis personales, enfermedades o relaciones familiares complejas.

Por ello, el experto defiende la necesidad de comprender cada caso de forma individual para poder intervenir mejor y acompañar de manera personalizada.

Sobre esta base, el programa Siempre Acompañados ha desarrollado una metodología centrada en la persona, con el objetivo de empoderar a quienes se encuentran en situación de soledad y favorecer relaciones de apoyo y bienestar. En más de una década, ha atendido a 3.664 personas mayores.

Cuando el otro falta, también cambia uno mismo

Ya en la Antigüedad, Aristóteles definió al ser humano como un animal social. «Nos hacemos con los demás, en la interacción mutua», recuerda Yanguas. En la misma línea, Marije Goikoetxea, psicóloga y profesora en la Universidad de Deusto, señala que nos construimos a partir de “personas significativas”. Cuando existe una conexión profunda, lo que Yanguas denomina “resonancia afectiva”, una parte de nuestra identidad se forma en relación con el otro.

Por eso, cuando alguien desaparece, no solo se pierde su presencia, sino que también se tambalea parte de uno mismo.

El vacío que deja la ausencia

Cuando esas relaciones se rompen, «lo que hacemos es sufrir, encerrarnos y empezar a tener sentimientos de exclusión, ausencia y vacío», explica Yanguas.

La pérdida de una pareja o de un familiar no implica solo su ausencia física. «Se rompen también las expectativas, los proyectos compartidos, las actividades conjuntas, el apoyo mutuo». Todo ello genera un impacto profundo en la vida cotidiana.

En algunos casos, la ausencia se percibe incluso como un hueco físico en el entorno, como la casa compartida. Puede aparecer también lo que el experto denomina “autoextrañamiento”: la sensación de no reconocerse en un mundo que ha cambiado por completo.

Reconstruirse desde la fragilidad

Reconstruir la vida tras una pérdida implica rehacer rutinas, expectativas y formas de estar en el mundo. «Reconstruimos como podemos», admite Yanguas. El primer paso es aceptar la situación.

Para Goikoetxea, este proceso pasa por reconocer la propia fragilidad. «La fragilidad es una oportunidad para conectar con los demás simplemente mostrándola». Lejos de ser una debilidad, puede generar vínculos más profundos y permitir que otras personas también desarrollen capacidades de cuidado.

Retrato de Marije Goikoetxea

Retrato de Marije Goikoetxea / Fundación la Caixa

En la vejez, muchas personas temen convertirse en una carga. Sin embargo, Goikoetxea reivindica el cuidado como un derecho universal.

La experta distingue entre cuidar, cubrir necesidades básicas, y acompañar, que implica una dimensión más relacional. Acompañar supone compartir, comprender y estar presente desde la cercanía.

Además, subraya uno de los grandes desafíos actuales: lograr que las personas mayores dejen de sentirse una carga y reconozcan que tienen mucho que aportar a la sociedad.

Un reto que interpela a toda la sociedad

La soledad no deseada no solo afecta a quien la sufre, sino al conjunto de la comunidad. «Está en juego también el alma psicológica de lo que somos», advierte Yanguas.

En una sociedad cada vez más conectada, los expertos señalan una paradoja: abundan las conexiones, pero escasean los vínculos sólidos. Por ello, invertir en relaciones y en comunidad resulta clave para reforzar la cohesión social y el cuidado mutuo.

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