Día Mundial del Síndrome de Down en Mallorca | La inclusión que cura el miedo al dentista: «Esperanza aporta mucha calma»
A sus 30 años, Esperanza Algaba humaniza la odontología rompiendo prejuicios a base de eficiencia, café y una sonrisa que desarma n De las prácticas a la estabilidad de un contrato indefinido, su historia en la Clínica Abdenur demuestra cómo el trabajo con apoyo transforma la discapacidad en una pieza clave del equipo

B. Ramon

Al cruzar el umbral de la clínica dental Abdenur, situada en el barrio palmesano de Son Rapinya, el instinto dicta prepararse para el aséptico olor a desinfectante y el tenso silencio de las salas de espera. Sin embargo, lo que recibe al paciente es una gran calidez. No hay paredes blancas, ni azul hospital, tampoco mobiliario frío. Hay un antiguo piano que viajó desde Sóller, paredes de colores vibrantes, un agradable olor a canela y, sobre todo, está la gran sonrisa de Esperanza Algaba. Ella es la primera línea de esta «clínica boutique», la persona que, con una naturalidad que desarma, se encarga de que el miedo al dentista se quede fuera.
Esperanza tiene 30 años, síndrome de Down y un contrato indefinido de 16 horas semanales. Su presencia en la clínica «no es un ejercicio de caridad» -como su fundadora deja claro desde el principio-, sino una pieza fundamental del engranaje diseñado por Mariana Abdenur y su socio, Emilio Pila. Bajo el lema del Día Mundial del Síndrome de Down, ‘Tengo que decirte una cosa importante… No soy yo, eres tú’, el caso de Esperanza ilustra a la perfección que las barreras no están en el cromosoma extra, sino en la mirada de quien observa.
El ritual de esta joven de personalidad arrolladora comienza temprano. «Llego, me pongo el uniforme, voy a la entrada de la clínica y barro. Luego hago lo mismo en el interior, en esta zona», explica detallando con precisión sus tareas, que son el esqueleto de la atención al paciente: revisa que haya agua, café, vasos y servilletas. Limpia los muebles de recepción y la mesa de cristal con un celo profesional envidiable. Pero su magia reside en el trato humano. «Recibo a los pacientes. Les ofrezco algo para beber, y si mi compañera no está, cubro la recepción y también recibo los paquetes de los carteros», relata Esperanza, quien confiesa que lo que más le gusta es ver cómo se esterilizan los utensilios, aunque por seguridad no los manipule: «Lo que más ilusión me haría hacer sería tocar el botón de la máquina para ponerla en marcha», confiesa a este diario con ilusión.

La jornada de Esperanza comienza asegurando la imagen impecable de la clínica. / B. Ramon
Mariana, directora y fundadora de la clínica, recuerda que la inclusión estaba en su proyecto antes incluso de hacerse con el local. «Yo soy argentina, y el primer posgrado que hice, en 2006, fue sobre pacientes especiales. Ahí tuve un grupo de chicos con síndrome de Down y fue un descubrimiento», cuenta. Para ella, la profesionalidad y la tecnología de vanguardia de su clínica no están reñidas con la humanidad. «En el proyecto original hay un apartado que dice ‘la inclusión con personas con síndrome de Down’. Todo el mundo tiene capacidades y falta de capacidades, pero todo el mundo aprende algo», sentencia.
El efecto ‘desarme’
Su socio, Emilio, cuenta que la clínica nació en un momento complicado, justo después del confinamiento por el coronavirus. Fue «un acto de valentía lo que nos llevó a dar el paso» -rememora- y con la intención de romper los códigos hospitalarios tradicionales. «Queríamos que se asemejara más a la entrada de un hotel boutique urbano. La gente aquí viene tensa por dolor o molestia, y cuando ven el ambiente y sobre todo la presencia de Esperanza, les desarma. Su naturaleza y honestidad liberan la tensión», afirma. Para los socios, el «elemento sorpresa» de Esperanza es un valor añadido: «A la gente le coge un poco descolocada al principio, pero enseguida ven lo maja que es y cómo baja las revoluciones del ambiente y quedan encantados», valora.
Esa capacidad de «aportar mucha calma y devolvernos la humanidad»- como dice Mariana- es lo que convierte a Esperanza en un apoyo constante. No es solo que mantenga el orden físico; es que mantiene el orden emocional de un espacio donde el paciente suele sentirse vulnerable. Los «clientes» -como también los llama la fundadora- «ya sean vecinos del barrio o extranjeros de Londres o París» -puntualiza- reaccionan «con absoluta naturalidad». «Lo más bonito sería que no hubiera que hacer reportajes de estas cosas, que esto fuera lo normal», reflexiona mientras observa a Esperanza colocar las revistas con una simetría perfecta.
Detrás del éxito de la joven hay una estructura sólida de acompañamiento. Beatriz Moreno, psicóloga y preparadora laboral de la Fundación Asnimo, es la encargada de que el engranaje funcione. El proceso comenzó en septiembre de 2025 con una solicitud de Mariana. «Propusimos unas prácticas no remuneradas para valorar si Esperanza encajaba y para que la empresa, que no tenía experiencia previa, pudiera valorar la decisión», explica Beatriz. Tras un mes de prueba, en noviembre se formalizó el contrato indefinido a tiempo parcial.

Con Emilio como ‘actor’, representa lo bien que recibe cada día a los clientes de Abdenur. / B. Ramon
El «trabajo con apoyo» es la clave para evitar la sobreprotección, uno de los grandes enemigos de la inclusión real. «Inicialmente hacemos formación para dar pautas de comunicación y luego venimos a hacer el apoyo artificial los primeros días para ayudarle a entrenar las tareas», detalla la psicóloga. El objetivo es que la figura del preparador desaparezca progresivamente para que Esperanza se apoye en sus propios compañeros de trabajo. «Lo que siempre digo es que ella está aquí por ser capaz. Si no hay un mínimo nivel de exigencia, se desvirtúa la experiencia. La verdadera inclusión es que haga un trabajo que es capaz de hacer a cambio de una retribución», sentencian tanto Beatriz, como Mariana.
Una vida de conquistas
Para Esperanza, este no es su primer rodeo profesional. Ya trabajó seis meses en una tienda de deportes en Mallorca Fashion Outlet, donde aprendió a gestionar probadores, alarmas y productos. Pero la clínica dental tiene un significado especial para ella: «Desde pequeña me hizo ilusión trabajar en un lugar así, porque cuando me llevaban mis padres, era un sitio donde estaba a gusto», relata con añoranza y alegría por lo logrado.
La autonomía de Esperanza se extiende al transporte público, un aprendizaje que no estuvo exento de retos. «Una vez me perdí, me fui a otro sitio de Son Rapinya», recuerda entre risas. Sin embargo, su capacidad para resolver el problema —llamando a su madre y a una de sus compañeras— demuestra la madurez que el empleo le otorga. Beatriz insiste en que el proceso laboral incluye también estos trayectos e incluso la gestión de permisos o vacaciones por parte del trabajador. «Intentamos que no sea la familia la que medie, para evitar infantilizar el proceso. Queremos que ella gestione sus asuntos», explica la preparadora.
En esta clínica de Palma, la inclusión no es una medalla colgada en la pared, es una rutina de 16 horas semanales. Es el café que Esperanza sirve, es el botón de la esterilizadora que espera pulsar algún día y es la tranquilidad que regala a quien llega con un dolor de muelas y se va con una lección de vida.n
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