Crónica | La bachata de Prohens y la fuga de Le Senne avivan a una oposición debilitada
La ausencia prolongada de la presidenta y el viaje del líder de Vox a Hungría proyectan una imagen de vacío en la cúpula institucional que la oposición convierte en relato de crisis en un momento de tensión económica

El escaño de Prohens vacío y Mauricio Rovira sustituyendo a Le Senne como presidente del Parlament. / B. Ramon

La presidenta del Govern lleva tres semanas sin comparecer ante el Parlament. Una sesión de control el martes 10 de marzo y nada más: el resto del mes ha transcurrido entre la feria turística de Berlín y diez días en el Caribe. Ayer, además, el presidente del Parlament estaba en Budapest para asistir a un mitin político. La imagen que queda es la de una institución que, en su vértice, ha optado por no estar justo cuando el contexto económico exige lo contrario: presencia, dirección, una cierta idea de continuidad en el ejercicio del poder.
La bachata de Marga Prohens es el eco de una ausencia. La anécdota no será recordada por su ritmo sino por esa leve disonancia que convierte un gesto trivial en una grieta. Porque la política, que se alimenta de símbolos, no perdona la ligereza cuando el mundo convulsiona. Mientras el precio del combustible asciende como una fiebre, mientras las economías domésticas se contraen, una imagen se filtra y reordena el sentido de las cosas. La presidenta bailando desplaza sin saberlo el eje invisible que sostiene la representación institucional. Porque representar no es estar, sino encarnar el peso exacto del momento. No hay acontecimiento aislado en política, solo acumulaciones. Señales que trazan una constelación inquietante.
Primera señal: la presidenta en paréntesis. Diez días de viaje oficial por el Caribe suspendidos entre la diplomacia y la postal, entre la agenda y el ocio. El Govern queda sin su principal vector de dirección política mientras la agenda interna se carga de tensión: precios al alza, incertidumbre energética y una oposición que construye activamente un marco de crisis. No hay respuesta institucional visible, ninguna voz más allá de Antoni Costa que ordene las prioridades ni marque el ritmo de lo que se espera del Ejecutivo.
Segunda señal: la disonancia del gesto. La política depende de esa sincronización casi invisible entre gesto y momento, y la gravedad no es una cualidad permanente sino una exigencia contextual. Los gobiernos no se erosionan únicamente por los grandes errores, sino por la suma de pequeñas desalineaciones entre lo que muestran y lo que se espera de ellos: esa pérdida de densidad que convierte cada gesto en un síntoma, cada imagen en un argumento. En otro momento la bachata habría pasado desapercibida. Pero estos no son días tranquilos, y la oposición no necesita construir un gran discurso si la imagen ya contiene la grieta. Iago Negueruela, portavoz del PSOE, lo sintetiza asegurando que es injustificable estar bailando en el Caribe mientras el precio del combustible no deja de crecer. No discute la oportunidad del viaje ni la del gesto. Discute la jerarquía de prioridades que ese gesto transmite.
Tercera señal: la ausencia duplicada. En otra geografía menos luminosa, Gabriel Le Senne se reúne con Santiago Abascal en Hungría el mismo día en que le corresponde presidir el pleno del Parlament. La elección no es inocente. Entre Budapest y Palma, entre la escenografía del apoyo a Viktor Orbán y la obligación institucional concreta, Le Senne opta por lo primero. Quien ostenta, en ausencia de la presidenta, la más alta representación institucional de Baleares —el primero en la jerarquía simbólica del autogobierno, el encargado de sostener la continuidad del sistema— elige situarse fuera del perímetro donde esa representación adquiere sentido. No se trata de estar con Orbán, sino de no estar donde se le exige. De subordinar la función a la militancia, la obligación al gesto. Hay en esa decisión algo más profundo que una simple incomparecencia: una forma de entender las instituciones como plataformas intercambiables, como escenarios que pueden abandonarse sin coste, como si la representación fuese reversible y no estuviera anclada a un territorio concreto, a una comunidad específica que ayer, mientras su presidente simbólico posaba en Budapest, seguía pagando la gasolina al precio que la paga.
El líder de Més, Lluís Apesteguia, asegura que el problema no es que bailen: es que están "muy lejos de la gente". Es decir, no una presidenta que gesticuló en el momento equivocado, sino un Govern que ha normalizado la distancia como forma de gobierno. La decisión supeditada al calendario mediático, la respuesta a la crisis pospuesta hasta que haya una fotografía que capitalizar. Y en el fondo de todo ello, una contradicción más antigua: un Govern sostenido por quienes desconfían de su propia existencia, un poder que se apoya en quienes sueñan con su desaparición. Vox habita las autonomías como un huésped interesado: extrae sus recursos, administra sus símbolos y al mismo tiempo las niega.
Hay en todo esto una torpeza que va más allá del gesto. Prohens le ha regalado a una izquierda necesitada de oxígeno el argumento que no había sabido construir por sí sola. Una oposición débil, fragmentada, incapaz de articular un relato de crisis propio, lo tiene ahora sin haberlo buscado: se lo ha entregado la presidenta con su vídeo. En política, los errores propios son tan decisivos como los aciertos ajenos porque la política es una jerarquía de urgencias. Y a veces basta un gesto para revelar que esa jerarquía ha dejado de estar en su sitio.
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