Del mar a la lata
Cómo cambia la huella climática del mejillón según cómo lo consumimos
La mayor parte del impacto climático de este molusco se produce cuando abandona la batea y entra en la industria, indica un estudio científico del que participó Andrés Ospina-Álvarez, investigador del IMEDEA

El investigador Andrés Ospina en uno de los viajes para realizar trabajo de campo. | FUENTE: BLANCA GELABERT

A simple vista, el mejillón es un alimento sostenible: crece sin piensos, ocupa poco espacio en el mar y su cultivo tiene una de las huellas ecológicas más bajas entre las proteínas animales.
Pero una nueva investigación viene a matizar la idea: la mayor parte del impacto climático del mejillón no se produce en el mar, sino cuando abandona la batea y entra en la industria.
El estudio, publicado en la revista científica Resources, Conservation and Recycling, analiza por primera vez toda la cadena alimentaria del mejillón en España: desde su cultivo hasta el momento en que llega al plato del consumidor.
En el trabajo participa el investigador del IMEDEA Andrés Ospina-Álvarez, especializado en el estudio de redes ecológicas y comerciales de productos marinos. «El mejillón tiene una huella relativamente baja en su cultivo», explica Ospina. «El aumento real de emisiones aparece cuando entra en la fase industrial: envasado, conservación y transporte».

¿Cómo influye el formato de consumo? / Fuente: Blanca Gelabert
Una de las conclusiones más llamativas del estudio es que el impacto climático del mejillón cambia mucho dependiendo de cómo se consume. El equipo analizó los principales formatos presentes en el mercado español —fresco, congelado y en conserva— y calculó sus emisiones de gases de efecto invernadero en kilogramos de CO₂ equivalente por kilo de producto comestible.
Los resultados muestran diferencias claras: el mejillón en escabeche produce la cantidad más elevada de emisiones, siendo ésta de 8,5 kg de CO₂ equivalente por kilogramo. En el caso del producto en salmuera es de 6,7 kg CO₂eq/kg y en fresco, 4,1 kg CO₂eq/kg. El mejillón congelado es el formato más sostenible en este aspecto, produciendo 3,6 kg CO₂ equivalente por kilogramo.
La huella climática más elevada, como el caso del mejillón en escabeche, se debe a varios factores: el procesamiento industrial, la energía necesaria para cocinar y conservar el producto y el uso de materiales de envasado como las latas. «El formato del producto cambia mucho su impacto climático», señala Ospina. «Una conserva implica más materiales, más procesamiento y más energía».
En el extremo opuesto aparece el mejillón congelado, con la huella más baja. Aunque requiere cadena de frío, el transporte puede ser más eficiente porque se mueve solo la carne del mejillón, sin la concha.

Sistemas de cultivo del mejillón en España. Las figuras A y B son mejilloneras del Delta del Ebro, mientras que C y D son bateas en las rías gallegas. | ANDRÉS OSPINA
El peso del transporte
El caso del mejillón fresco resulta especialmente interesante. A simple vista podría parecer el formato más sostenible, porque apenas requiere transformación industrial. Sin embargo, el estudio muestra que su huella es ligeramente mayor que la del congelado.
La razón está en la logística. Cuando el mejillón se transporta fresco, normalmente se mueve el animal completo, con concha, lo que aumenta el peso total de la mercancía.
«El peso de la concha incrementa el combustible necesario durante el transporte», explica el investigador. «Aunque el congelado necesita energía para la cadena de frío, la eficiencia logística puede compensar ese gasto». Esto demuestra que el impacto ambiental de los alimentos no depende solo de cómo se producen, sino también de cómo se distribuyen y consumen.
Sistema alimentario complejo
Para calcular la huella de carbono del mejillón, el equipo investigador analizó cada etapa de la cadena alimentaria desde la infraestructura de cultivo hasta la distribución comercial, pasando por el transporte, procesamiento y envasado.
El resultado es una radiografía completa del sistema. Según el estudio, la cadena alimentaria del mejillón genera alrededor de 287.800 toneladas de CO₂ equivalente al año.
El reparto de emisiones revela otro dato importante: más de la mitad del impacto se produce fuera del mar, ya que aproximadamente el 45 % corresponde a la producción acuícola, cerca del 43 % al procesamiento industrial y alrededor del 12 % al transporte. Esto significa que las mayores oportunidades para reducir emisiones no están tanto en el cultivo como en la industria y la logística.
Galicia, el nodo del mejillón
El análisis también pone de manifiesto la enorme concentración geográfica del sector. En España, prácticamente toda la producción de mejillón procede de Galicia, donde se cultiva alrededor del 99 % del total nacional. Sin embargo, el sistema comercial es más complejo de lo que parece.
«No todo el mejillón que se procesa o se vende desde Galicia es necesariamente gallego», explica Ospina. «España también importa grandes cantidades de mejillón, por ejemplo desde Chile, y parte del valor añadido se genera después en la industria».
En otras palabras, Galicia actúa como un gran nodo internacional de producción y procesamiento, dentro de una red global de comercio de productos marinos. Este enfoque forma parte de la línea de investigación del propio Ospina, que estudia cómo funcionan las redes ecológicas y comerciales en el océano. «Intentamos entender cómo las redes conectan territorios», explica. «No solo desde el punto de vista biológico, sino también a través del comercio y de los flujos de productos del mar».
Proteína de impacto moderado
A pesar de las emisiones asociadas al procesamiento y la distribución, el mejillón sigue siendo una proteína relativamente eficiente en comparación con otros alimentos.
Para contextualizar los datos, el estudio compara su huella con la de otros productos habituales: en el caso de la merluza la producción de emisiones es alrededor de 4,4 kg CO₂eq/kg, siendo en el cerdo aproximadamente entre 7 y 10 kg CO₂eq/kg y finalmente, en el vacuno se encuentran valores muy superiores, que pueden superar los 20 kg CO₂eq/kg.
En conjunto, el mejillón presenta una huella media de alrededor de 6,3 kg de CO₂ equivalente por kilogramo de producto comestible, lo que lo sitúa entre las proteínas animales con menor impacto climático.
Sin embargo, el estudio también recuerda que las decisiones de consumo no dependen únicamente de criterios ambientales, sino también de factores sociales y económicos.
«Las decisiones de compra están condicionadas por la situación de cada hogar», explica Ospina. «El mejillón en lata, por ejemplo, es una fuente de proteína accesible y fácil de consumir para muchas personas». Según señala el investigador, los patrones de consumo suelen reflejar diferencias socioeconómicas.
Las conservas, más baratas, duraderas y rápidas de preparar, son habituales entre consumidores jóvenes o hogares con menor renta.
En cambio, el mejillón fresco suele consumirse más en contextos de mayor poder adquisitivo, donde hay más tiempo y recursos para comprar y preparar el producto. Por eso, advierte, no tiene sentido plantear el debate en términos de formatos «buenos» o «malos, ya que no se trata de demonizar ningún formato de consumo», señala. «Cada uno responde a necesidades distintas dentro del sistema alimentario».
El margen de mejora
Si el objetivo es reducir la huella climática del sector, el estudio apunta sobre todo a la industria y la logística, pudiéndose mejorar la eficiencia energética en las plantas de procesamiento, optimizar el uso de calor y electricidad y utilizar materiales de envasado más sostenibles.
Otro aspecto mejorable, explica el investigador, son los trayectos adicionales que recorren los productos dentro de la cadena comercial. «Un problema frecuente es la relocalización innecesaria de mercancía», señala. «Se envían grandes cantidades a un punto de venta, por ejemplo en el caso de una festividad, y si no se venden, vuelven a redistribuirse. Eso aumenta tanto los costes como la huella ecológica».
El futuro desde Baleares
El equipo investigador ya trabaja en nuevas líneas de estudio que aplican este enfoque de redes a otros territorios.
Una de ellas se centrará en el sistema alimentario marino de las Baleares. El objetivo será analizar todo lo que entra y sale de las islas en productos pesqueros, teniendo en cuenta tanto el consumo de la población residente como el impacto del turismo. «Queremos entender cuál es el balance real de productos del mar que consume el archipiélago», explica Ospina. «Cuánto procede de producción local y cuánto depende de importaciones».
El viaje del mejillón deja una conclusión clara: la sostenibilidad no termina en el mar, apenas empieza allí.
El reto ahora está en la industria, la energía, el transporte y las decisiones de consumo. Lo que está en juego no es solo la huella de un producto, sino la de todo un sistema que debemos aprender a hacer más eficiente.
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