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Boulevard

Un tal Demichelis enseña a los mallorquines a ser mallorquinistas

«Si sos mallorquín y querés el bien de nosotros» dictamina, igual que un madrileño ha de ser del Atlético por obligación y un barcelonés del Espanyol

Borges identificó a Mallorca con el paraíso, y Cortázar confirmó está comparición durante sus estancias en la isla, pero por alguna carencia compartida no enlazaron la atribución edénica a la condición de seguidor del Real Mallorca.

Borges identificó a Mallorca con el paraíso, y Cortázar confirmó está comparición durante sus estancias en la isla, pero por alguna carencia compartida no enlazaron la atribución edénica a la condición de seguidor del Real Mallorca. / DM

Matías Vallés

Matías Vallés

El Mallorca juega tan mal que las ruedas de prensa postpartido con sus entrenadores sucesivos superan en interés al deambular del equipo sobre el césped. Así me encuentro escuchando a un tal Demichelis, a quien tengo el honor de no conocer. En menos de dos minutos agolpa los siguientes enunciados con tono admonitorio:

«Como sé que sos mallorquín...»

«Si sos mallorquín...»

«Si sos mallorquín, y querés el bien de nosotros...»

Acabáramos, el buen indígena de Mallorca tiene que buscar «el bien» del Real Mallorca. Según los enunciados encadenados como si uno obligara al otro, el mallorquín no mallorquinista será un mal mallorquín. De acuerdo con esta cháchara, «si sos madrileño, querés el bien del Atlético de Madrid», y «si sos barcelonés, querés el bien del Espanyol».

El fútbol se ha vuelto muy exigente, si ha de censurar a quienes tenemos todo el derecho de amarlo con independencia de patrias, o de odiarlo también indiscriminadamente. En lo que a mí pertoca, la única evidencia que identifico en el Real Mallorca señala que está dirigido por dos incompetentes, que supongo que contratan a personajes a su altura. Remata el conjunto una pandilla o plantilla de vagos, véase la clasificación, que trabajan en calzón corto aunque por su aspecto se les podría considerar adultos. Y si esbozar esta caricatura me priva además de ser mallorquín, tal vez salgo ganador por partida doble.

Un tal Demichelis enseña a los mallorquines a ser mallorquinistas, y sobre todo a comportarse como tales. Bienvenida la pedagogía, incluso para quienes pensamos que ser antimallorquinista es más racional que ser mallorquinista y no pisar el estadio, opción favorecida por miles de nativos que así se libran del triste menú exhibido. Y como en este «si querés el bien de nosotros» anida siempre la imposición de una mordaza, cabría recordar a Demichelis que sin las acerbas críticas a su predecesor Arrasate, no se sentaría hoy en el banquillo para educarnos. Y que sus arrebatos de mallorquinidad y mallorquinismo se deben tan solo a que cobra por sus valiosas enseñanzas a la población.

Pese a sus reconocidas facultades, salvar a toda Mallorca puede resultar una tarea hercúlea incluso para Demichelis. Más vale que se concentre en un Real Mallorca que estaba en descenso cuando llegó, y allí sigue un mes después, salvo que ahora más cerca del penúltimo de LaLiga. Y si perdiera el próximo sábado ante el Real Madrid, Dios no lo quiera, el balance del técnico adoctrinador sería tan desastroso como la trayectoria que obligó a desembarazase de su predecesor.

Qué tiempos, en que hay que defender lo obvio. Como mallorquín por obligación no puedo presumir de un exceso de derechos, ni siquiera me dejan hueco en las playas, pero me asiste incluso la licencia a avergonzarme de que ese club lleve el nombre de mi tierra. Sin perder por ello las ganas ni mucho menos el permiso de contemplar sus cada vez más deprimentes exhibiciones. Porque incluso en esta isla esclavizada por voluntad propia, tiene gracia que una persona que solo es mallorquinista porque recibe un pago exija a los nativos que profesen esa religión gratuitamente.

Perdón, pagamos por adorar, porque nuestros autoridades dilapidan anualmente más de tres millones de euros en un club de señoritos, mientras maltratan al deporte base. Por no hablar de un estadio de presunta titularidad pública. Debe quedar para la historia que Armengol/Cladera/Hila redondearon esta fechoría, prolongada con entusiasmo por Prohens/Galmés/Martínez. De hecho, voto a cada ocasión contra los políticos que malgastan los fondos públicos con una banda de millonarios, y seguiré haciéndolo salvo que Demichelis ordene lo contrario.

Sobre la importancia relativa de Mallorca y Real Mallorca, las instrucciones de Demichelis nos permiten deshacer un nudo gordiano. Personalidades como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Isabelita Perón o Martín Varsavsky no solo eligieron a la isla por sobre todo el planeta, y sin cobrar por ello. La sintetizaron además en «lo más próximo al Paraíso», ahora descubrimos que no se referían al paisaje sino al club de fútbol, aunque se olvidaran de refrendarlo. También Mark Zuckerberg, Jeff Bezos o Bruce Springsteen repiten que «we enjoy our holidays in the island of Real Mallorca».

Francamente, andamos un poco fatigados de visitantes de ocasión empeñados en imponernos cómo deberíamos ser, sobre todo si ganan más que nosotros. Un tal Gregorio Manzano, el entrenador más longevo del Real Mallorca en este siglo, se quejó de que los aficionados dejaban de asistir a los partidos por «la paella y la caseta». Por fortuna, el club contaba entonces con un presidente auténtico, que reorientó desde la discreción el extravío verbal. Y ahora llega la única predicción de este artículo con algún fundamento, porque Mallorca no solo sobrevivirá al Real Mallorca, perdurará incluso mas allá del tal Demichelis.

Reflexión dominical insularizada: «Añoramos Mallorca porque estamos en ella».

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