Fauna
Cuando el clima cambia, ¿pueden adaptarse los animales?
Décadas de seguimiento de aves marinas ayudan a entender cómo responden las especies al calentamiento global y cuáles podrían tener más dificultades para hacerlo

Ana Sanz realiza trabajo de campo en una grieta de roca, donde las aves que estudia encuentran refugio. / ANA SANZ

En ciencia, pocas cosas son tan valiosas —y tan difíciles de mantener— como una serie de datos que se prolonga durante décadas. Gracias a este tipo de seguimiento a largo plazo, los investigadores pueden observar cómo cambian las poblaciones animales con el paso del tiempo y, sobre todo, cómo responden a un planeta que se calienta. En el caso de algunas aves marinas del Mediterráneo, ese trabajo paciente y continuado permite detectar una de las estrategias clave que utilizan algunas especies para hacer frente al cambio climático: modificar el calendario de su vida.
Ana Sanz, investigadora del instituto IMEDEA y graduada en Ciencias Ambientales por la Universidad de Elche, lleva años trabajando con poblaciones de aves marinas del Mediterráneo occidental. Una parte importante de su investigación se centra en el seguimiento de la noneta, el paíño europeo, el ave marina más pequeña de Europa. Este pequeño pájaro, de apenas unos gramos de peso, pasa la mayor parte de su vida en mar abierto y solo regresa a tierra para reproducirse en islotes y acantilados.

En el trabajo de campo, a veces, las especies parecen estudiar a los investigadores. | ANA SANZ
Cuando Ana comenzó a trabajar con esta especie, pudo contar con una base de datos que ya presentaba una década de observaciones previas, y ahora, ese seguimiento se ha prolongado hasta alcanzar 33 años de datos continuados, algo excepcional en estudios de ecología. Series temporales de esta duración permiten detectar tendencias sutiles que serían imposibles de observar en proyectos más cortos.
Pero el paíño no es la única especie estudiada. En enclaves como la isla de Dragonera, en Mallorca, se desarrollan desde hace años distintos programas de seguimiento que incluyen otras aves marinas, como la pardela de Scopoli o la gaviota de patas amarillas. También se estudian reptiles como las lagartijas de islotes mediterráneos y, más recientemente, la pardela balear, considerada el ave marina más amenazada de Europa.
El objetivo de estos programas es simple en su planteamiento, aunque complejo en su ejecución: entender cómo cambian las poblaciones a lo largo del tiempo y qué factores ambientales explican esas variaciones.

Una ‘baldriga’, otra de las especies estudiadas por la investigadora. | VICTOR PARIS
El reloj de la naturaleza
Uno de los cambios más evidentes asociados al calentamiento global se observa en la fenología, el término que utilizan los científicos para referirse al calendario biológico de los seres vivos. En muchas especies, acontecimientos como la migración, la floración de las plantas o el inicio de la reproducción se están produciendo antes que hace algunas décadas.
Este adelanto no es casual. La temperatura influye directamente en los ciclos naturales. En ecosistemas terrestres, un invierno más suave puede provocar que las plantas broten antes y que los insectos aparezcan semanas antes de lo habitual. En ecosistemas marinos ocurre algo parecido con el plancton y otros organismos microscópicos que constituyen la base de la cadena alimentaria.
Para muchas aves, sincronizar la reproducción con esos picos de alimento es fundamental. Los pollos necesitan grandes cantidades de comida para crecer, y los padres deben asegurarse de que el momento de la eclosión coincida con el periodo de mayor disponibilidad de recursos.
«Si el alimento aparece antes debido a un año especialmente cálido, las aves que se reproducen antes suelen tener ventaja», explica Ana. «Sus pollos nacen justo cuando hay más comida disponible».
Los datos obtenidos en décadas de seguimiento confirman esta tendencia. En muchos casos, las hembras que adelantan la puesta de los huevos tienen mayor éxito reproductivo, es decir, consiguen sacar adelante más crías. Además, estas hembras suelen tener también mayores probabilidades de sobrevivir y volver a reproducirse en años posteriores.
La ventaja de reproducirse antes puede transmitirse incluso a la siguiente generación. Los descendientes de hembras que ponen pronto tienden también a hacerlo antes cuando alcanzan la edad adulta. Con el paso del tiempo, este tipo de selección natural puede provocar cambios graduales en el calendario reproductivo de las poblaciones.
Una adaptación con límites
Sin embargo, la capacidad de adaptación no es igual para todas las especies. En los últimos años, diversos estudios científicos han comparado datos de seguimiento de decenas de vertebrados —desde aves y mamíferos hasta reptiles y peces— para analizar cómo responden al aumento de las temperaturas.
Los resultados muestran un panorama complejo. Algunas especies parecen bastante flexibles y pueden ajustar su calendario biológico con relativa rapidez. Otras, en cambio, presentan mucha menos capacidad de cambio.
Entre las más vulnerables se encuentran muchas especies migratorias. A diferencia de las que permanecen todo el año en una misma región, las aves migratorias recorren miles de kilómetros entre sus áreas de invernada y sus zonas de reproducción. Ese ciclo anual está condicionado por múltiples factores —desde la duración del día hasta los patrones de viento— y no siempre puede modificarse fácilmente.
Esto significa que, si el pico de alimento en la zona de cría se adelanta, las aves migratorias pueden encontrarse con un problema: llegar demasiado tarde para aprovecharlo. Este desajuste entre el calendario biológico de los depredadores y el de sus presas se conoce como «desfase fenológico» y es una de las preocupaciones crecientes en la investigación sobre el cambio climático.
Además del calendario reproductivo, los científicos han explorado otros posibles mecanismos de adaptación. Uno de ellos es el cambio en el tamaño corporal. En teoría, los animales más pequeños necesitan menos energía para sobrevivir, lo que podría suponer una ventaja en un clima cambiante. Sin embargo, las evidencias de este tipo de cambios son mucho menos consistentes. En comparación con la fenología, los rasgos morfológicos como el tamaño o la masa corporal no parecen responder a las variaciones climáticas.
Diferencias según el lugar
Las respuestas al cambio climático tampoco son iguales en todas las regiones del mundo. En latitudes templadas y frías, donde las estaciones están claramente definidas por la temperatura, el calendario biológico de muchas especies depende en gran medida de ese factor. Por eso, cuando el clima cambia, muchas pueden ajustar su ciclo vital adelantando o retrasando ligeramente determinadas fases.
En cambio, en regiones tropicales la situación es distinta. Allí, las temperaturas varían poco a lo largo del año y otros factores, como las precipitaciones o la disponibilidad puntual de alimento, desempeñan un papel más importante. Esto hace que los cambios fenológicos sean menos previsibles y que las respuestas de las especies al calentamiento global resulten más difíciles de interpretar.
Algunos estudios sugieren incluso que las especies tropicales podrían tener menos capacidad para ajustar su calendario biológico a las nuevas condiciones climáticas. Si esto se confirma, el impacto del cambio climático podría ser especialmente fuerte en regiones que albergan una gran parte de la biodiversidad del planeta.
El valor de los datos a largo plazo
Comprender estos procesos solo es posible gracias a los programas de seguimiento que se mantienen durante décadas. Cada temporada de campo, los investigadores registran información detallada sobre las colonias: cuántas parejas se reproducen, cuántos pollos nacen, cuántos sobreviven o cuándo se producen las puestas de huevos.
Con el paso del tiempo, estos datos permiten reconstruir la historia de las poblaciones y detectar cambios graduales que, de otro modo, pasarían desapercibidos. Lo que en un año parece una variación puntual puede revelar, tras varias décadas de observación, una tendencia clara.
Sin embargo, mantener este tipo de proyectos no es sencillo. La investigación ecológica depende, a menudo, de una constancia que se prolonga durante generaciones de científicos y cada temporada implica desplazamientos al campo, trabajo en condiciones a veces difíciles y una logística compleja para acceder a colonias situadas en islotes o acantilados.
Precisamente por eso, explica Ana, uno de los mayores retos es asegurar la financiación necesaria para sostener estos programas. «Son estudios muy laboriosos y a largo plazo, y a veces no encajan bien en convocatorias que buscan resultados rápidos», señala.
Paradójicamente, cuando una serie de datos alcanza varias décadas de duración, es cuando empieza a revelar sus conclusiones más importantes. Es entonces cuando los investigadores pueden separar las fluctuaciones naturales de las tendencias de fondo y comprender cómo cambian realmente las poblaciones.
En un contexto de cambio climático acelerado, estos registros se convierten en una herramienta científica esencial. Gracias a ellos, es posible anticipar qué especies están logrando adaptarse y cuáles podrían encontrarse en una situación más vulnerable.
Porque, aunque algunas poblaciones logren ajustar su calendario biológico para seguir el ritmo de un planeta que se calienta, la gran incógnita sigue siendo hasta cuándo podrán hacerlo. Y para responder a esa pregunta, la ciencia necesita algo que no siempre abunda en la investigación moderna: tiempo, paciencia y continuidad.

La ‘noneta’, conocida científicamente como ‘European storm petrel’ (Hydrobates pelagicus). | MIQUEL GOMILA
El ciclo de la noneta, el pequeño fantasma del Mediterráneo
El paíño, conocido científicamente como European storm petrel (Hydrobates pelagicus), es el ave marina más pequeña de Europa. Pesa apenas unos 28 gramos y pasa la mayor parte de su vida en mar abierto, lejos de la costa. De hecho, durante meses, puede resultar prácticamente invisible para quien recorra el litoral mediterráneo: vive en alta mar y solo regresa a tierra para reproducirse. Su vida está marcada por un ciclo anual muy particular que combina largas temporadas en el océano con breves visitas a pequeños islotes donde cría a sus pollos.
A partir de la primavera, los paíños europeos comienzan a regresar a sus colonias de reproducción. En Balears, por ejemplo, se reproducen en enclaves como el parque natural de sa Dragonera, donde encuentran refugio en grietas de roca y cavidades naturales. Colonias similares se distribuyen también por otros islotes del Mediterráneo y el Atlántico. Durante el día, casi nunca se dejan ver, entran y salen de las colonias solo de noche, lo que reduce el riesgo de ser detectadas por depredadores como gaviotas.
En primavera, una vez instaladas en la colonia, la hembra pone un único huevo, una estrategia típica de muchas aves marinas longevas. Ambos miembros de la pareja se turnan para incubarlo. Mientras uno permanece en el nido, el otro sale al mar a alimentarse, a veces durante varios días seguidos.
El polluelo nace tras unas seis semanas de incubación y permanece oculto en el nido durante varias semanas más. Durante ese tiempo, los padres lo alimentan con una mezcla rica en aceites marinos que regurgitan tras sus viajes de pesca.

Ciclo de la ‘noneta’. / Fuente: Blanca Gelabert
Al final del verano, el joven paíño está listo para abandonar el nido y suele hacerlo de noche, igual que los adultos. Es un momento crítico: el polluelo debe orientarse hacia el mar y comenzar una vida completamente independiente. Una vez que deja la colonia, es probable que no vuelva a pisar tierra durante muchos meses.
Tras la reproducción, los paíños europeos pasan el resto del año en mar abierto. En el caso de las poblaciones mediterráneas, muchos individuos se dispersan hacia el Atlántico, desde Canarias a Islandia. Durante estos meses en alta mar, se alimentan continuamente mientras sobrevuelan las olas. Su vuelo rápido y bajo sobre el agua, con las patas rozando a veces la superficie, es una de las características que les da su nombre en inglés: storm petrel, o petrel de tormenta.
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