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Lletra menuda

Un mal doméstico hecho emergencia social

Un mal doméstico hecho emergencia social

Un mal doméstico hecho emergencia social / DM

Llorenç Riera

Llorenç Riera

Los innegables avances crecientes que se están haciendo en la detección y lucha contra la violencia machista arrojan unos resultados tan preocupantes que hasta dificultan el reconocimiento de los esfuerzos aplicados. El balance es negativo hasta el punto de obstaculizar toda tregua para la celebración de logros parciales. También pone en evidencia de inmediato que queda demasiado por hacer y que los medios invertidos se quedan escasos para hacer frente a tanta tragedia doméstica.

Temeroso ante un posible alarmismo que quizás sería conveniente para comprender que la violencia machista se aproxima a los niveles de la emergencia social y por tanto se vuelve necesaria una mayor implicación cívica, IBDona se protege indicando que los incrementos expuestos se corresponden con "una mayor visibilidad del servicio". La exhibición de la realidad no contrarresta sin embargo el mal por si sola, acentúa, eso sí, el mayor reclamo de un tratamiento multidisciplinar.

Convendrá, por otro lado, dedicar más atención a las nuevas generaciones porque la violencia machista demostrada y negada una extrema derecha entretenida en alimentar sus propios fantasmas, goza de unos niveles de aceptación inquietantes entre jóvenes y adolescentes. Limitarse a un equipo de 16 personas al teléfono y nuevos vídeos preventivos en los centros de salud no tiene mayor mérito que el de resignarse ante una cronificación que no tiene porqué ser irreversible.

Formación, denuncia, responsabilidad legal, complicidad social con la Administración Pública y con los equipos policiales son algunas de las facetas por profundizar y trabajar con insistencia renovada porque la salud personal de las implicadas y la higiene social no puede tolerar en modo alguno que en un año las llamadas al IBDona por causa de la violencia machista o vicaria se incrementen en más de una quinta parte. Siguen sorprendiendo que la mayoría de ellas se produzcan por parte de mujeres de entre 31 y 40 años porque se supone que hombres y mujeres de esta edad pertenecen a generaciones formadas e inmunizadas frente a esta lacra. No ha sido así.

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