Crónica | Prohens mira al estrecho de Ormuz desde el Caribe
El viaje de la presidenta del Govern a República Dominicana centra el debate en el Parlament en plena tensión por el impacto económico de la guerra en Irán

Las mejores imágenes de Prohens en la República Dominicana / CAIB

El Parlament balear amaneció ayer con la ambición de arreglar el mundo y acabó atrapado en un punto geográfico que pocos diputados sabrían situar en un mapa sin ayuda: el estrecho de Ormuz. Desde allí llega la onda expansiva que explica casi todo. El encarecimiento de los carburantes, la inquietud de los sectores económicos, la sensación de fragilidad estructural que acompaña siempre a una economía dinámica pero dependiente. Hasta aquí, lo evidente. Lo interesante vino después.
El pleno no trató de entender la guerra, sino de repartir sus consecuencias. Y en ese reparto se instaló la precampaña electoral. No hubo análisis ni contexto, sino posiciones. Cada grupo eligió la suya con rapidez, como si el conflicto exigiera una respuesta inmediata y no una explicación. La guerra, lejana en kilómetros e inmediata en efectos, quedó reducida a un argumento. Un recurso útil para ordenar el debate y, sobre todo, para señalar al adversario.
El PSOE compareció con el texto aprendido. El "no a la guerra" emergió con la cadencia de las consignas que ya han funcionado en otros momentos históricos. Hay palabras que regresan siempre porque contienen una promesa de redención política a bajo coste. El hemiciclo balear se transformó por unas horas en un escenario de catarsis colectiva, con Pedro Sánchez proyectado como figura tutelar, casi providencial, en un mundo que parece deslizarse hacia el desorden. La superioridad moral tiene esa ventaja: no necesita mayoría absoluta, solo convicción escénica. Y, sobre todo, permite situar al adversario en una posición defensiva casi automática.
Pero la clave no estaba en la retórica sino en la aritmética. El litro de gasolina rozando los dos euros tiene más capacidad de persuasión que cualquier discurso. Iago Negueruela y Marc Pons, actuando como portavoces periféricos de una Internacional Socialista cada vez más difusa, formularon la pregunta central: "¿dónde está la presidenta?". En tiempos de incertidumbre, la ausencia se convierte en categoría. Y en un arma.
Marga Prohens se encuentra estos días en República Dominicana y Puerto Rico en un viaje institucional, supongo que escuchando la fantástica Lo que le pasó a Hawaii de Bad Bunny: "Quieren quitarme el río y también la playa, quieren el barrio mío y que abuelita se vaya, aquí nadie quiso irse, quien se fue sueña con volver". En circunstancias normales, el viaje habría pasado discretamente por la agenda informativa. Pero la política ya no admite la normalidad. Todo es susceptible de ser convertido en símbolo. La oposición vio la oportunidad y la explotó: la presidenta "de gira", el Govern desatendido, los ciudadanos en la sala de espera. El Caribe y el estrecho de Ormuz caben ya en una misma sesión parlamentaria. Y esa simultaneidad es, en sí misma, un argumento político.
La política contemporánea —rápida, visual, poco amiga de los matices— premia la fuerza y la síntesis, por lo que los socialistas pusieron a la popular en el centro de la diana: prefiere estar "de gira" por el Caribe en lugar de quedarse en el Parlament "debatiendo y trabajando" para adoptar medidas para paliar los efectos de la guerra. En ausencia de Prohens, el vicepresidente Antoni Costa asumió el papel de presidente accidental. Un ejercicio de sobriedad institucional que, sin embargo, no podía escapar a la lógica del combate político. Costa apeló a la prudencia, a la cautela, a la necesidad de esperar movimientos del Gobierno central. Traducido: situar el foco en Pedro Sánchez. El antisanchismo como eje de articulación política. Una hipótesis que se consolida y que empieza a estructurar el discurso del Govern más allá de la coyuntura.
El momento de mayor tensión llegó cuando el debate giró sobre la ausencia. El PSOE insistía en la presidenta turística como símbolo de desconexión, y Costa, visiblemente irritado, respondió con una pregunta que desbordaba el marco autonómico: qué hacía la secretaria de Estado de Turismo, Rosario Sánchez, en Palma en clave de mitin un lunes laboral por la mañana.
Si la ausencia es reprochable, también lo es la presencia interesada. La política es, en buena medida, una disputa por la coherencia ajena. Y por la capacidad de señalar las contradicciones del adversario antes de que señalen las propias. El PSOE trató de activar el mecanismo del "no a la guerra" como palanca de movilización emocional, como dispositivo de orden moral. Un terreno donde la izquierda se siente cómoda y donde el adversario tiende a quedar descolocado.
Porque todo ocurre demasiado rápido. Al final, todo ese despliegue de mapas, consignas y ausencias converge en un lugar mucho más prosaico: el bolsillo de la gente. Ahí no hay geopolítica que amortigüe ni relato que consuele. Cada euro de más es una pedagogía brutal sobre la dependencia, sobre los límites de una economía expuesta, sobre la distancia real entre el hemiciclo y la vida. El Parlament quiso discutir sobre el mundo y acabó discutiendo su reflejo. Ormuz y el Caribe como metáforas. Al final, queda la pregunta esencial: ¿quién pagará las consecuencias de esta guerra?
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